PARTE 2: La cámara del hospital

El pasillo quedó en silencio.

Raymond miraba a Giselle como si no reconociera a la mujer con la que pensaba casarse al día siguiente.

—¿La empujaste? —preguntó con la voz quebrada.

—Fue un accidente… ella perdió el equilibrio.

La doctora Nora negó lentamente.

—Las cámaras de seguridad ya fueron entregadas a la policía.

Giselle perdió el color.

—¿Qué cámaras?

—Las de la entrada principal.

Un oficial apareció al final del pasillo acompañado por una enfermera.

—Señorita Giselle Carter, necesitamos que nos acompañe para tomar su declaración.

Ella retrocedió.

—¡Yo no hice nada!

El policía abrió una carpeta.

—El video muestra que usted empujó deliberadamente a la señora Palmer cuando estaba embarazada de treinta y tres semanas.

Raymond sintió que las piernas le fallaban.

—¿Es verdad?

Giselle intentó tomarle la mano.

—Lo hice por nosotros… ella seguía apareciendo.

Él la apartó de inmediato.

—¡Pudiste matar a mi hijo!

El llanto de Hayden rompió el silencio.

Lo abracé con más fuerza mientras la enfermera lo calmaba.

Raymond dio un paso hacia nosotros.

—Serena… déjame verlo.

Lo miré unos segundos.

—Ahora sí quieres conocerlo.

Bajó la cabeza.

No encontró una sola excusa.

Solo culpa.

Entonces saqué mi teléfono.

—¿Recuerdas los tres mensajes que nunca respondiste?

Reproduje los audios enviados meses atrás.

“Raymond… el bebé está creciendo bien. Ojalá algún día quieras conocerlo.”

“El médico dice que el embarazo es de alto riesgo. Tengo miedo.”

“Por favor… solo llámame.”

Después sonó una cuarta grabación.

La voz no era mía.

Era la de Giselle.

“Bloquea su número. Si descubre que el bebé es tuyo, nunca se casará contigo.”

Raymond cerró los ojos.

Toda la verdad cayó sobre él de golpe.

No solo había perdido el nacimiento de su hijo.

Había permitido que otra persona decidiera por él durante meses.

El policía tomó a Giselle del brazo.

—La boda tendrá que esperar.

Ella comenzó a llorar.

—¡Raymond, di algo!

Él permaneció inmóvil.

Ni siquiera la miró.

Observaba únicamente al pequeño Hayden dormido en mis brazos.

Con lágrimas que ya no podía contener.

Y comprendió demasiado tarde que cancelar una boda era el menor de sus problemas.

Porque recuperar cinco meses de abandono… era algo que ningún dinero podría comprar.

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