—¡Lucía!
El grito de Daniel hizo temblar toda la casa.
Corrió hasta ella y cayó de rodillas sobre el piso mojado.
Lucía apenas podía respirar.
Tenía una mano sobre el vientre y la otra apretando el brazo de Daniel con una fuerza desesperada.
Entre sus piernas comenzaba a extenderse una pequeña mancha rojiza.
El rostro de Daniel perdió todo el color.
—¿Qué pasó?
Antes de que Lucía pudiera responder, doña Teresa habló primero.
—Se cayó sola. Siempre ha sido una torpe.
Daniel levantó la vista.
La cubeta seguía en las manos de su madre.
El agua negra todavía escurría por el vestido de Lucía.
El trapeador estaba lejos, junto a la pared.
Nada coincidía con aquella explicación.
—Mamá…
Su voz sonó distinta.
Más fría.
—¿Le aventaste la cubeta?
—Solo quería darle un escarmiento.
—¿Qué?
—Me golpeó con el trapeador. Tiene que aprender a respetar.
Daniel observó la marca roja que comenzaba a aparecer en la mejilla de su esposa.
Después miró la mano de su madre.
Aún estaba levantada.
Como si acabara de abofetearla.
Sintió un nudo en el estómago.
—¿También le pegaste?
Teresa resopló con desprecio.
—Una cachetada nunca ha matado a nadie.
Lucía lanzó un gemido.
El dolor aumentaba.
Daniel dejó de mirar a su madre.
Tomó a Lucía entre sus brazos con el mayor cuidado posible.
—No te duermas.
¿Me escuchas?
No cierres los ojos.
Ella asintió apenas.
Las lágrimas se mezclaban con el agua sucia que todavía corría por su cabello.
Cuando Daniel pasó junto a su madre, Teresa intentó detenerlo.
—No hagas un escándalo por una simple caída.
Él apartó su brazo sin violencia.
Pero también sin la menor duda.
—Si algo les pasa a mi esposa o a mi hijo…
No terminó la frase.
Ya no hacía falta.
Salió corriendo hacia el automóvil.
Durante todo el camino al hospital, Lucía respiró con dificultad.
Cada pocos minutos otra punzada atravesaba su abdomen.
Daniel conducía con una mano mientras con la otra sostenía la de ella.
No dejaba de repetir:
—Ya casi llegamos.
Aguanta un poco más.
Cuando entraron a urgencias, tres enfermeros llevaron inmediatamente a Lucía hacia obstetricia.
Daniel quedó solo en el pasillo.
Con la ropa empapada de agua sucia.
Con las manos temblando.
Con el corazón golpeándole el pecho.
Veinte minutos después apareció la doctora Verónica Salas.
—¿Usted es el esposo?
Daniel se puso de pie.
—Sí.
—Su esposa presenta un fuerte golpe lateral y signos de desprendimiento parcial de placenta.
Vamos a intentar detener las contracciones.
Pero existe riesgo de parto prematuro.
Daniel sintió que las piernas dejaban de responder.
—¿Y mi hijo?
—Todavía tiene latido.
Pero las próximas horas serán decisivas.
Él apoyó una mano contra la pared para no caer.
En ese momento sonó su teléfono.
Era su madre.
Rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
La bloqueó.
Una hora después, mientras esperaba noticias, una enfermera salió con una bolsa transparente.
Dentro estaba el vestido de Lucía.
Completamente empapado.
Daniel lo tomó con cuidado.
Entonces vio algo que antes no había notado.
El agua no solo estaba sucia.
Olía intensamente a cloro y desengrasante industrial.
Frunció el ceño.
La enfermera también lo percibió.
—Qué extraño.
Daniel levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque esa mezcla puede provocar quemaduras químicas leves en la piel.
No es agua de trapear normal.
Antes de que pudiera responder, otro médico apareció con expresión seria.
—Señor Méndez.
Necesitamos hacerle unas preguntas.
Su esposa recuperó el conocimiento.
Dice que su suegra la golpeó y luego le arrojó encima la cubeta deliberadamente.
Daniel cerró los ojos durante unos segundos.
Recordó cada vez que Lucía intentó decirle que vivir con Teresa era imposible.
Cada vez que él respondió:
“Es mi mamá.”
“Tenle paciencia.”
“No exageres.”
Sintió una vergüenza insoportable.
Pero todavía ignoraba lo peor.

Porque mientras él permanecía en el hospital esperando saber si su hijo sobreviviría, dos patrullas acababan de detenerse frente a su casa.
Y los policías no iban únicamente a preguntar por una agresión.
Llevaban una orden para revisar el contenido de la cubeta que su madre había intentado vaciar antes de que él abriera la puerta.