PARTE 2: ANTES DEL VIERNES

Grace retrocedió hasta chocar contra la mesa.

—Dios mío…

Levanté un dedo hacia mis labios.

—No grites.

Su rostro perdió el color.

—Usted está despierto.

—Desde la ambulancia.

Miró hacia la puerta.

—Entonces escuchó todo.

—Casi todo.

Intenté incorporarme y el dolor me obligó a detenerme.

Grace corrió a ayudarme.

—No debería moverse.

—Tampoco debería estar vivo, según mi prometida.

—¿Por qué finge?

La observé.

—Porque alguien manipuló mi coche y necesito saber quién se beneficia.

Grace tardó varios segundos en responder.

—Entonces necesita saber qué ocurre el viernes.

Eso captó toda mi atención.

—Habla.

—Ayer limpié su despacho. Veronica estaba allí con Anthony y el señor Kaplan, su abogado.

Kaplan.

El hombre que llevaba diecisiete años gestionando mis asuntos.

—¿Qué dijeron?

—Que faltaba una firma.

—¿Mía?

—No lo sé. Pero Anthony dijo: “Si llega vivo al viernes, necesitamos otra vía.”

Sentí que el aire se volvía más frío.

—¿Algo más?

Grace asintió.

—Mencionaron Meridian.

Conocía ese nombre.

Moretti Meridian Holdings.

Una sociedad que controlaba mis inversiones legítimas: edificios, hoteles, logística y participaciones empresariales.

Nada criminal.

Todo perfectamente documentado.

—¿Qué dijeron exactamente?

—Que el viernes se desbloqueaba una opción de compra.

Eso no tenía sentido.

Yo no había autorizado ninguna venta.

—Grace, escucha con cuidado. En el cajón inferior de mi mesita hay un teléfono.

Lo encontró.

No llamé a hombres armados.

Llamé a la única persona cuya lealtad no dependía de mi apellido.

Elena Rossi.

Mi auditora forense.

—Dominic.

—Estoy despierto.

Silencio.

—¿Quién más lo sabe?

—Mi médico. Ahora Grace.

—Manténgalo así.

—Investiga Meridian. Especialmente cualquier operación prevista para el viernes.

Veintisiete minutos después llamó.

Su voz había cambiado.

—Encontré algo.

—Dime.

—Hay una opción para adquirir el treinta y uno por ciento de Meridian por una cifra muy inferior a su valoración actual.

—¿Comprador?

—Hale Capital Partners.

Cerré los ojos.

Hale.

El apellido de Veronica.

—¿Ella controla la empresa?

—Su padre figura como presidente.

Grace se llevó una mano a la boca.

—¿Quién autorizó la opción?

Elena tardó demasiado en contestar.

—Supuestamente usted.

—No.

—Eso imaginé.

La autorización había sido presentada tres meses antes.

Mi firma parecía auténtica.

Pero yo estaba en Roma ese día.

El documento afirmaba haber sido firmado personalmente en Manhattan.

—¿Qué ocurre el viernes?

—La opción vence. Pero hay una cláusula especial.

—¿Cuál?

—Si usted muere antes del vencimiento, el administrador provisional de su patrimonio puede ejecutar la operación inmediatamente para “preservar liquidez”.

Ahora entendía las palabras de Veronica.

El dinero se mueve más rápido cuando dejas de respirar.

—¿Quién sería administrador provisional?

Elena respiró.

—Kaplan.

Mi propio abogado.

Me quedé mirando el techo.

Tres nombres.

Veronica.

Anthony.

Kaplan.

Pero todavía no tenía pruebas de que alguno hubiera tocado los frenos.

—Quiero que preservemos todo —dije—. Correos, documentos, versiones anteriores, accesos. Y avisa a las autoridades que ya investigan el accidente si encuentras algo relacionado con el coche.

No iba a convertir una sospecha en una sentencia.

Nico había muerto.

Le debía hechos, no rabia.

Grace señaló los lirios.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Veronica nunca trae esas flores.

Fruncí el ceño.

—Las entrega siempre el mismo hombre.

—¿Florista?

—No.

Grace sacó discretamente de su bolsillo un recibo arrugado.

—Se le cayó ayer.

Era un comprobante de estacionamiento del hospital.

Nombre:

Nicholas Caruso.

Conocía a Caruso.

Había sido jefe de seguridad de mi padre.

Lo despedí hacía cinco años después de descubrir que vendía información privada.

—¿Lo viste aquí?

—Dos veces.

—¿Hablando con Veronica?

Grace negó.

—Con Anthony.

Eso complicaba todo.

Entonces llamaron a la puerta.

Grace escondió el recibo.

Yo cerré los ojos.

Entró Veronica.

Anthony venía detrás.

—¿Estamos solos? —preguntó él.

—Sí —respondió Veronica.

Se acercaron a mi cama.

Anthony dejó una carpeta sobre la mesa.

—Kaplan dice que podemos adelantarlo.

—¿Sin esperar al viernes?

—Si conseguimos que el médico cambie el pronóstico.

Sentí a Grace inmóvil al otro lado de la habitación.

Veronica soltó una risa baja.

—Entonces convéncelo.

—No será necesario.

La voz vino desde la puerta.

Mi médico privado, doctor Samuel Pierce, acababa de entrar.

—Acabo de actualizar el expediente de Dominic.

Mi sangre se heló.

Anthony sonrió.

—¿Y?

Pierce miró mi cuerpo aparentemente inconsciente.

—He registrado un deterioro significativo.

Veronica tomó mi mano.

—Pobre Dominic.

Entonces Pierce añadió:

—Con eso, Kaplan tendrá exactamente el documento que necesita.

La puerta volvió a cerrarse.

Esperé hasta que todos se marcharon.

Abrí los ojos.

Grace parecía aterrada.

Yo solo tenía una pregunta.

—¿Por qué Pierce acaba de traicionarme?

Ella negó lentamente.

—Tal vez no lo hizo.

Sacó su teléfono y me mostró una fotografía tomada aquella mañana.

Pierce aparecía en el estacionamiento entregándole un sobre a un hombre.

Nicholas Caruso.

Pero al ampliar la imagen vi algo escrito en el frente.

No era el nombre de Caruso.

Era el de Nico, mi chofer muerto.

Y debajo había una frase:

“Entregar a Dominic únicamente si despierta antes del viernes.”

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