PARTE 2: LA DEUDA

Alejandro permaneció inmóvil.

Las hojas con los registros de apuestas temblaban entre sus manos.

En la esquina inferior aparecía una firma que conocía demasiado bien.

Ignacio Salgado.

Su padre.

El fundador del Grupo Salgado.

El hombre que durante toda su vida le repitió que la familia se había construido “con disciplina y trabajo”.

—¿Está seguro de esto? —preguntó Alejandro.

Don Eusebio deslizó otra carpeta.

—No guardé esos documentos por dinero.

Los guardé porque algún día alguien tenía que responder por lo que ocurrió aquí.

Dentro había fotografías.

Transferencias bancarias.

Permisos falsificados.

Y una lista de inversionistas que financiaban aquellas peleas clandestinas.

El nombre de Ignacio aparecía una y otra vez.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

Toda su vida había admirado a su padre.

Ahora descubría que parte de aquella fortuna había crecido alimentando un negocio donde adolescentes peleaban por sobrevivir.

—¿Inés lo sabe?

El anciano bajó la mirada.

—Lo supo hace muchos años.

—Entonces… ¿entró a mi casa para vengarse?

Don Eusebio negó lentamente.

—Eso pensé al principio.

Pero me equivoqué.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

El anciano sacó una fotografía más reciente.

En ella aparecía Inés observando discretamente a Sofía salir del colegio meses antes.

—Ella llevaba tiempo vigilando a su hija.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque alguien más también la vigilaba.

El silencio llenó el viejo gimnasio.

—Hace seis meses empezaron a preguntar por la heredera de los Salgado.

No preguntaban por usted.

Preguntaban por la niña.

Alejandro levantó bruscamente la cabeza.

—¿Quiénes?

Don Eusebio negó.

—No lo sé.

Pero Inés sí.

Ella rechazó mucho dinero por entregar esa información.

En lugar de eso…

Pidió trabajo como empleada doméstica en su casa.

Alejandro dejó caer lentamente la fotografía.

Durante meses creyó que aquella mujer limpiaba pisos por necesidad.

En realidad, había estado viviendo bajo el mismo techo que la familia cuya riqueza estaba ligada a la muerte de su hermano…

Solo para proteger a una niña.

Regresó a la mansión antes del anochecer.

Encontró a Inés en la cocina preparando chocolate caliente para Sofía.

La niña reía mientras intentaba reconocer las especias solo por el aroma.

Aquella escena resultaba imposible de reconciliar con la mujer de la fotografía ensangrentada.

—Necesito hablar contigo.

Sofía percibió inmediatamente la tensión.

—¿Pasó algo?

Alejandro acarició su cabello.

—Ve con Tomás unos minutos.

Cuando quedaron solos, dejó la carpeta sobre la mesa.

Inés apenas necesitó ver la primera página.

Sabía exactamente lo que contenía.

—Así que ya lo descubrió.

—Mi padre estuvo allí.

Ella asintió.

—Sí.

—Y aun así aceptaste trabajar para mi familia.

Inés respiró hondo.

—No por su familia.

Por ella.

Miró hacia la puerta por donde acababa de salir Sofía.

—Porque ningún niño merece pagar los pecados de los adultos.

Alejandro permaneció en silencio.

Después formuló la pregunta que llevaba horas persiguiéndolo.

—¿Quién quiere hacerle daño a mi hija?

Por primera vez desde que la conocía, Inés perdió la serenidad.

Sus ojos se endurecieron.

—La misma organización que organizaba aquellas peleas nunca desapareció.

Solo dejó los sótanos.

Ahora viste trajes caros, invierte en empresas legales…

Y está convencida de que los errores del pasado jamás saldrán a la luz.

Se acercó lentamente a Alejandro.

—Cuando acepté este trabajo no vine buscando venganza.

Vine porque escuché que estaban reuniendo información sobre Sofía.

Y sabía exactamente lo que le ocurre a un niño cuando las personas equivocadas empiezan a ponerle precio.

En ese instante sonó la alarma silenciosa de la mansión.

Tomás apareció corriendo por el pasillo.

Llevaba el rostro completamente pálido.

—Señor…

Alejandro se volvió de inmediato.

—¿Qué ocurre?

Tomás respiró con dificultad.

—Acaban de intentar sacar a Sofía del jardín haciéndose pasar por personal de mantenimiento.

El corazón de Alejandro se detuvo por un instante.

Y comprendió que el verdadero motivo por el que Inés había entrado en su casa no pertenecía al pasado.

La guerra acababa de empezar.

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