PARTE 2: LA DUEÑA HABLÓ

A las siete de la mañana siguiente, Enrique entró al corporativo convencido de que todavía podía arreglarlo todo.

No llegó ni al elevador.

Su tarjeta de acceso marcó una luz roja.

—Debe haber un error —dijo al guardia.

—No lo hay, señor.

Entonces apareció Julián acompañado por dos abogados.

—Por instrucciones de la propietaria, su relación laboral termina hoy.

Enrique soltó una carcajada incrédula.

—¿La propietaria? Llama al consejo. Quiero hablar con quien esté detrás de esta estupidez.

Julián lo miró fijamente.

—Ya habló con ella anoche.

Enrique dejó de sonreír.

—¿Qué?

—La propietaria de Grupo Montes de Oca es su esposa.

El rostro de Enrique se quedó completamente vacío.

En ese instante, su teléfono comenzó a sonar.

Era Margarita.

Contestó desesperado.

—¡Enrique! ¡Los guardias sacaron nuestras maletas! ¡Dicen que la casa pertenece a Clara!

Vanessa gritaba al fondo.

—¡También bloquearon el coche!

Enrique se apoyó contra una pared.

—No puede ser…

Julián le entregó una carpeta.

Dentro estaban las escrituras de la mansión, documentos corporativos y registros que demostraban algo que Clara jamás había necesitado presumir:

Todo estaba a su nombre.

La casa.

El holding.

Los vehículos de la empresa.

Incluso el despacho que Margarita pretendía regalarle a Vanessa.

—¿Por qué nunca me lo dijo? —murmuró Enrique.

—Quizá porque quería saber cómo la trataría usted creyendo que no tenía poder.

Aquella frase lo golpeó más fuerte que cualquier insulto.

Una hora después, Enrique apareció en la mansión.

Clara lo esperaba en el despacho principal.

Su despacho.

—Clara, tenemos que hablar.

—Habla.

—Cometí un error.

—No. Un error ocurre una vez. Tú elegiste humillarme durante tres años.

Enrique tragó saliva.

—Vanessa no significa nada.

Desde el pasillo se escuchó una voz.

—¿Nada?

Vanessa estaba detrás de él.

Margarita también.

—¡Después de todo lo que hemos hecho por ti! —gritó la suegra—. ¡No puedes dejarnos sin nada!

Clara abrió tranquilamente una carpeta.

—Yo no las estoy dejando sin nada. Simplemente dejaré de pagarles todo.

Margarita palideció.

—Esta familia te aceptó.

Clara levantó la mirada.

—No. Esta familia aceptó mi dinero sin saber que era mío.

Enrique se acercó a la mesa.

—Podemos salvar nuestro matrimonio.

Clara deslizó los documentos del divorcio hacia él.

—Llegas tres años tarde.

Pero antes de que Enrique pudiera responder, Julián apareció en la puerta.

Su expresión era seria.

—Señora Montes de Oca, encontramos algo durante la revisión de las cuentas del señor Enrique.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

Julián colocó varios estados financieros sobre el escritorio.

—Durante dieciocho meses alguien ha estado desviando dinero de una subsidiaria.

Enrique se puso rígido.

Vanessa retrocedió un paso.

Clara lo notó.

—¿Cuánto?

Julián señaló la cifra.

Era suficiente para comprar varias casas como aquella.

—¿Quién autorizó las transferencias?

—Enrique.

Margarita se llevó una mano a la boca.

Pero Julián todavía no había terminado.

—El dinero terminaba en una empresa creada hace dos años.

—¿A nombre de quién?

Julián giró lentamente la última página.

Clara leyó.

Vanessa Robles.

El silencio regresó a la habitación.

Vanessa comenzó a negar con la cabeza.

—Clara, puedo explicarlo.

Clara cerró la carpeta.

—Perfecto.

Tomó el teléfono.

—Entonces explícaselo a mis abogados.

Enrique miró a Vanessa como si acabara de conocerla.

Pero Clara ya había entendido algo mucho más importante.

Vanessa no había regresado por nostalgia.

Había regresado porque sabía exactamente cuánto dinero había dentro del imperio Montes de Oca.

La única pregunta era…

¿Quién se lo había contado?

CONTINUARÁ…

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