Diego cerró la puerta apenas unos centímetros antes de que Valeria doblara el pasillo.
Guardó la llave en el bolsillo sin hacer el menor ruido.
Cuando ella apareció, llevaba el cabello todavía húmedo y una sonrisa cuidadosamente ensayada.
—¿Qué haces aquí?
Él levantó un vaso vacío que había tomado del aparador.
—Buscando agua.
Ella relajó los hombros.
—Ven, ya casi está lista la cena.
Mientras caminaban hacia el comedor, Diego sintió que su madre seguía detrás de aquella puerta, sola, en la oscuridad.
Pero también sabía que salir de ahí con ella sin pruebas sería exactamente el error que Valeria esperaba.
Durante años había investigado organizaciones enteras que ocultaban millones de dólares mediante documentos falsificados.
Sabía que las emociones nunca debían adelantarse a la evidencia.
Se sentó frente al plato de mole.
Valeria lo observaba atentamente.
—¿Qué te parece?
Diego tomó un pequeño trozo de pollo.
Lo acercó a los labios.
Recordó las palabras de su madre.
“No comas nada de lo que ella te dé.”
En el último instante dejó caer discretamente el bocado dentro de una servilleta mientras fingía limpiarse la boca.
—Extrañaba tu cocina.
Ella sonrió.
—Sabía que te gustaría.
Mientras cenaban, Diego comenzó a hacer preguntas aparentemente inocentes.
—¿Qué médico atiende a mamá?
—La doctora Patricia Salinas.
—¿Neurología?
—Sí.
—¿En qué hospital?
Valeria dudó apenas un segundo.
—En… el San Gabriel.
Diego siguió comiendo con aparente tranquilidad.
Conocía perfectamente ese hospital.
No tenía servicio de neurología geriátrica.
Ella acababa de cometer su primer error.
Después preguntó por los medicamentos.
Valeria respondió de memoria.
Nombres.
Dosis.
Horarios.
Demasiado perfectos.
Como si hubiera estudiado una lista antes de que él regresara.
Cuando terminaron de cenar, ella llevó los platos a la cocina.
Diego aprovechó para sacar discretamente su teléfono.
Abrió la aplicación segura que utilizaba durante las auditorías militares.
Activó la grabación automática de audio y video.
Todo quedaría respaldado en la nube en tiempo real.
Si alguien destruía el teléfono, la información seguiría existiendo.
Volvió a guardarlo justo cuando Valeria regresó.
—¿Quieres ver a tu mamá?
Preguntó ella con voz dulce.
—Claro.
—Pero prométeme que no discutirás con ella.
A veces ya no distingue la realidad.
Puede inventar cosas terribles sobre mí.
Diego sostuvo su mirada.
—Lo entiendo.
Ella sacó una pequeña caja metálica del cajón de la cocina.
Dentro había varias pastillas.
—Primero debo darle su medicamento.
Tomó dos comprimidos blancos.
Diego observó la etiqueta.
No reconocía el nombre.
Pero sí reconocía algo más.
La fecha de impresión estaba parcialmente despegada.
Como si alguien hubiera cambiado la etiqueta original.
Su experiencia revisando fraudes documentales volvió a activarse.
—¿Quién las receta?
—La doctora Salinas.
—¿Puedo ver la receta?
Valeria sonrió nerviosamente.
—La guardé arriba.
Luego caminó rápidamente hacia el pasillo.
Diego esperó apenas unos segundos.
En cuanto desapareció escaleras arriba, abrió discretamente la caja de medicamentos.
Fotografió cada pastilla.
Cada lote.
Cada etiqueta.
Después envió las imágenes a un antiguo compañero suyo que ahora dirigía el laboratorio farmacéutico del Hospital Militar.
Solo escribió una frase.
“Necesito identificación urgente.”
La respuesta llegó menos de dos minutos después.
No era un mensaje largo.
Solo cinco palabras.
Cinco palabras que hicieron que Diego sintiera un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
“No es medicamento para demencia.”
Levantó la vista lentamente hacia el pasillo por donde Valeria acababa de desaparecer.
Entonces llegó el segundo mensaje.
“Es un sedante muy potente.”

Y antes de que pudiera procesarlo, escuchó cómo alguien llamaba con fuerza a la puerta principal.
Valeria bajó corriendo las escaleras, completamente pálida.
Al mirar por la ventana, susurró aterrorizada:
—¿Qué hace aquí ese notario…?