PARTE 2: LA CÁMARA QUE NADIE RECORDÓ

La puerta se abrió lentamente.

Los dos oficiales entraron primero.

Detrás de ellos aparecieron mi padre y Diane.

Mi padre parecía haber envejecido diez años en solo tres días.

Diane, en cambio, seguía con la espalda recta.

Solo que ya no sonreía.

El oficial se acercó a mi cama.

—¿Señorita Natalie Collins?

Asentí con dificultad.

—Necesitamos confirmar si recuerda lo ocurrido durante su fiesta de graduación.

Miré a Diane.

Ella sostuvo mi mirada sin pestañear.

—Sí.

Respondí.

—Me golpeó.

El silencio fue inmediato.

Mi padre cerró los ojos.

Diane soltó una risa breve.

—Eso no fue un golpe.

Todos voltearon hacia ella.

—Solo intenté detener un espectáculo.

El oficial tomó algunas notas.

—Hay varios testigos que afirman lo contrario.

Ella cruzó los brazos.

—La chica simplemente se desmayó. Siempre ha sido muy sensible.

Sentí la mano de Ethan apretando la mía.

El segundo oficial abrió entonces una carpeta.

—Señora Diane Collins…

Respiró hondo.

—No solo tenemos declaraciones.

Sacó una memoria USB transparente.

La dejó sobre la mesa.

—También tenemos el video completo.

Diane dejó de respirar un instante.

—¿Qué video?

El oficial respondió con absoluta calma.

—La fiesta fue transmitida en directo.

Mi mejor amiga había decidido hacer una transmisión privada para los familiares que no pudieron asistir.

Nadie lo recordó aquella noche.

Ni siquiera yo.

Pero cientos de personas habían visto exactamente lo ocurrido.

El oficial continuó.

—La agresión quedó grabada desde tres ángulos distintos.

Mi padre levantó lentamente la vista.

—¿Tres?

—Un teléfono frente al jardín.

Otro junto a la mesa principal.

Y una cámara instalada sobre el porche.

Ethan añadió en voz baja:

—Además, los vecinos entregaron las grabaciones de sus cámaras de seguridad.

El rostro de Diane perdió completamente el color.

Por primera vez parecía asustada.

Pero aquello no era lo peor.

El oficial abrió otra carpeta.

—Mientras revisábamos el video apareció un detalle inesperado.

Fruncí el ceño.

—¿Cuál?

Sacó varias fotografías impresas.

En ellas podía verse claramente a Diane unas horas antes de la fiesta.

Entrando en mi habitación.

Abriendo mi escritorio.

Revisando una pequeña caja de madera.

El oficial habló despacio.

—La cámara interior de la vivienda registró que usted permaneció diecisiete minutos en la habitación de la señorita Natalie.

Mi padre miró sorprendido a su esposa.

—¿Qué estabas haciendo ahí?

Diane no respondió.

El oficial colocó una última fotografía sobre la cama.

Era una imagen ampliada.

En ella se veía a Diane guardando un sobre amarillo dentro de su bolso.

Sentí un escalofrío.

Reconocí inmediatamente aquel sobre.

Era donde había guardado, semanas antes, todos los documentos relacionados con la herencia de mi madre.

—Ese sobre…

Susurré.

Ethan me miró.

—Cuando llegué a tu apartamento para preparar la fiesta ya no estaba.

El oficial asintió.

—Lo encontramos ayer durante el registro autorizado de la vivienda.

Mi padre dio un paso atrás.

—¿Registro?

—Después de revisar los videos existían indicios de manipulación de documentos personales.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Mi padre observó lentamente a Diane.

Había incredulidad en sus ojos.

—¿Qué documentos eran?

Tragué saliva.

La respuesta salió casi en un susurro.

—El testamento de mi mamá.

Nadie habló.

Ni siquiera Diane.

El oficial tomó la última carpeta.

—Según el abogado que elaboró ese testamento…

Pasó una hoja.

—La señorita Natalie debía recibir el control total del fideicomiso familiar el mismo día de su graduación universitaria.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

No sabía nada de eso.

El abogado había mantenido el documento sellado por petición expresa de mi madre.

El oficial levantó finalmente la vista.

—Y el patrimonio actual del fideicomiso supera los cuarenta y dos millones de dólares.

Toda la habitación quedó inmóvil.

Mi padre miró lentamente a Diane.

Después al sobre recuperado.

Y comprendió, al mismo tiempo que todos nosotros, que el golpe en la fiesta quizá nunca tuvo que ver con mi compromiso.

Tal vez había sido un intento desesperado por impedir que yo descubriera lo que mi madre había dejado preparado para mí desde hacía más de una década.

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