Saqué la carpeta, pero no se la enseñé a mi mamá.
—Haz tu maleta, mamá.
Sofía se alarmó.
—Camila, no quiero causarte problemas con Gabriel.
—Tú no causaste ninguno.
Llamé a mi esposo.
Gabriel llegó cuarenta minutos después. Vio el candado, leyó las notas y se quedó completamente callado.
Luego llamó a Beatriz.
—Mamá, vuelve a casa.
—Estoy cenando con Lucas.
—Entonces trae a Lucas.
Dos horas después entraron los dos.
Beatriz sonreía hasta que vio a Gabriel sosteniendo la cadena que había arrancado del refrigerador.
—¿Qué significa esto?
Ella ni siquiera se avergonzó.
—Significa que alguien tenía que poner límites. Esa mujer no puede venir aquí a consumir lo que tú pagas.
Gabriel señaló a Sofía.
—Esa mujer nos dio el dinero para comprar nuestra primera casa.
Beatriz se encogió de hombros.
—Pues ya recibió suficiente agradecimiento.
Entonces Lucas intervino.
—No exageres, Gabriel. Mamá solo protege lo que algún día será nuestro.
Aquella frase me confirmó que ambos pensaban lo mismo.
Abrí la carpeta.
—Precisamente sobre eso quería hablarles.
Coloqué una copia del contrato sobre la mesa.
Beatriz tardó unos segundos en comprender.
—¿Qué es esto?
—La venta de la casa.
Su rostro cambió.
—¿Qué venta?
—Esta casa tiene comprador. El cierre es el viernes.
Lucas tomó los documentos.
—No pueden venderla. Mamá vive aquí.
—Mamá vive aquí porque nosotros se lo permitimos —respondió Gabriel—. Nunca fue propietaria.
Beatriz se levantó de golpe.
—¡Esta es la casa de mi hijo!
—Hasta el viernes —dije.
El silencio fue absoluto.
Entonces le expliqué que nuestra nueva vivienda tenía únicamente tres dormitorios: uno para nosotros, otro para Mateo y otro para invitados.
—Sofía podrá visitarnos cuando quiera —añadió Gabriel—. Pero tú no vienes con nosotros.
Beatriz palideció.
—¿Me estás echando por ella?
Gabriel señaló las fotografías de las notas.
—No. Tus propias decisiones hicieron esto.
Pensé que aquello terminaría ahí.
Me equivocaba.
A la mañana siguiente recibí una llamada del agente inmobiliario.
—Camila, tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
—Una mujer acaba de presentarse ante el comprador diciendo que tiene derechos sobre la propiedad.
Cerré los ojos.
—Beatriz.
—Sí. Pero hay algo más.
Escuché papeles moviéndose al otro lado.
—Trajo un documento supuestamente firmado por Gabriel hace seis años.
Miré a mi esposo.
—¿Qué documento?
El agente guardó silencio unos segundos.
—Uno que afirma que, cuando ustedes compraron esta casa, Gabriel transfirió parcialmente sus derechos a su madre y a su hermano.
Gabriel se quedó blanco.
—Yo jamás firmé eso.
Y entonces recordé algo.
Seis años atrás, Beatriz había insistido durante semanas en que Gabriel firmara varios documentos relacionados con la herencia de su padre.
Hasta aquella mañana nunca habíamos tenido motivos para preguntarnos qué había realmente entre esas páginas.