PARTE 2: LA MENTIRA QUE NOS ROBÓ CATORCE AÑOS

Victoria intentó acercarse.

Ethan dio un paso delante de sus hermanos.

—No.

Una sola palabra bastó.

Alexander seguía mirándome.

—Mi madre te dijo que no quería a nuestros hijos.

—No solamente eso.

Le conté lo del cheque.

La camisa.

Olivia Hayes.

La llamada de aquella noche.

Alexander negó lentamente.

—Sophie, yo nunca estuve con Olivia.

Sentí que el salón desaparecía a nuestro alrededor.

—Escuché su voz.

—Yo estaba en Chicago aquella noche.

Victoria cerró los ojos.

Alexander se volvió hacia ella.

—Madre.

—Intentaba protegerte.

—¿De qué?

Ella no respondió.

Entonces otra persona se levantó entre los invitados.

Un hombre mayor con un maletín.

Charles Bennett.

Había sido abogado de la familia Lancaster desde antes de nuestro matrimonio.

—Alexander —dijo—, creo que deberíamos suspender la gala.

—No.

Alexander no apartó los ojos de su madre.

—Quiero saberlo todo.

Bennett abrió su maletín.

—Hace catorce años recibí documentos de divorcio supuestamente firmados por ambos.

—Yo firmé —dije.

Alexander lo miró.

—Yo no.

Mi corazón se detuvo.

Bennett sacó una copia.

La firma de Alexander estaba allí.

Pero él ni siquiera necesitó tocarla.

—Eso no lo firmé yo.

Victoria se dejó caer lentamente en su asiento.

Entonces entendí.

Nuestro matrimonio no había terminado como yo creía.

Alguien había construido cuidadosamente su final.

Alexander pidió una prueba de ADN.

Acepté.

No porque dudara.

Porque quería que jamás pudiera hacerlo él.

El resultado preliminar confirmó lo evidente.

Ethan.

Noah.

Lucas.

Sus hijos.

Pero Bennett había encontrado algo más mientras revisaba los antiguos documentos.

El abuelo de Alexander había creado décadas atrás un fideicomiso familiar.

Una cláusula establecía que, cuando naciera la siguiente generación directa, determinadas participaciones de Lancaster Group pasarían a un fondo reservado para esos descendientes.

Alexander miró a nuestros hijos.

—¿Cuánto?

Bennett respiró profundamente.

—Actualmente, alrededor del dieciocho por ciento del grupo.

Los periodistas comenzaron a murmurar.

Aquello valía miles de millones.

De pronto comprendí por qué Victoria parecía aterrorizada.

No se trataba solamente de mí.

Mis hijos habían nacido con derechos económicos que podían alterar el equilibrio de poder dentro de Lancaster Group.

—¿Quién controló esas participaciones durante estos catorce años? —pregunté.

Bennett no respondió inmediatamente.

Miró a Victoria.

Alexander también.

—Madre.

Ella apretó los labios.

—Todo lo hice por esta familia.

—¿Quién las controló?

Finalmente Bennett deslizó un documento sobre la mesa.

Las participaciones habían permanecido temporalmente bajo una sociedad administradora.

VHL Capital.

V de Victoria.

H de Hayes.

L de Lancaster.

Alexander frunció el ceño.

—¿Hayes?

Entonces recordó el apellido.

Olivia Hayes.

La mujer con la que supuestamente me había traicionado.

Bennett abrió otro expediente.

—Olivia nunca fue amante de Alexander.

—Entonces ¿quién era?

—La hija del hombre que ayudó a Victoria a reorganizar el fideicomiso después de tu desaparición.

Alexander miró a su madre con una expresión que jamás olvidaré.

Pero Lucas, que llevaba toda la noche en silencio, tiró suavemente de mi manga.

—Mamá.

Tenía mi antiguo sobre médico en la mano.

El mismo que yo había conservado durante catorce años.

—Aquí hay algo escrito detrás.

Lo giré.

Había una nota que nunca había visto.

Una frase corta.

Una fecha.

Y unas iniciales.

Alexander las reconoció inmediatamente.

V.L.

Victoria Lancaster.

Pero la fecha era de tres semanas antes de que yo le contara a nadie que estaba embarazada.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Cómo sabías de mis hijos antes que yo?

Victoria no respondió.

Bennett sí.

—Porque alguien de la clínica informó a la familia Lancaster sobre el embarazo.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Quién?

Bennett cerró la carpeta.

—Eso es lo que nunca conseguimos demostrar.

Luego me miró.

—Hasta esta mañana.

Sacó una fotografía antigua y la colocó delante de mí.

Reconocí inmediatamente al médico que me había atendido aquella noche.

Pero no estaba solo.

A su lado estaba Victoria.

Y entre ambos aparecía una mujer que yo conocía demasiado bien.

La directora del orfanato donde había crecido.

Fue entonces cuando comprendí que Victoria no había empezado a investigarme después de casarme con Alexander.

Me conocía desde mucho antes de que Alexander y yo nos encontráramos.

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