La puerta principal se cerró con un golpe seco.
Clara volvió a guardar la caja exactamente donde la había encontrado.
Acomodó los trajes de Daniel uno por uno.
Respiró hondo.
Y salió del vestidor apenas un segundo antes de escuchar pasos subiendo las escaleras.
—¿Clara? —llamó Daniel con naturalidad.
Ella apareció en el pasillo sosteniendo una cesta de ropa doblada.
—¿Ya volviste?
—Sí.
La besó en la frente.
—¿Todo bien?
—Todo bien.
Sonrió.
La misma sonrisa tranquila que él llevaba usando durante treinta y dos años.
Ahora ambos fingían.
El hombre que entró detrás de Daniel tenía unos sesenta años, cabello gris perfectamente peinado y un maletín de cuero negro.
—Clara, qué gusto verte otra vez.
Ella lo reconoció enseguida.
—Señor Holloway… ¿usted?
Era el notario de la familia desde hacía más de veinte años.
Daniel respondió antes que él.
—Necesitamos firmar unos documentos relacionados con la reorganización del patrimonio.
Clara sostuvo su taza de té con absoluta calma.
—¿Hoy?
—Solo tomará unos minutos.
El notario evitó mirarla directamente.
Aquello confirmó todas sus sospechas.
Se sentaron en el despacho.
Daniel abrió una carpeta azul.
—Son trámites rutinarios.
Clara tomó las primeras hojas.
No leyó.
Las pasó lentamente.
Después levantó la vista.
—¿Qué estoy firmando exactamente?
Daniel sonrió.
—Actualizaciones fiscales.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Qué curioso.
Él frunció el ceño.
—¿Qué tiene de curioso?
—Anoche escuché que alguien decía que, una vez que yo firmara… ya no habría nada que pudiera hacer.
El despacho quedó completamente en silencio.
El color desapareció del rostro del notario.
Daniel tardó varios segundos en responder.
—Debiste haber soñado.
Clara sostuvo su mirada.
—No estaba soñando.
Daniel recuperó rápidamente la compostura.
—Estás muy sensible últimamente.
—Puede ser.
Ella cerró la carpeta.
—Por eso prefiero leer todo antes de firmar.
El notario carraspeó con evidente incomodidad.
Daniel perdió por primera vez la paciencia.
—¿Desde cuándo desconfías de mí?
Clara respondió con serenidad.
—Desde las dos y tres de la madrugada del jueves.
Nadie habló.
Daniel comprendió que ella había escuchado la conversación.
Se apoyó lentamente sobre el escritorio.
—Clara…
—No.
Ella levantó una mano.
—Ahora hablo yo.
Abrió su bolso.
Sacó varias hojas.
Las dejó sobre la mesa.
—Estos son los estados de cuenta de mis regalías.
Luego colocó otro grupo de documentos.
—Aquí están las transferencias realizadas desde mis cuentas hacia las tuyas durante los últimos doce años.
Después apareció una tercera carpeta.
—Y aquí está el nuevo testamento escondido detrás de tus trajes.
El notario cerró los ojos.
Daniel permanecía inmóvil.
—Explícamelo.
Su voz seguía siendo tranquila.
—Explícame por qué en el testamento de hace seis meses aparecía mi nombre como heredera del cincuenta por ciento.
Sacó otra copia.
—Y en este desapareció completamente.
Daniel tragó saliva.
—Era una versión de trabajo.
Clara negó despacio.
—No.
Señaló la última página.
—Está firmada.
Sellada.
Y protocolizada.
El notario bajó la cabeza.
No podía negarlo.
Entonces Clara abrió la caja metálica que había llevado consigo.
Dentro aún quedaba un sobre que no había revisado.
Lo abrió allí mismo.
Sacó varias fotografías.
Las miró.
Después levantó lentamente la vista hacia Daniel.
—Ahora entiendo.
Él dejó de respirar.
En las imágenes aparecía Daniel abrazando a una mujer mucho más joven.
No era una fotografía reciente.
La fecha impresa en el reverso decía:
14 de septiembre, hace dieciséis años.
Cuatro años antes de que él conociera oficialmente a Clara.
Pero la última fotografía tenía apenas tres semanas.
La misma mujer.
El mismo abrazo.
Los mismos gestos.
Solo habían pasado los años.
—¿Quién es? —preguntó Clara.
Daniel permaneció completamente inmóvil.
Fue el notario quien respondió con voz apenas audible.
—Es… la señora Evelyn Brooks.
Clara esperó.
El hombre respiró profundamente.
—Legalmente…
Hizo una pausa.
—Nunca dejaron de estar casados.
El mundo pareció detenerse.
Clara sintió que el aire abandonaba lentamente sus pulmones.
Miró a Daniel.
—¿Qué acabas de decir?
El notario cerró la carpeta con manos temblorosas.
—Su matrimonio con la señora Evelyn nunca fue disuelto legalmente.
Un silencio insoportable llenó el despacho.
Clara comprendió, en un solo instante, que el problema ya no era un testamento manipulado.
Ni el dinero.

Ni las regalías.
Si aquello era cierto…
Durante treinta y dos años ella no había sido la esposa de Daniel.
Había sido, legalmente, la otra mujer… sin saberlo.