El silencio en el salón era tan denso que parecía pesar sobre los hombros de todos.
Yo no aparté la mirada.
—¿Un anticipo? —repetí.
Julian Cross asintió lentamente.
—He seguido su trabajo durante años, Clara.
Mi nombre en su voz sonó extraño. Demasiado cercano para alguien que, hasta hacía unos minutos, juraba que yo no podía existir.
—Intenté contactar con usted en tres ocasiones —continuó—. Su representante rechazó todas.
Fruncí el ceño.
—No tengo representante.
—Entonces alguien decidió filtrar qué oportunidades llegaban a usted.
El comentario quedó suspendido en el aire.
Detrás de nosotros, Noah seguía en el suelo, con el vestido rojo torcido y la peluca medio caída, mirando la escena como si quisiera desaparecer del planeta.
—Levántate —dije sin mirarlo.
Noah se incorporó torpemente.
Julian lo observó apenas un segundo.
—Tu actuación ha terminado.
Noah tragó saliva.
—Señor, yo…
—Hablaremos después.
No era un grito.
No hacía falta.
Julian volvió a centrarse en mí.
—La serie sobre la soledad… —dijo—. No era una excusa.
Algo en su tono había cambiado.
Menos acero.
Más… interés.
—Entonces no fui la única engañada —respondí.
Sus labios se tensaron, casi en una sonrisa.
—No.
Se hizo un breve silencio.
—¿Aún quiere hacer ese proyecto? —pregunté.
El murmullo del salón regresó de golpe, como si todos hubieran estado conteniendo la respiración.
Julian no dudó.
—Sí.
—Entonces hay un problema.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Dígame.
Miré a Noah.
Luego volví a él.
—Su empleado utilizó mi identidad, manipuló una relación y aceptó dinero en mi nombre.
Julian no parpadeó.
—Soy consciente.
—Eso me perjudica directamente.
—También soy consciente.
Di un paso más cerca.
—Entonces no trabajaré con usted gratis.
Un destello de aprobación cruzó sus ojos.
—Nunca lo esperaría.
—Pero tampoco aceptaré ese dinero como si nada hubiera pasado.
—Entonces establezcamos nuevas condiciones.
Una hora después, estábamos en una sala privada de Ravenwood Manor.
Sin público.
Sin risas.
Sin espectáculo.
Solo negocios.
—Sesenta mil —dije—. Contrato formal. Derechos creativos completos para mí.
—Cincuenta y ocho ya fueron transferidos —respondió.
—Eso fue parte de una mentira.
—Entonces considérelo una compensación por los inconvenientes.
Lo miré fijamente.
—Sesenta adicionales.
Julian entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Es ambicioso.
—Es justo.
Una pausa.
Luego, una leve inclinación de cabeza.
—Aceptado.
Noah dejó escapar un sonido ahogado desde la esquina.
—¿Y yo? —preguntó.
Ambos lo miramos.
Julian habló primero.
—Devuelves cada centavo.
Noah palideció.
—No lo tengo todo…
—Entonces trabajarás hasta cubrirlo.
—¿Despedido?
—No.
Esa respuesta nos sorprendió a ambos.
—Te quedarás —continuó Julian—. Pero no volverás a tocar una cuenta que no sea la tuya.
Noah asintió tan rápido que casi pierde la peluca otra vez.
Cuando salimos de la sala, la fiesta ya había perdido su brillo inicial.
Pero algo más había cambiado.
La forma en que Julian caminaba a mi lado.
La forma en que la gente nos miraba.
—Hay otra cosa —dijo de pronto.
—¿Más condiciones?
—No.
Se detuvo.
Yo también.
—Durante esas conversaciones… —continuó—, aunque no era usted… había momentos en los que olvidaba que era una pantalla.
No respondí.
—Eso no me gusta —añadió.
—¿Qué cosa?
—Perder el control.
Lo observé.
—Entonces no lo pierda.
Julian sostuvo mi mirada.
—Trabaje conmigo, Clara.
No como un trato.
No como una deuda.
La frase quedó incompleta, pero el significado era claro.
Respiré hondo.
—Trabajaré con usted —dije—. Nada más.
Una pausa.
Luego, esa media sonrisa otra vez.
—Por ahora.
Esa noche, al volver a casa, Noah se dejó caer en el sofá.
—Casi voy a prisión.
—Casi arruinas mi carrera.
—Pero ahora tienes el mejor contrato de tu vida.
Lo miré.
—No vuelvas a usar mi cara para tus desastres.
—Lo juro.
Se hizo un silencio.

—Oye, Clara…
—¿Qué?
—Ese tipo… da miedo.
Pensé en Julian.
En su mirada firme.
En la forma en que había dicho mi nombre.
—Sí —respondí.
Y, sin saber por qué, añadí en voz baja:
—Pero también es peligroso por otras razones.
Tres meses después, la serie “Soledad” se inauguró en la galería principal de la ciudad.
Fue un éxito.
Críticos.
Ventas.
Reconocimiento.
Y en la última fotografía de la exposición, escondido entre sombras y reflejos…
Había un hombre de traje negro.
De pie.
Observando.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Esperando.