Ethan pasó aquella noche mirando el techo.
A las doce, Liam regresó al dormitorio.
A las doce y tres, comenzó a silbar.
Ethan cerró los ojos.
—Deja de hacer eso.
—¿Hacer qué?
—Parecer feliz.
Liam soltó una carcajada.
—¿Ahora mi felicidad te molesta?
—Solo cuando hace ruido.
Liam dejó las llaves sobre el escritorio.
—Valeria me contó lo que pasó.
Ethan se incorporó de golpe.
—¿Qué te contó?
—Que empezaste a darle un discurso sobre superar el rechazo.
Silencio.
Liam comenzó a reír.
—No tiene gracia.
—Pensabas que iba a confesarse.
—No.
—Ethan.
—Estaba practicando habilidades sociales.
—Durante tres minutos.
—Soy minucioso.
Liam se dejó caer sobre la cama.
—Te creíste irresistible.
Ethan le lanzó una almohada.
Pero cuando apagaron las luces, Liam dijo:
—Por cierto, volveré a salir con ella el viernes.
Ethan apretó la mandíbula.
—No me interesa.
Le interesaba muchísimo.
El viernes descubrió que Liam había reservado mesa en un pequeño restaurante italiano cerca del campus.
Información que Ethan obtuvo accidentalmente.
Preguntándole directamente a Liam.
Tres veces.
A las siete y cuarto estaba sentado en la biblioteca intentando estudiar.
A las siete y dieciséis llevaba diez minutos leyendo la misma línea.
A las siete y veinte cerró el libro.
Aquello era absurdo.
Valeria podía salir con quien quisiera.
Liam era su mejor amigo.
Debía alegrarse.
A las siete y treinta estaba entrando en el restaurante.
Se detuvo horrorizado consigo mismo.
¿Qué demonios hacía allí?
Entonces vio a Valeria.
Estaba sola.
Miraba el teléfono.
Pasaron diez minutos.
Después veinte.
Liam no apareció.
Ethan se acercó.
—¿Te dejó plantada?
Valeria levantó la cabeza.
—¿Qué haces aquí?
—Tenía hambre.
Miró alrededor.
—¿Y casualmente elegiste este restaurante?
—Tiene buenas reseñas.
—Odias la comida italiana.
—He cambiado.
Valeria sonrió.
—¿Me estás vigilando?
—Eso sería ridículo.
Su teléfono vibró.
La sonrisa desapareció.
—Liam canceló.
Ethan sintió una satisfacción inmediata.
Y después culpa por sentirla.
—¿Por qué?
—Dice que surgió algo.
Valeria guardó el teléfono.
—Bueno, me voy.
—Ya estás aquí.
—¿Y?
Ethan señaló la silla.
—Podemos cenar.
Ella lo miró con sospecha.
—¿Tú y yo?
—Somos capaces de consumir alimentos en la misma mesa sin consecuencias graves.
Valeria terminó riéndose.
—Qué romántico.
—No es romántico.
—Precisamente.
Se sentó.
Y aquella cena fue un problema.
Porque Ethan descubrió que Valeria era distinta cuando no intentaba impresionar a Liam.
Hablaba demasiado cuando estaba nerviosa.
Quitaba los champiñones de cualquier plato.
Quería dirigir documentales algún día.
Tenía miedo de graduarse y descubrir que no era tan talentosa como todos suponían.
Y cuando reía de verdad, arrugaba ligeramente la nariz.
Ethan regresó al dormitorio con una certeza incómoda.
Le gustaba.
Muchísimo.
Liam estaba despierto.
—¿Buena cena?
Ethan se detuvo.
—¿Cómo sabes dónde estuve?
—Valeria me escribió.
—Claro.
—Dijo que apareciste “casualmente”.
Ethan dejó la chaqueta.
—¿Por qué cancelaste?
Liam lo observó.
—Quería comprobar algo.
—¿Qué?
—A ti.
Ethan frunció el ceño.
Liam sonrió.
—Sabía que irías.
—No sabes nada.
—Llevas semanas contando cuántas veces dice mi nombre.
Ethan se quedó callado.
—Eso no demuestra nada.
—Fallaste tres tiros porque ella me estaba animando.
—Los sonidos repetitivos—
—Sí, sí. Terrible enfermedad.
Ethan tomó aire.
—¿Te gusta Valeria?
Esta vez Liam no bromeó.
—Es increíble.
Algo se hundió en el pecho de Ethan.
—Entiendo.
—Pero no estoy enamorado de ella.
Ethan levantó la mirada.
—¿Qué?
—Nunca lo estuve.
—Saliste con ella.
—Una vez.
—Dos.
—La segunda no ocurrió porque cancelé.
Ethan entrecerró los ojos.
—Entonces ¿por qué aceptaste?
Liam permaneció unos segundos en silencio.
—Porque quería saber si realmente estaba interesada en mí.
—¿Y?
—Lo estaba.
Aquella respuesta dolió más de lo necesario.
Liam continuó:
—Pero también descubrí otra cosa.
—¿Qué?
—Que tú estás interesado en ella.
Ethan soltó una risa seca.
—Estás delirando.
—Perfecto. Entonces no te molestará que vuelva a invitarla a salir.
—Haz lo que quieras.
—Mañana.
—Excelente.
—Quizá la bese.
Ethan giró tan rápido que Liam estalló en carcajadas.
—Idiota.
—Gracias por confirmar mi teoría.
Durante los días siguientes, Ethan evitó a ambos.
Valeria lo notó.
El miércoles lo interceptó fuera del laboratorio.
—¿Hice algo?
—No.
—Entonces ¿por qué me ignoras?
—Estoy ocupado.
—Liam dice que estás celoso.
Ethan casi dejó caer su portátil.
—Liam habla demasiado.
Valeria lo observó.
—¿Estás celoso?
—No.
—Mírame y dilo.
Ethan la miró.
Y no pudo.
Valeria dejó de sonreír.
Por primera vez, pareció comprender.
—Ethan…
—Olvídalo.
Intentó marcharse.
Ella le sujetó la manga.
—Espera.
—Te gusta Liam.
—Sí.
Una respuesta limpia.
Directa.
Ethan sintió que acababan de cerrarle una puerta en la cara.
—Entonces no hay nada que hablar.
—Dije que me gustaba.
Valeria bajó la voz.
—No dije que siguiera sintiendo exactamente lo mismo.
Ethan se quedó inmóvil.
Pero antes de que pudiera responder, Liam apareció al final del pasillo.
No estaba sonriendo.
—Valeria, necesitamos hablar.
Ella soltó la manga de Ethan.
—¿Qué ocurre?
Liam llevaba un sobre.
—Recibí esto esta mañana.
Dentro había fotografías impresas.
Valeria entrando en el dormitorio.
Valeria cenando con Ethan.
Valeria hablando con Liam.
Fotografías tomadas durante semanas desde diferentes puntos del campus.
En la última aparecía Ethan frente al restaurante italiano.
Detrás había una frase escrita:
“Deja de acercarte a los hermanos Shaw.”
Valeria palideció.
Ethan miró a Liam.
—¿Hermanos?
El pasillo quedó en silencio.
Liam cerró los ojos.
Demasiado tarde.
Ethan dio un paso hacia él.
—¿Qué acabas de decir?
Valeria los miró a ambos.
—Creía que eran compañeros de habitación.
—Lo somos —respondió Ethan lentamente—. Nos conocimos en primer año.
Liam apretó el sobre.
—Eso es lo que tú crees.
Ethan sintió un frío extraño.
—Explícate.
Liam sacó del sobre una segunda hoja.
Era una copia de dos certificados de nacimiento.
Misma fecha.
Mismo hospital.
Mismo padre.
Y dos madres diferentes.
Ethan leyó los nombres una vez.

Después otra.
Su mejor amigo de cuatro años no era simplemente Liam Hayes.
Era Liam Shaw Hayes.
Y alguien llevaba semanas vigilando a Valeria porque, sin saberlo, acababa de colocarse exactamente entre dos hermanos que jamás debieron descubrir que lo eran.