PARTE 2: LA CARPETA AZUL

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

No era solo la imagen de Andrés levantando una copa junto a una mujer con un embarazo evidente.

Era la tranquilidad con la que sonreía.

Como si yo ya hubiera dejado de existir.

Me escondí detrás del marco que separaba el pasillo de la cocina y saqué el teléfono con las manos temblando. Activé la cámara y comencé a grabar.

—Brindemos —dijo Eloísa levantando su copa de champaña—. Por los nuevos comienzos.

—Y porque esta vez todo salga perfecto —respondió la mujer embarazada mientras acariciaba su vientre.

Andrés sonrió.

—Después de tres semanas nadie hará preguntas. Todos creerán que Valeria decidió quedarse en Europa.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Eloísa abrió la carpeta azul.

—Primero terminamos los trámites. Después anunciamos el embarazo. El orden es importante.

La mujer frunció el ceño.

—¿Y si ella regresa antes?

Eloísa soltó una risa breve.

—No lo hará.

—¿Y si cambia de opinión?

—No tendrá oportunidad.

Aquellas cinco palabras me dejaron inmóvil.

Respiré despacio para no hacer ruido.

Andrés tomó varios documentos de la carpeta.

—El banco ya recibió la solicitud para transferir las acciones.

—¿Con la firma? —preguntó la embarazada.

—Sí. Nadie sospechó nada.

Mi hermano tenía razón.

Habían falsificado mi firma.

Eloísa pasó otra hoja.

—La póliza de vida también está lista. Solo falta que se cumpla el plazo de ausencia.

Sentí que el corazón golpeaba con tanta fuerza que temí que pudieran escucharlo.

Seguí grabando.

Cada palabra era una prueba.

Cada sonrisa era otra traición.

Entonces Andrés tomó el último documento de la carpeta.

Era una hoja con varias firmas y un sello notarial.

Lo levantó para enseñárselo a todos.

—Con esto cerramos el asunto.

La mujer embarazada leyó el encabezado.

—¿Qué significa exactamente “declaración de desaparición presunta”?

Eloísa respondió con absoluta calma.

—Si una persona desaparece en determinadas circunstancias y nadie vuelve a verla, tarde o temprano todo pasa a sus herederos.

—¿Y el cuerpo? —preguntó ella en voz baja.

Eloísa la miró fijamente.

—Mientras no aparezca, habrá menos preguntas.

Noté que mis dedos empezaban a perder fuerza.

Aquella era la frase que jamás pensé escuchar.

No hablaban de un divorcio.

No hablaban de una separación.

Hablaban de mi desaparición.

En ese instante sonó un teléfono.

Era el de Andrés.

Contestó inmediatamente.

—¿Sí?

Su expresión cambió.

—Perfecto. ¿Ya terminaron?

Escuchó unos segundos.

—No. Nadie la vio bajar del avión porque nunca llegó al destino. Eso juega a nuestro favor.

Sentí un nudo en el estómago.

¿Habían estado siguiendo incluso el supuesto vuelo?

Andrés colgó y sonrió.

—Todo limpio.

Eloísa asintió satisfecha.

—Entonces mañana mismo llamaremos a la aseguradora para informar que Valeria no responde desde Europa.

La embarazada levantó otra vez su copa.

—Dentro de poco esta casa será nuestra.

Nuestra.

La palabra retumbó en mi cabeza.

Miré alrededor buscando una salida segura.

Necesitaba irme.

Ya tenía suficiente.

Di un paso hacia atrás.

La madera del suelo crujó apenas.

Un sonido mínimo.

Pero suficiente.

Los tres giraron la cabeza al mismo tiempo.

El silencio cayó sobre la sala.

Andrés dejó lentamente la copa sobre la mesa.

—¿Escucharon eso?

Eloísa frunció el entrecejo.

—Pensé que habías dicho que la casa estaba vacía.

Él caminó despacio hacia el pasillo.

Cada uno de sus pasos se acercaba más al lugar donde yo estaba escondida.

Apreté el teléfono contra mi pecho sin dejar de grabar.

No podía correr.

Si hacía ruido, me encontrarían.

Si me quedaba quieta, quizá pasaría de largo.

Andrés se detuvo a menos de dos metros.

Observó la oscuridad durante varios segundos.

Luego sonrió.

—Debe haber sido el viento.

Cuando estaba a punto de dar media vuelta, apareció el perro de la casa moviendo la cola.

El labrador me había reconocido.

Se quedó mirándome fijamente.

Y comenzó a caminar directamente hacia mi escondite.

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