Natalia no durmió aquella noche.
Mientras Regina respiraba suavemente en la cuna portátil del hotel, ella abrió una carpeta azul que llevaba años guardando en la nube.
Escritura pública.
Contrato de compraventa.
Comprobantes de transferencia.
Recibos del impuesto predial.
Cada documento demostraba exactamente lo mismo.
La casa había sido comprada tres años antes de casarse con Mauricio.
Con dinero exclusivamente suyo.
Él jamás apareció como propietario.
Ni como copropietario.
Ni como beneficiario.
A las siete de la mañana llamó a su notario.
—Licenciado Herrera, necesito una certificación urgente del expediente de la casa de Coyoacán.
—¿Ocurrió algo?
—Mi esposo cambió las cerraduras mientras yo estaba hospitalizada y me impidió entrar con mi hija recién nacida.
Hubo unos segundos de silencio.
—En una hora tendrá todo listo.
Después llamó a una empresa especializada en cerraduras electrónicas.
Luego a una compañía de seguridad privada.
Y finalmente marcó el número de un antiguo compañero de universidad que ahora era comandante de la policía preventiva.
No pidió favores.
Solo solicitó presencia preventiva para evitar alteraciones del orden durante una diligencia legal.
A las diez de la mañana recibió una notificación.
Su sistema domótico acababa de registrar un acceso remoto.
Mauricio había conectado las cámaras interiores desde Cancún.
Cinco minutos después apareció otra alerta.
Una nueva huella digital acababa de ser registrada como administradora principal del inmueble.
Nombre del usuario:
Paola Ramírez.
Natalia sonrió por primera vez desde el parto.
Ni siquiera sabían ocultar las pruebas.
Mientras tanto, en Cancún, Mauricio levantaba una copa junto a su madre y su hermana.
—Seguro ya está llorando en casa de alguna amiga.
Doña Elvira soltó una carcajada.
—Las mujeres aprenden cuando dejan de sentirse indispensables.
Paola enseñó unas fotografías.
—Miren.
—Ya cambié todos los accesos.
—Ni aunque vuelva con un cerrajero podrá entrar.
Los tres brindaron convencidos de haber ganado.
Ignoraban que, en ese mismo instante, Natalia ya estaba frente al portón de la casa.
No iba sola.
El notario.
Dos técnicos certificados.
Un cerrajero autorizado.
Una patrulla.
Y un representante de la empresa que administraba el sistema inteligente de la vivienda.
El técnico revisó la pantalla.
—Licenciada, alguien eliminó su acceso como administradora.
—¿Puede restaurarlo?
Él sonrió.
—Solo quien figura como propietaria principal puede autorizar los cambios.
Natalia mostró su identificación y la escritura certificada.
Cinco minutos después, el sistema emitió un sonido.
Administradora principal restaurada.
Todos los usuarios secundarios eliminados.
Las nuevas huellas de Mauricio y Paola desaparecieron automáticamente.
El cerrajero cambió la cerradura física.
El técnico generó un código nuevo.
Solo Natalia lo conocía.
Entró despacio.
Todo seguía allí.
La cuna.
La manta rosa.
Las flores secas del baby shower.
Las fotografías del embarazo.
Respiró hondo.
Luego pidió que cambiaran también las claves del garaje y del sistema de alarmas.
Antes de irse, el notario le entregó otro documento.
—Esto acredita que usted recuperó la posesión legal del inmueble.
—Si alguien intenta entrar sin autorización, será considerado allanamiento.
Natalia guardó el documento en su bolso.
Apenas salió de la casa, su teléfono comenzó a sonar.
Mauricio.
Lo dejó sonar.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
A la quinta llamada contestó.
—¿Qué hiciste? —gritó él.
—¿Por qué dejaron de funcionar todas las claves?
Natalia acomodó con cuidado a Regina en el asiento del automóvil.
Después respondió con absoluta tranquilidad.

—Porque finalmente entendiste algo.
—Nunca me dejaste fuera de tu casa.
Hizo una pausa.
—Te sacaste tú solo… de la mía.