Esteban soltó una risa baja.
—¿Perdón?
Rebeca dio un paso al frente sin alterar el tono de voz.
—Te preguntaba si ya revisaste el fideicomiso del Hospital Santa Aurelia.
La sonrisa del director apenas vaciló.
—No sé de qué habla.
—Lo sé. Ese ha sido tu mayor problema durante seis años.
Isabel cruzó los brazos.
—Rebeca, este no es momento para tus dramas.
—Tiene razón.
Rebeca asintió con tranquilidad.
—Es momento para las consecuencias.
Esteban miró su reloj.
—Mariana debe entrar al quirófano en menos de diez minutos.
—No irá a ningún quirófano contigo.
La técnica de ultrasonido dejó de mover el transductor.
El silencio volvió a llenar la sala.
Esteban sonrió otra vez.
—¿Y quién va a impedirlo?
Rebeca sostuvo su mirada.
—La propietaria del hospital.
Por primera vez, el rostro de Esteban perdió seguridad.
Duró apenas un segundo.
Después volvió a reír.
—Qué buena broma.
—No es una broma.
Sacó una carpeta color vino de su bolso.
—El Hospital Santa Aurelia jamás perteneció a la familia Arriaga.
Isabel dio un paso adelante.
—¡Claro que sí! Mi esposo lo fundó.
—No.
Rebeca abrió la carpeta.
—Tu esposo administró el hospital.
Pasó la primera hoja.
—El dinero para construir la torre materna salió íntegramente de mi patrimonio.
Otra hoja.
—El terreno fue adquirido mediante un fideicomiso irrevocable.
Otra más.
—Y la cláusula ochenta y dos establece que cualquier administrador, director o representante involucrado en violencia familiar, fraude médico o intento de poner en riesgo la vida de un paciente pierde automáticamente todas sus facultades administrativas.
Esteban ya no sonreía.
—Eso es absurdo.
—¿Lo es?
Rebeca levantó otra hoja.
—Hace doce minutos el consejo activó esa cláusula.
El teléfono de Esteban vibró.
Lo ignoró.
Volvió a vibrar.
Y otra vez.
Finalmente lo tomó.
Su expresión cambió mientras leía.
“Acceso administrativo suspendido.”
Frunció el ceño.
Intentó abrir la aplicación del hospital.
“Usuario bloqueado.”
Tecleó su contraseña.
Error.
Otra vez.
Error.
La pantalla terminó mostrando un único mensaje.
“Cuenta deshabilitada por orden del Consejo del Fideicomiso.”
—¿Qué demonios…?
El teléfono volvió a sonar.
Era el director financiero.
Contestó de inmediato.
—¿Qué está pasando?
Del otro lado hablaron con rapidez.
Todos en la sala podían escuchar los gritos.
—¡Las cuentas están congeladas!… ¡Los accesos fueron revocados!… ¡Seguridad está cambiando las cerraduras del piso ejecutivo!
Esteban palideció.
—¡Eso es imposible!
Colgó bruscamente.
Miró a Rebeca.
—¿Qué hiciste?
Ella respondió con absoluta serenidad.
—Lo que debí hacer el día que vi el primer moretón en mi hija y decidí creer tu versión.
Mariana rompió a llorar.
Nunca había visto a su madre hablar así.
Nunca.
En ese instante, la puerta volvió a abrirse.
Entraron cuatro elementos de seguridad privada del hospital.
No caminaban hacia Rebeca.
Caminaban directamente hacia Esteban.
El jefe de seguridad habló con voz firme.
—Doctor Esteban Arriaga.
Él levantó la barbilla.
—¿Qué ocurre?
—Por instrucciones del Consejo de Administración queda separado de todas sus funciones con efecto inmediato.
Isabel golpeó el piso con el tacón.
—¡Esto es una locura! ¡Mi hijo dirige este hospital!
El jefe de seguridad negó lentamente.
—Ya no.
Esteban dio un paso hacia Mariana.
—Amor, no les hagas caso.
Ella retrocedió instintivamente.
Ese pequeño movimiento bastó para que dos guardias se colocaran entre ambos.
—No puede acercarse a la paciente.
El rostro de Esteban se deformó por primera vez.
Ya no era el médico admirado.
Era un hombre perdiendo el control.
—¡Soy su esposo!
Rebeca respondió antes que nadie.
—Y desde hace cinco minutos también eres objeto de una investigación por violencia familiar.
En ese mismo instante, un estruendo metálico resonó en el pasillo.
Después otro.
Y otro más.
Las puertas del área de maternidad comenzaron a abrirse una tras otra.
Una comandante de la Fiscalía entró acompañada por agentes ministeriales.
Su mirada recorrió la sala hasta detenerse en Esteban.
Sacó una carpeta con varios documentos.
—Doctor Esteban Arriaga.
Él permaneció inmóvil.
La comandante abrió lentamente la primera hoja.
—Tenemos una orden judicial.

Levantó la vista.
Y pronunció unas palabras que hicieron que incluso Isabel perdiera el color del rostro.
—Pero no es únicamente por la agresión contra su esposa.
Hizo una breve pausa.
—También venimos por las muertes ocurridas en este hospital durante los últimos siete años.