La nueva alerta no era otro intento de compra.
Era una notificación de acceso.
“Solicitud de recuperación de cuenta empresarial iniciada.”
Sentí que se me enfriaban las manos.
—Papá.
Ramón tomó mis lentes, se los puso y leyó la pantalla.
—¿Desde qué dispositivo?
Abrí los detalles.
El intento provenía de un teléfono que reconocí inmediatamente.
El antiguo celular de Nicolás.
—Está intentando recuperar el acceso.
Mi padre negó despacio.
—No.
—¿Cómo que no?
Señaló la hora.
—Mira cuándo comenzó el proceso.
15:47.
Trece minutos antes de que el convenio de divorcio entrara oficialmente en vigor.
Me quedé inmóvil.
Nicolás había iniciado la recuperación cuando todavía estábamos dentro del juzgado.
—¿Qué estaba intentando hacer?
—Eso es lo que vamos a averiguar.
Llamé a la ejecutiva empresarial.
Después de verificar mi identidad, confirmó que alguien había intentado registrar un nuevo dispositivo como autorizado para operar la cuenta.
—¿Llegó a conseguir acceso?
—No, señora Valdés. El cambio de credenciales invalidó el proceso.
Respiré.
—¿Algo más?
La mujer guardó silencio.
—Sí. Hubo una solicitud para aumentar temporalmente el límite de la tarjeta adicional.
—¿Por cuánto?
—Quinientos mil pesos.
Mi padre levantó la vista.
Aquello ya no parecía una cena para presumir delante de Lorena.
Nicolás había preparado algo.
A las 9:31 recibí una llamada del Club Mirador.
Contesté.
—¿Señora Valdés?
—Sí.
—Habla Arturo Salcedo, gerente nocturno. Tenemos aquí al señor Aranda.
Miré a mi padre.
—Lo sé.
—Ha intentado pagar una cuenta con una tarjeta corporativa vinculada a su empresa. El sistema la rechaza y él insiste en que debemos procesarla manualmente.
—No lo hagan.
—Entendido.
Escuché voces al fondo.
Luego la voz de Nicolás.
—¡Dame el teléfono!
Hubo un forcejeo y, segundos después, él estaba en la línea.
—Fernanda, ¿qué hiciste?
—Me divorcié de ti.
—No estoy hablando de eso. ¡La tarjeta!
—También me divorcié de ella por ti.
—No puedes bloquearla sin avisarme.
Me reí.
—Nicolás, firmaste un documento donde dice que tu autorización terminaba hoy a las cuatro.
Silencio.
Entonces escuché a Lorena preguntar:
—¿Qué pasa?
Nicolás bajó la voz.
—Fer, desbloquéala diez minutos.
—No.
—Tengo clientes aquí.
Aquello llamó mi atención.
—¿Clientes?
—Es una cena de negocios.
—Entonces utiliza tu tarjeta.
Otro silencio.
—No tengo disponible suficiente límite.
—Eso parece un problema tuyo.
Estaba a punto de colgar cuando escuché al gerente decir algo detrás de él.
—Señor Aranda, también necesitamos aclarar la reserva del salón privado.
Fruncí el ceño.
—¿Qué salón privado?
Nicolás respondió demasiado rápido.
—Nada.
El gerente volvió a hablar.
—La reserva está cargada al convenio corporativo de Valdés Logística Médica.
Mi padre extendió la mano.
Activé el altavoz.
—Arturo —dije—, ¿qué reservó exactamente?
—El salón Ejecutivo Norte. Cena para veintidós personas, servicio premium y anticipo para un evento empresarial el próximo mes.
Ahora entendía los cargos.
No eran tres intentos de pagar la misma cena.
Eran conceptos diferentes.
—¿A nombre de quién está el evento?
Hubo unos segundos de silencio.
—Servicios Boreal.
Mi padre se quedó completamente quieto.
El nombre de aquella factura repetida.
La empresa que Nicolás me había dicho que era una consultoría de rutas.
—Arturo —dije—, no cargue absolutamente nada. Y envíeme copia de la documentación relacionada con nuestra cuenta corporativa.
—Por supuesto.
Nicolás explotó.
—¡No tienes derecho!
—La cuenta está a nombre de mi empresa.
—¡Basta, Fernanda!
Colgué.
Ramón ya había abierto su computadora.
—Ahora sí vamos a revisar Boreal.
Encontramos la sociedad en menos de diez minutos.
Servicios Boreal había sido constituida hacía once meses.
La administradora registrada era una mujer llamada Lorena Castañeda.
Sentí una presión en el pecho.
—Su amante.
—Sigue leyendo —dijo papá.
El domicilio fiscal coincidía con un pequeño despacho.
Pero el correo de contacto me resultaba conocido.
Lo había visto cientos de veces.
Pertenecía a Nicolás.
Mi padre abrió una hoja de cálculo.
—¿Cuánto le has pagado a Boreal?
Busqué en el sistema administrativo.
Una factura.
Luego otra.
Y otra.
Durante once meses, mi empresa había transferido dinero a la sociedad de Lorena por supuestas consultorías, estudios de ruta y servicios logísticos.
Total:
2.840.000 pesos.
No podía respirar.
—Me estuvo robando.
Ramón no respondió inmediatamente.
—Todavía no uses esa palabra. Primero documentamos.
Era el antiguo perito hablando.
Frío.
Metódico.
—Guarda facturas, contratos, autorizaciones, correos y registros de acceso. No llames a Nicolás. No llames a Lorena.
Entonces apareció algo más.
Una transferencia programada.
8.600.000 pesos.
Beneficiario: Servicios Boreal.
Fecha de ejecución: el lunes siguiente.
Me puse de pie.
—Yo nunca autoricé esto.
Papá acercó la pantalla.
Había una autorización electrónica asociada.
Con mi nombre.
Mi identificación interna.
Y una firma digital.
—Esa no es mi firma.
Ramón me miró.
—Lo sé.
A las diez y siete, llamé a mi directora administrativa, Mariana.
Cuando mencioné Boreal, dejó de hablar.
—Fernanda…
—¿Qué sabes?
—Nicolás me dijo que era un proyecto confidencial autorizado por ti.
—No lo era.
Escuché cómo respiraba.
—Entonces tenemos un problema mucho peor.
—¿Qué problema?
—Hace aproximadamente un mes me pidió acceso a los expedientes históricos de accionistas.
Mi padre levantó la cabeza.
—¿Para qué?
—Dijo que necesitaba documentación para una auditoría.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Se la diste?
—Solo copias.
—¿De qué documentos?
Mariana comenzó a enumerarlos.
Actas.
Poderes antiguos.
Firmas.
Identificaciones.
Y finalmente dijo:
—También pidió una copia del protocolo de sucesión de la empresa.
Me quedé helada.
Mi padre cerró lentamente la computadora.
—Fernanda, eso no sirve para pagar cenas.
Lo sabía.
El protocolo de sucesión establecía qué ocurriría con mis acciones si yo moría o quedaba legalmente incapacitada.
Antes de poder responder, llegó un correo del Club Mirador.
Arturo había enviado los documentos solicitados.
Abrí el archivo adjunto.
Reserva del salón.
Menú.
Lista de invitados.
Contrato del evento.
Y una fotografía escaneada de la identificación presentada para mantener activo el convenio corporativo.
No era la identificación de Nicolás.
Era la mía.
Pero yo nunca había entregado aquella copia.
Mi padre se acercó.
En el reverso había una firma.
Supuestamente mía.
Debajo, una autorización escrita:
“Autorizo al señor Nicolás Aranda a conservar plenas facultades de representación empresarial después de la disolución matrimonial.”
—Yo jamás firmé eso.
Ramón no respondió.
Amplió la imagen.
Observó la firma durante varios segundos.
Luego palideció.
—¿Qué pasa?
Mi padre señaló una pequeña marca en la esquina inferior del documento.
—Conozco ese sello.
—¿De dónde?

Levantó los ojos hacia mí.
—De la notaría donde firmaste hoy tu divorcio.