PARTE 2
El sonido de la puerta cerrándose detrás de ellos pareció apagar el mundo.
La sala de audiencia quedó en silencio.
Solo se escuchaba el roce de papeles, el zumbido del aire acondicionado y los pasos del juez entrando por la puerta lateral.
Alejandro apenas notó a los dos agentes de la Fiscalía sentados al fondo.
Su atención estaba en Mariana.
Seguía sonriendo.
Y eso lo inquietaba.
Porque durante ocho años había aprendido a reconocer cada gesto de su esposa.
Esa no era una sonrisa de derrota.
Era la sonrisa de alguien que ya conocía el final de la historia.
El juez tomó asiento.
—Procedamos.
Los abogados de Alejandro se acomodaron confiados.
El convenio ya estaba firmado.
La división de bienes estaba lista.
Todo debía terminar en menos de veinte minutos.
Uno de los abogados se puso de pie.
—Su señoría, las partes han llegado a un acuerdo voluntario…
—Objeción.
La voz de Mariana cortó la sala como una cuchilla.
Todos voltearon.
Natalia soltó una carcajada.
—Ay, por favor…
Pero la risa murió cuando Mariana abrió la carpeta negra.
Sacó un documento.
Luego otro.
Y después otro más.
El abogado de Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué significa esto?
Mariana colocó los papeles frente al juez.
—Significa que firmé el convenio porque necesitaba que todos estuvieran aquí al mismo tiempo.
La sonrisa desapareció del rostro de Alejandro.
—¿Qué estás haciendo?
Mariana lo miró.
Por primera vez en meses.
Directamente a los ojos.
—Terminando lo que ustedes empezaron.
El juez comenzó a revisar los documentos.
Su expresión cambió casi de inmediato.
Primero sorpresa.
Luego atención.
Después algo parecido a preocupación.
Doña Elvira sintió un escalofrío.
—¿Qué son esos papeles?
Mariana no respondió.
Uno de los agentes de la Fiscalía se puso de pie.
Natalia dejó de sonreír.
—¿Por qué hay agentes aquí?
El abogado de Alejandro tragó saliva.
—Su señoría…
El juez levantó una mano.
—Silencio.
La sala entera obedeció.
Mariana sacó una memoria USB.
La colocó sobre la mesa.
—Solicito que se reproduzca el contenido anexado.
El monitor de la sala se encendió.
Apareció la fecha.
Diez meses atrás.
Una oficina.
La oficina principal de la constructora Robles.
Alejandro palideció.
—No…
Doña Elvira abrió los ojos.
Natalia dejó de respirar por un segundo.
Porque en el video aparecía ella.
Entrando al despacho.
Cerrando la puerta.
Y entregando una carpeta confidencial.
El audio comenzó.
—Con esto nadie sabrá dónde fue el dinero.
La voz era inconfundible.
Natalia.
La misma Natalia que unos minutos antes había golpeado a Mariana.
El abogado de Alejandro se levantó de golpe.
—¡Eso es ilegal!
—No —respondió uno de los agentes—. Fue entregado oficialmente durante la investigación.
La sangre abandonó el rostro de Alejandro.
Investigación.
No sabía nada de ninguna investigación.
Mariana observó cómo empezaban a comprender.
Todavía no habían visto lo peor.
El video avanzó.
Apareció otro hombre.
El director financiero de la empresa.
Y después una transferencia bancaria.
Millones de pesos.
Desapareciendo de una cuenta corporativa.
Natalia comenzó a temblar.
—Alejandro…
Pero Alejandro ya no la estaba mirando.
Miraba la pantalla.
Hipnotizado.
Porque la firma digital autorizando las operaciones pertenecía a alguien muy específico.
Alguien sentado a menos de dos metros.
Su propia madre.
Doña Elvira dejó escapar un jadeo.
—Eso no puede ser.
El juez levantó otro documento.
—Aquí consta que durante tres años se desviaron fondos de la empresa mediante sociedades fantasma.
La sala explotó en murmullos.
Natalia retrocedió un paso.
—Yo no sabía nada.
—¿No? —preguntó Mariana.
Y sacó otro documento.
El último.
El más devastador.
Una lista de transferencias.
Fechas.
Montos.
Firmas.
Y al pie, una cuenta bancaria registrada a nombre de Natalia Beltrán.
El silencio fue absoluto.
Natalia quedó inmóvil.
Como una estatua.
—Eso… eso tiene una explicación.
—Claro que la tiene —dijo Mariana.
La mujer volvió a sonreír.
La misma sonrisa que apareció después de la bofetada.
La sonrisa que nadie entendió.
Hasta ahora.
Porque aquella mañana no había venido a pelear por una camioneta.
Ni por una pensión.
Ni siquiera por el divorcio.
Había venido a cerrar una trampa que llevaba más de un año construyendo.
Y todos acababan de caer dentro.

Uno de los agentes caminó hacia Natalia.
Otro se acercó a Doña Elvira.
Alejandro observó la escena sin poder moverse.
—Mariana… ¿desde cuándo sabías esto?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Desde el día que descubrí que intentaron usar mi nombre para encubrir el fraude.
Alejandro sintió que el corazón se detenía.
—¿Qué?
—Por eso querían la cláusula de confidencialidad.
El abogado bajó la mirada.
Y ese gesto fue suficiente.
Alejandro entendió.
Todos sabían.
Todos menos él.
Natalia comenzó a llorar.
—Alejandro, dime algo.
Él no respondió.
Doña Elvira estaba igual de pálida.
—Hijo…
Alejandro tampoco respondió.
Porque en ese instante comprendió algo mucho peor que una infidelidad.
Mucho peor que un divorcio.
La única persona que había intentado protegerlo durante todo ese tiempo…
Había sido Mariana.
Y él había permitido que la humillaran.
Que la insultaran.
Que la golpearan.
Incluso hacía apenas siete minutos.
El agente tomó el brazo de Natalia.
—Necesitamos que nos acompañe.
Ella giró desesperada hacia Alejandro.
—¡Haz algo!
Pero Alejandro permaneció inmóvil.
La mujer que había elegido se alejaba esposada.
Y la mujer que había traicionado permanecía sentada, tranquila, frente a él.
Entonces Mariana sacó un sobre que nadie había visto.
Lo colocó frente al juez.
Y cuando éste leyó la primera página, levantó la vista con absoluta incredulidad.
—Señora Ríos… ¿está segura de presentar esto?
Mariana asintió.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
Porque el juez acababa de pronunciar una frase que lo dejó sin aire:
—Este documento cambia completamente la propiedad de la constructora Robles.
Y por primera vez esa mañana…
Alejandro entendió que todavía no conocía toda la verdad.
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