PARTE 2 — LA CASA QUE NUNCA IMAGINÓ

Me quedé inmóvil en mitad de la acera.

—¿Compraste una casa?

Sophie soltó una risa suave.

—Sí.

—Y lleva seis meses esperándote.

Creí haber oído mal.

Durante tres años mi hija solo me había dicho que trabajaba en Shenzhen para una empresa tecnológica.

Nunca hablaba de dinero.

Nunca presumía.

Solo insistía en que me cuidara.

Tomé el primer tren hacia el aeropuerto.

Cuando llegué a Shenzhen esa misma tarde, Sophie ya me esperaba.

Corrió a abrazarme con tanta fuerza que sentí romperse algo dentro de mí.

—Perdóname, mamá.

—Debí llevarte conmigo hace mucho tiempo.

Negué con la cabeza.

—No quería ser una carga.

Ella me tomó de la mano.

—Nunca lo has sido.

Treinta minutos después, el coche entró en una urbanización frente al mar.

Pensé que se había equivocado.

—Sophie…

—Aquí vive mi jefa.

Ella sonrió.

—No.

—Aquí vivimos nosotras.

El vehículo se detuvo frente a una villa moderna de dos plantas.

Me quedé sin palabras.

—Esto… cuesta millones.

—Lo sé.

Abrió la puerta principal.

Todo estaba listo.

Una habitación llena de plantas.

Una cocina enorme.

Y, junto a la ventana más luminosa de la casa, una mecedora con una manta tejida exactamente del color que siempre me gustó.

Sobre la mesa había una placa de madera.

“Habitación de mamá.”

No pude contener las lágrimas.

—¿Cómo…?

Sophie respiró hondo.

—Hace cuatro años fundé una empresa de software con dos compañeros.

—El año pasado una multinacional compró parte de nuestras acciones.

—Ya no necesito preocuparme por dinero.

La miré sin reconocer a la niña que había criado.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

—Porque cada vez que te llamaba, estabas cocinando para el señor Liu, llevándolo al hospital o ayudando a Kevin.

—Siempre decías que estabas ocupada.

Bajé la mirada.

Tenía razón.

Había dedicado nueve años a cuidar una familia que nunca fue la mía.

Aquella noche dormí por primera vez sin poner una alarma para preparar el desayuno de nadie.

A la mañana siguiente sonó el timbre.

Sophie abrió.

Era Robert.

Tenía la barba sin afeitar y la ropa arrugada.

Al verme dio un paso adelante.

—Teresa.

—Vuelve a casa.

—Kevin ya no hará el MBA.

—No hipotecaré el apartamento.

—Podemos empezar de nuevo.

Lo observé durante varios segundos.

Era la primera vez que lo veía realmente asustado.

—¿Por qué cambiaste de opinión?

Bajó la cabeza.

—Porque entendí que la casa no vale más que tú.

Sophie dejó escapar una sonrisa amarga.

—Señor Liu.

—Mi madre se fue hace tres días.

—¿Cuántas veces le preparó el desayuno durante nueve años?

Robert guardó silencio.

—¿Cuántas veces limpió su casa?

Silencio.

—¿Cuántas veces la llevó usted de viaje?

Ninguna respuesta.

Sophie abrió completamente la puerta.

—Ahora mírela bien.

Señaló el interior de la villa.

—Por primera vez en nueve años, mi madre está viviendo en una casa donde nadie puede echarla.

Robert levantó la vista lentamente.

Solo entonces vio la escritura que descansaba sobre la mesa del recibidor.

El nombre del propietario aparecía en letras claras.

Teresa Wang.

Sophie había registrado toda la propiedad exclusivamente a nombre de su madre.

Robert comprendió en ese instante que la mujer a la que siempre creyó incapaz de marcharse ya tenía, por fin, un hogar al que él nunca pertenecería.

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