Adrian no me dejó cruzar la puerta.
No me tocó.
Simplemente se colocó delante de mí, pálido.
—Clara, explícame lo de la casa.
—Pregúntale a tu madre.
—Te lo estoy preguntando a ti.
Lo miré fijamente.
—Y yo dejé de darte respuestas el día que ignoraste veintisiete llamadas.
Aparté la mirada y salí.
Esa misma noche, Adrian fue a casa de su madre.
Margaret Blake estaba cenando cuando él arrojó una copia de la demanda sobre la mesa.
—¿Usaste la casa de la madre de Clara como garantía?
Margaret apenas miró los documentos.
—No exageres.
Aquella respuesta fue suficiente.
Adrian sintió que el estómago se le hundía.
—¿Qué hiciste?
Margaret dejó los cubiertos.
Meses antes, la empresa familiar había necesitado liquidez urgente. Un préstamo estaba a punto de vencer y ningún banco quería ampliar el crédito.
La madre de Clara poseía una pequeña casa completamente pagada.
Margaret había conseguido una copia de sus documentos durante los preparativos del compromiso.
Después apareció una autorización con su firma.
Una firma que ella nunca había puesto.
—Solo necesitábamos la propiedad temporalmente —dijo Margaret—. Pensaba solucionar todo antes de que alguien se enterara.
—¿Y las joyas?
Margaret guardó silencio.
Adrian golpeó la mesa.
—¡¿Dónde están?!
—Empeñadas.
Por primera vez, Margaret pareció incómoda.
Las joyas que la madre de Clara había entregado para la ceremonia habían terminado cubriendo intereses de aquella misma deuda.
Adrian retrocedió.
Ahora entendía los veintiocho mil yuanes.
La madre de Clara no había sido una mujer sin recursos.
Le habían quitado el acceso a prácticamente todo lo que podía convertir rápidamente en dinero.
—¿Clara sabía esto?
—Ahora sí.
—¿Y yo?
Margaret endureció el rostro.
—Tú estabas ocupado con Vanessa.
El nombre cayó como una bofetada.
Adrian sacó el teléfono y llamó al hospital.
Necesitaba saberlo todo.
Horas después consiguió hablar con un médico que había atendido a mi madre aquella noche.
La respuesta terminó de destruirlo.
Mi madre había llegado consciente.
Había preguntado por mí.
Había preguntado si Adrian venía.
Incluso había intentado tranquilizarme mientras yo buscaba desesperadamente cómo completar el dinero y resolver los documentos.
Adrian se sentó dentro de su automóvil sin encender el motor.
Abrió nuestro historial de llamadas.
Veintisiete llamadas perdidas.
Después encontró un mensaje mío.
Nunca lo había abierto.
“Adrian, por favor. Mamá necesita el procedimiento. Me falta dinero y hay un problema con su propiedad. Contéstame.”
Debajo aparecía la hora.
19:36.
A esa misma hora, él estaba conduciendo hacia la costa con Vanessa.
Recordó que el teléfono había vibrado varias veces.
Vanessa había llorado en el asiento del copiloto.
—¿Puedes apagarlo? Hoy no quiero sentir que todo el mundo nos persigue.
Y él lo había puesto en silencio.
A las 21:14 yo había enviado otro mensaje.
“Mamá empeoró.”
A las 22:03:
“Por favor.”
Después, nada.
Mi madre murió poco después.
Adrian apoyó la frente contra el volante.
Pero todavía faltaba algo.
A la mañana siguiente recibió una llamada de su abogado.
—Señor Blake, encontramos una irregularidad adicional.
—¿Cuál?
—La firma falsificada no es el único problema. El préstamo fue solicitado para cubrir una obligación relacionada con Vanessa Reed.
Adrian dejó de respirar.
—Repítelo.
La empresa del padre de Vanessa estaba al borde de la quiebra.
Margaret había utilizado dinero de los Blake para rescatarla porque todavía soñaba con que Vanessa terminara convirtiéndose en su nuera.
Cuando faltó liquidez, utilizaron la propiedad de mi madre.
Mi madre había financiado, sin saberlo, a la familia de la mujer por la que Adrian me abandonó durante nuestra fiesta de compromiso.
Y murió sin poder disponer de su propio patrimonio.
Adrian llamó a Vanessa.
—¿Sabías lo de la casa?
Silencio.
—Vanessa.
—Tu madre dijo que era una garantía temporal.
Adrian cerró los ojos.
—Lo sabías.
—Adrian, mi padre estaba desesperado.
—¿Desde cuándo?
Ella empezó a llorar.
Pero aquella vez sus lágrimas ya no funcionaron.
—¿Desde cuándo?
—Antes de la fiesta de compromiso.
Adrian colgó.
Después vino a buscarme.
Yo estaba en el cementerio.
Había llevado crisantemos nuevos.
Lo vi acercarse, pero no me levanté.
Adrian se detuvo frente a la tumba de mi madre.
Ya no parecía el hombre impecable que había regresado del mar.
—Lo sé todo —dijo.
No respondí.
—Mi madre falsificó la firma. Vanessa sabía parte de lo ocurrido. Yo…
Su voz se quebró.
—Yo tenía tu mensaje.
Finalmente levanté la mirada.
—Sí.
—No lo abrí.
—Lo sé.
—Clara, si pudiera volver atrás…
—Pero no puedes.
Aquellas tres palabras lo dejaron inmóvil.
Adrian miró la fotografía de mi madre.
—Voy a devolver la casa. Las joyas. Todo. Voy a pagar cualquier deuda y declarar contra mi madre si es necesario.
—Hazlo.
Pareció sorprendido.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—No lo sé.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tal vez que algún día puedas perdonarme.
Me levanté.
—Adrian, recuperar una casa puede corregir un fraude.
Tomé mi bolso.
—Devolver las joyas puede corregir un robo.
Después miré la lápida.
—Pero no existe transferencia bancaria capaz de devolverme a mi madre.
Pasé junto a él.
Adrian pronunció mi nombre.
Me detuve sin girarme.
—¿Nunca podremos volver a empezar?
Entonces recordé aquella noche.
Mi madre sobre una camilla.
Mi teléfono en la mano.
Veintisiete llamadas.
Y el mensaje que apareció horas después de su muerte:
“Vanessa está pasando por un momento difícil. Hablamos cuando regrese.”

Cerré los ojos.
—Tú empezaste una nueva vida aquella noche, Adrian.
Seguí caminando.
—Solo que todavía no habías entendido que era una vida sin mí.