Abigail cerró la computadora.
—Respóndeme, Logan. ¿Qué le prometiste?
Él se pasó una mano por el cabello.
—Después de casarnos pensé que podríamos poner mi nombre en las escrituras.
—¿Pensaste… o ya lo habías planeado?
Bernice intervino:
—¡Es normal! Un esposo tiene derechos sobre la casa de su mujer.
Abigail volvió a abrir otra grabación.
Esta vez apareció Logan hablando por teléfono en la cocina dos noches antes.
—Después de la boda será más fácil —decía—. Abigail confía en mí. Primero consigo que firme los documentos y luego refinanciamos el departamento. Con ese dinero podemos pagar tus deudas.
Bernice sonreía desde el altavoz.
—¿Y los diez mil?
—Pídeselos. Siempre termina cediendo.
El rostro de Logan perdió todo color.
—Abigail…
Ella levantó una mano.
—No.
Sacó su teléfono.
—Esta mañana llamé a mi abogada. Ningún documento relacionado con mi propiedad podrá modificarse sin revisión legal.
Luego dejó el anillo de compromiso sobre la mesa.
Bernice dio un paso atrás.
—¿Vas a cancelar una boda por una conversación?
—No.
Abigail miró a Logan.
—La cancelo porque mi prometido planeaba utilizar mi matrimonio para quedarse con parte de mi patrimonio.
Logan intentó acercarse.
—Te amo.
—Entonces debiste protegerme de esto, no organizarlo.
Bernice comenzó a gritar que su hijo tenía derechos, que Abigail se arrepentiría y que nadie querría casarse con una mujer tan desconfiada.
Abigail abrió la puerta.
—Tus maletas están ahí. Puedes llevártelas.
Después miró las huellas de lodo.
Recogió el trapeador y se lo entregó nuevamente a Bernice.
—Y antes de irte, limpia el piso.
Bernice lo rechazó.
Abigail sonrió.
—Está bien. El servicio de limpieza se descontará de los diez mil dólares que nunca vas a recibir.
Una hora después, Logan abandonó el departamento con su madre.
La boda fue cancelada aquella misma tarde.
Y mientras Abigail cambiaba las cerraduras, comprendió algo que valía mucho más que cualquier ceremonia:

Bernice había llegado aquella mañana intentando conquistar su casa.
En realidad, le había hecho un favor.
Le había mostrado, antes de firmar un matrimonio, exactamente con qué clase de familia estaba a punto de compartir su vida.