Los dos agentes permanecieron junto a la puerta.
No dijeron una sola palabra.
Esperaban.
La doctora Elena Ríos terminó de revisar el vendaje del hombro de Mariana y luego se volvió hacia Diego y Lourdes.
—Necesito hablar con la paciente a solas.
Lourdes negó inmediatamente.
—Está muy confundida. Nosotros podemos responder.
La doctora sostuvo su mirada.
—No lo pregunté.
Diego intentó sonreír.
—Doctora, mi esposa está muy medicada.
—Precisamente por eso quiero evaluar su estado sin interrupciones.
El tono era tan firme que ninguno de los dos insistió.
Cuando salieron de la habitación, la doctora cerró la puerta.
Esperó unos segundos.
Después habló en voz muy baja.
—Mariana, si puedes escucharme, aprieta mi mano una vez para decir sí.
Mariana reunió las pocas fuerzas que le quedaban.
Apretó.
La doctora asintió.
—¿Alguien te hizo esto?
Otra presión.
Más fuerte.
La expresión de la médica cambió por completo.
No había sorpresa.
Había certeza.
Abrió una carpeta clínica.
—Lo sospechaba.
Mariana abrió lentamente los ojos.
La doctora señaló con delicadeza los diagramas anatómicos donde había marcado las lesiones.
—Las quemaduras por accidente tienen un patrón diferente.
Hizo una breve pausa.
—Cuando una olla cae sobre una persona, el líquido suele derramarse de arriba hacia abajo y deja salpicaduras irregulares.
Le mostró otro esquema.
—Las tuyas presentan una concentración localizada sobre el hombro izquierdo, el pecho y la espalda, con un flujo descendente desde un único punto de impacto.
Respiró hondo.
—Es compatible con que alguien haya vertido el aceite directamente sobre ti.
Mariana sintió un nudo en la garganta.
Por primera vez desde que despertó…
Alguien le creía.
La doctora abrió discretamente la puerta.
Los dos agentes entraron.
Uno de ellos se presentó.
—Soy el inspector Ramírez.
El otro sacó una pequeña libreta.
—No vamos a presionarte.
Miró a Mariana con calma.
—Solo necesitamos saber si estás en condiciones de responder una pregunta.
Ella asintió.
—¿Fue un accidente?
Mariana cerró los ojos unos segundos.
Después negó lentamente con la cabeza.
Los agentes no escribieron de inmediato.
Esperaron.
—¿Quién lo hizo?
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Mariana.
Su voz apenas salió.
—Mi… suegra.
El silencio llenó la habitación.
El inspector anotó cada palabra.
—¿Alguien más estaba presente?
—Mi… esposo.
—¿Intentó ayudarte?
Mariana recordó la primera imagen que vio al caer al suelo.
Diego levantando el pie para no manchar sus zapatos.
Negó otra vez.
—No.
En ese momento se escuchó un fuerte golpe al otro lado de la puerta.
—¡Quiero entrar!
Era la voz de Lourdes.
—¡Esa mujer está mintiendo!
Los agentes intercambiaron una mirada.
El inspector abrió apenas la puerta.
—Señora, tendrá que esperar fuera.
Lourdes intentó empujarlo.
—¡Mi nuera tiene problemas emocionales!
La doctora intervino inmediatamente.
—Señora, el hospital no tolerará ninguna presión sobre la paciente.
Diego apareció detrás de su madre.
Con su habitual tono tranquilo.
—Oficial, mi esposa está sedada. Quizá no recuerde bien lo ocurrido.
El inspector levantó la vista.
—Eso lo determinará la investigación.
Diego sonrió con aparente serenidad.
—Por supuesto.
Pero sus ojos ya no transmitían seguridad.
Miraban una sola cosa.
La carpeta clínica que la doctora sostenía bajo el brazo.
Como si comprendiera que el verdadero problema ya no era la declaración de Mariana.
Era el informe médico.
Cuando los agentes salieron unos minutos para coordinar las siguientes diligencias, la doctora volvió junto a la cama.
Sacó un sobre transparente.
Dentro había varias fotografías.
—Las tomamos apenas llegaste.
Mariana las observó.
En una de ellas se veía claramente la trayectoria de las quemaduras.
En otra…
Había algo que ella no había notado.
Unas marcas oscuras alrededor de ambas muñecas.
La doctora señaló la imagen.
—Estas lesiones no son por el aceite.
Frunció el ceño.
—Parecen marcas de sujeción.
Mariana sintió que el corazón se detenía.
Recordó el instante anterior al ataque.
Lourdes sujetándola con fuerza del brazo.
Y Diego bloqueándole el paso hacia la puerta de la cocina.
La doctora la miró fijamente.
—Mariana…
Su voz volvió a bajar.

—Creo que esto no empezó anoche.
Respiró profundamente.
—Y tengo la impresión de que tampoco es la primera vez que intentan ocultar lo que te hacen.