PARTE 2: LA DECISIÓN

El pasillo quedó en silencio.

Gabriel no apartó la vista de mí.

Su rostro estaba completamente blanco.

—Eso… no es verdad.

Su voz apenas salió.

Lo miré con la misma calma con la que había terminado de suturar su ceja.

—Cinco años después, sigues mintiendo igual de bien.

Sophie permanecía inmóvil.

No entendía a cuál de los dos debía mirar.

Gabriel dio un paso hacia mí.

—Rachel me dijo que ese niño era de su novio.

Negué lentamente.

—Porque yo la obligué a hacerle una prueba de ADN antes del secuestro.

Saqué una carpeta del cajón de mi escritorio.

Siempre había estado allí.

Nunca pensé que volvería a abrirla.

Dentro había una copia del examen de laboratorio.

La dejé sobre la mesa.

—Resultado: noventa y nueve punto noventa y nueve por ciento.

Gabriel tomó la hoja con manos temblorosas.

Su respiración se quebró.

—No…

—Sí.

—Ella estaba embarazada de ti.

Cerró los ojos.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía un hombre completamente derrotado.

—Yo… nunca lo supe.

—Pero sí sabías otra cosa.

Levanté la manga de mi bata.

La unión metálica entre mi brazo y la prótesis quedó al descubierto.

—Sabías que dejaste morir a tu esposa para salvar a la mujer que amabas.

Gabriel retrocedió como si lo hubiera golpeado.

—¡No!

Su voz retumbó por todo urgencias.

—Corrí hacia Rachel porque el secuestrador tenía el arma sobre su cabeza.

—Y yo tenía un machete sobre el cuello.

El silencio volvió a caer.

—Los dos íbamos a morir.

Hice una pausa.

—Solo alcanzabas a salvar a uno.

Él comenzó a llorar.

No intentó ocultarlo.

—Me equivoqué.

Sonreí con tristeza.

—No.

—Elegiste.

En ese momento sonó el teléfono interno del hospital.

Sophie contestó.

Después me miró con expresión sorprendida.

—Doctora Shaw…

—¿Sí?

—La señora Rachel Lane acaba de ingresar por urgencias.

Gabriel levantó la cabeza de inmediato.

—¿Rachel?

Sophie asintió.

—Viene acompañada de un muchacho de dieciséis años.

Mi corazón dio un vuelco.

Dieciséis años.

La edad coincidía exactamente.

Gabriel dejó caer lentamente el informe de ADN.

Su voz apenas era un susurro.

—¿Mi… hijo?

La puerta automática de urgencias se abrió en ese instante.

Rachel apareció empujando una camilla.

A su lado caminaba un adolescente con los mismos ojos grises de Gabriel.

El muchacho levantó la vista.

Miró primero a Rachel.

Luego a Gabriel.

Y finalmente a mí.

Sin saber que acababa de entrar al lugar donde una mentira de dieciséis años estaba a punto de destruir tres vidas al mismo tiempo.

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