PARTE 2: EL HOMBRE QUE LA OBLIGÓ A DESAPARECER

Lucía reconoció primero el bastón.

Madera oscura.

Empuñadura plateada.

Después vio al hombre que acababa de atravesar las puertas del salón.

Sebastian Cole.

El padre de Adrian.

El hombre que, según todas las noticias de los últimos años, vivía retirado en Suiza por problemas de salud.

El mismo hombre que siete años atrás había entrado en la habitación de Lucía y colocado sobre la mesa fotografías de Adrian trabajando en el puerto.

—Si te casas con él —le había dicho—, mi hijo no llegará vivo al altar.

Lucía retrocedió.

Adrian siguió su mirada.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué hace él aquí?

Sebastian sonrió desde la distancia.

—Parece que tu padre también invierte en la película —susurró Lucía.

—No.

Adrian guardó el anillo.

—Hace cinco años que no tiene participación en ninguna de mis empresas.

Sebastian se acercó.

—Lucía Hale.

Pronunció su nombre como si nunca hubieran compartido un secreto.

—Cuánto tiempo.

Adrian miró de uno a otro.

—¿Ustedes se conocen?

Lucía sintió que la garganta se cerraba.

Sebastian respondió antes.

—La conocí cuando salía contigo.

Mentira.

Habían hablado durante horas aquella última noche.

Sebastian sabía exactamente por qué ella había desaparecido.

—Papá —dijo Adrian—, ¿por qué estás aquí?

—Vine por negocios.

—¿Qué negocios?

Sebastian miró a Lucía.

—Los mismos que me trajeron aquí hace siete años.

Aquello fue una advertencia.

Lucía lo entendió.

Adrian también notó algo.

—¿Qué ocurrió hace siete años?

—Nada importante.

Sebastian siguió caminando.

Cuando pasó junto a Lucía, murmuró:

—Algunas promesas deberían respetarse.

Adrian lo oyó.

Lo sujetó del brazo.

—¿Qué promesa?

Sebastian sonrió.

—Pregúntale a tu exnovia.

Lucía sintió que todo se derrumbaba.

Adrian la llevó a una sala privada del hotel.

—Habla.

—Adrian…

—Siete años creyendo que te despertaste una mañana y decidiste que no me querías.

Lucía cerró los ojos.

—Nunca dejé de quererte.

El silencio cambió.

La rabia desapareció momentáneamente de su rostro.

—Entonces ¿por qué?

Lucía abrió el bolso.

Durante siete años había llevado consigo una fotografía doblada.

La puso sobre la mesa.

Adrian aparecía saliendo del puerto.

En la esquina había una fecha.

Tres días antes de la boda.

En el reverso, una frase escrita a mano:

“Una boda puede cancelarse. Un funeral no.”

Adrian palideció.

—¿Quién te dio esto?

—Tu padre.

Lucía le contó todo.

Las amenazas.

Las fotografías.

La advertencia de que Sebastian controlaba las deudas de Adrian y conocía cada lugar al que iba.

Y finalmente, el trato.

Lucía debía desaparecer.

Sin despedida.

Sin llamadas.

Sin explicaciones.

A cambio, Sebastian dejaría a Adrian marcharse de Saint Maren y cancelaría una deuda que podía destruirlo.

—¿Y le creíste?

—Tenía pruebas.

—¿Qué pruebas?

Lucía sacó una segunda fotografía.

Un automóvil destrozado.

El vehículo pertenecía a Daniel Ross, amigo de Adrian.

Dos semanas antes, Daniel había ayudado a Adrian a enfrentarse a su padre.

Después ocurrió aquel “accidente”.

—Me dijo que tú serías el siguiente.

Adrian permaneció inmóvil.

Luego golpeó la mesa con la palma.

—¡Debiste decírmelo!

—¿Cómo? Tu teléfono estaba intervenido. Dos hombres me seguían. Sebastian sabía dónde vivía mi madre.

Adrian respiraba con dificultad.

—¿Por qué nunca regresaste después?

Aquella era la pregunta que Lucía más temía.

—Porque seis meses después descubrí que Sebastian todavía me vigilaba.

—¿Durante siete años?

—No.

Lucía negó lentamente.

—Durante cuatro.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué cambió hace tres años?

—Recibí una carta diciendo que el acuerdo había terminado.

—¿De quién?

—De Sebastian.

Adrian se quedó mirándola.

—Entonces pudiste buscarme.

Lucía bajó la mirada.

—Sí.

—Pero no lo hiciste.

—Porque para entonces tú ya habías construido otra vida.

—Nunca me casé.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué vida?

Lucía no respondió.

Adrian comprendió que todavía ocultaba algo.

—¿Qué pasó, Lucía?

Antes de que pudiera contestar, alguien llamó a la puerta.

Era Noah.

—Perdón, pero tenemos un problema con el contrato de Lucía.

Adrian se volvió.

—¿Qué problema?

Noah sostenía una carpeta.

—Su contratación fue solicitada personalmente por uno de los inversionistas.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Noah dejó el documento sobre la mesa.

La productora había recibido meses atrás una condición extraordinaria: Lucía Hale debía protagonizar la película.

Sin ella, parte de la financiación desaparecería.

Adrian leyó la firma.

Sebastian Cole.

—Él te trajo aquí —dijo.

Lucía sintió que el aire se volvía pesado.

Aquello significaba que su encuentro con Adrian nunca había sido accidental.

Sebastian los había reunido.

Pero ¿por qué?

Adrian llamó inmediatamente a su equipo legal.

Una hora después descubrieron algo todavía más extraño.

Sebastian había comprado discretamente varias propiedades antiguas de Saint Maren.

Entre ellas estaba la casa deteriorada junto al acantilado donde Adrian había vivido cuando conoció a Lucía.

—¿Por qué compraría esa casa? —preguntó Adrian.

Lucía sintió que algo encajaba.

—Porque busca algo.

Fueron allí esa misma noche.

La casa estaba abandonada.

El viento entraba por las ventanas.

Adrian encendió las luces mientras Lucía caminaba hacia el antiguo dormitorio.

Todo parecía más pequeño.

Excepto los recuerdos.

Entonces vio una tabla diferente bajo el armario.

—Adrian.

La levantaron.

Debajo había una caja metálica.

Dentro encontraron documentos antiguos, una llave y una grabadora.

Adrian pulsó reproducir.

La voz de una mujer llenó la habitación.

Su madre.

La madre de Adrian había muerto cuando él tenía doce años.

—Si Adrian escucha esto algún día, significa que Sebastian encontró los documentos.

Adrian dejó de respirar.

La grabación continuó.

Su madre hablaba de cuentas ocultas, propiedades y una investigación que había iniciado en secreto.

Después dijo un nombre.

Hale.

Lucía sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—¿Por qué menciona a mi familia?

Adrian abrió uno de los sobres.

Dentro había una fotografía.

Su madre aparecía junto a una mujer joven.

Lucía la reconoció inmediatamente.

—Es mi madre.

En el reverso había una fecha de hacía veintiséis años.

Y una frase:

“Si algo me ocurre, Elena Hale protegerá al verdadero heredero.”

Adrian la leyó dos veces.

—¿Qué heredero?

Lucía abrió el último documento.

Era una copia antigua de un acta de nacimiento.

El nombre del niño era Adrian Cole.

Pero en la línea correspondiente al padre había una corrección manuscrita acompañada por una firma notarial.

Sebastian Cole no figuraba allí.

Adrian se quedó completamente inmóvil.

Entonces una voz surgió desde la puerta.

—Ahora entiendes por qué nunca pude permitir que te casaras con una Hale.

Sebastian estaba detrás de ellos.

Y esta vez no sonreía.

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