El sonido del cuchillo al caer sobre la porcelana rompió el silencio.
Paola permanecía inmóvil.
Miraba a Mariana como si acabara de descubrir que llevaba cuatro años sentada frente a una completa desconocida.
—Eso… eso no puede ser.
Arturo Salcedo mantuvo la misma postura respetuosa.
—¿Desea que retiremos la mesa, licenciada?
Mariana negó con tranquilidad.
—Todavía no.
Primero quiero que liquiden su consumo.
El capitán de meseros colocó una carpeta de piel sobre la mesa.
Total: 186,430 pesos.
Rebeca soltó una carcajada nerviosa.
—Qué buen chiste.
Rodrigo, paga la cuenta.
Rodrigo tomó la carpeta.
Su expresión cambió al instante.
—Mamá…
No traigo esa cantidad.
—¿Cómo que no?
—Pensé que, como siempre, habría atención de la casa.
Mariana lo observó en silencio.
—¿Atención de la casa?
Rodrigo tragó saliva.
—Las últimas veces nunca nos cobraron completo.
Arturo respondió antes que ella.
—Por instrucciones de la señora Mariana.
Todos los beneficios, reservaciones preferentes y cortesías otorgadas a la familia del señor Rodrigo fueron autorizados personalmente por ella.
Rebeca abrió mucho los ojos.
—¿Qué estás diciendo?
El gerente tomó una tableta electrónica.
—Durante los últimos tres años esta mesa recibió descuentos, cenas de cortesía, eventos privados y servicios especiales con cargo a la cuenta corporativa de la licenciada Fuentes.
Mostró la pantalla.
Aparecía un historial detallado.
Fechas.
Montos.
Reservaciones.
Más de cuarenta visitas.
El total acumulado superaba los ocho millones de pesos.
Paola sintió que el rostro le ardía.
—Eso es imposible.
—No.
Respondió Arturo.
—Aquí está cada factura.
Mariana permanecía completamente serena.
—Mientras ustedes se burlaban de mí por no usar ropa de diseñador…
Yo seguía autorizando que fueran tratados como invitados especiales.
Ninguno tuvo la curiosidad de preguntar por qué siempre encontraban mesa un viernes por la noche.
Por qué nunca esperaban.
Por qué el mejor vino aparecía sin pedirlo.
O por qué jamás les cobraban los salones privados.
Rodrigo bajó lentamente la cabeza.
Cada recuerdo comenzaba a encajar.
Aquellas llamadas que Mariana recibía antes de cada celebración.
Los empleados saludándola por su nombre.
El respeto con que la trataban.
Él nunca quiso hacerse preguntas.
Porque era más cómodo pensar que todo ocurría por casualidad.
Rebeca intentó recuperar la compostura.
—Aunque seas la dueña del restaurante…
Sigues siendo la esposa de mi hijo.
Mariana sonrió con una tranquilidad que inquietó a todos.
—Todavía.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Paola dio un golpe sobre la mesa.
—Todo esto es una humillación.
—No.
La humillación fue poner huesos en mi plato mientras comían con dinero que jamás salió de sus bolsillos.
El silencio volvió a apoderarse del salón.
Arturo recibió un mensaje en su reloj.
Lo leyó rápidamente.
Después levantó la vista.
—Licenciada…
Ya recibimos la confirmación.
Mariana asintió.
—Perfecto.
Proceda.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Proceder con qué?
Arturo habló con absoluta profesionalidad.
—Hace veinte minutos, por instrucciones de la señora Fuentes, quedó cancelada la línea de crédito empresarial utilizada por Constructora Rivas para financiar su nuevo contrato.
Rodrigo sintió que el corazón se detenía.
—¿Qué?
—Esa línea pertenecía a Grupo Fuentes Capital.
Y dependía exclusivamente de la autorización de la licenciada Mariana.
Paola miró a su hermano.
—¿Ese no era el crédito que necesitabas para iniciar la obra del complejo residencial?
Él ya no respondió.
Sabía perfectamente lo que aquello significaba.
Sin esa financiación, el proyecto quedaba paralizado.
Las penalizaciones millonarias comenzarían al día siguiente.
Mariana tomó su bolso.
Se acomodó el saco sobre los hombros.
Y miró por última vez a Rodrigo.
—Llevabas años creyendo que yo vivía gracias a tu trabajo.
La realidad era exactamente la contraria.
Se dio la vuelta para salir.
Pero antes de llegar a la puerta, Arturo volvió a hablar.
—Licenciada…
Acaba de llegar el informe que pidió esta tarde.
Mariana tomó el sobre sin abrirlo.
Reconocía perfectamente el logotipo del despacho de auditoría.

Era el documento que llevaba semanas esperando.
Rodrigo alcanzó a leer el encabezado.
Auditoría financiera de Constructora Rivas.
Sintió un escalofrío.
Porque aquella auditoría no había sido solicitada por el banco.
Había sido ordenada por la propia Mariana… dos meses antes de aquella cena, cuando descubrió que alguien había estado utilizando su empresa como garantía para obtener préstamos que ella jamás había autorizado.