PARTE 2: La boda que Ethan nunca pensó cancelar

No fui a buscar a Ethan.

Tampoco llamé a Vivian.

Hice algo mucho más sencillo.

Abrí nuevamente el sistema.

Si Ethan había firmado mi traslado, debía existir una justificación administrativa.

La encontré doce minutos después.

“Reestructuración operativa por necesidades estratégicas.”

Debajo aparecía mi evaluación profesional.

Excelente.

Sin sanciones.

Sin problemas de rendimiento.

Y, aun así, mi puesto había sido asignado a Vivian antes de que mi traslado fuera aprobado.

Guardé todo.

A las nueve de la mañana siguiente, Vivian llegó.

Era elegante, segura y demasiado tranquila para alguien que acababa de ocupar el escritorio de otra persona.

Ethan apareció cinco minutos después.

Cuando me vio, se detuvo.

—Elena, necesitamos hablar.

—Ahora estoy trabajando.

Vivian me observó.

—Así que tú eres Elena.

Aquella frase me llamó la atención.

No preguntó quién era.

Ya lo sabía.

—Y tú eres Vivian.

Sonrió.

—Ethan me ha hablado mucho de ti.

Él palideció.

—Vivian.

Ella ignoró la advertencia.

—Me dijo que aceptarías bien el traslado.

Miré a Ethan.

—¿También te dijo que éramos pareja?

La sonrisa de Vivian desapareció.

—¿Pareja?

Silencio.

Ethan cerró los ojos.

Entonces comprendí algo inesperado.

Vivian tampoco conocía toda la historia.

—Ethan me dijo que ustedes habían terminado hace meses —dijo.

—Anoche todavía me llamaba su novia.

Vivian retrocedió.

—Eso no puede ser.

Sacó su teléfono.

La pantalla mostraba una fotografía de un anillo.

Después una conversación.

Ethan había estado hablando de matrimonio con ella durante cuatro meses.

Mientras seguía viviendo conmigo.

Pero aquello no era lo peor.

Vivian deslizó hasta otro mensaje.

Ethan había escrito:

“Cuando Elena acepte Noroeste, tendremos vía libre para cerrar el acuerdo.”

—¿Qué acuerdo? —pregunté.

Vivian miró hacia la oficina de su padre.

Ethan intervino.

—Esto no tiene relación con ustedes.

—Entonces explícalo —dije.

No pudo.

A las once recibí una llamada del director jurídico.

Querían verme inmediatamente.

Entré esperando preguntas sobre mi traslado.

En cambio, encontré a Richard Shaw, dos abogados y la directora de Recursos Humanos.

Sobre la mesa estaba mi captura de pantalla.

—Señorita Ward —dijo uno de los abogados—, ¿usted presentó alguna denuncia?

—Todavía no.

Richard miró a Ethan.

—Entonces tenemos un problema mayor.

Me entregó una carpeta.

Mi traslado no solo liberaba mi puesto.

También me eliminaba temporalmente de un comité interno que debía votar la semana siguiente sobre un contrato de ciento ochenta millones.

Yo era una de las cinco personas con derecho a voto.

Y había informado previamente que pensaba votar en contra.

El proveedor beneficiado pertenecía parcialmente a un fondo relacionado con la familia Mercer.

Miré a Ethan.

Por primera vez parecía verdaderamente asustado.

—¿Me trasladabas por una votación?

No respondió.

Richard golpeó la mesa.

—Contesta.

Vivian entró entonces sin llamar.

Llevaba otro documento.

—Papá, encontré esto entre los archivos que Ethan me pidió firmar.

Lo dejó frente a Richard.

Era una propuesta para reorganizar el comité después de mi traslado.

Mi sustituta ya aparecía identificada.

Vivian Shaw.

Ella miró a Ethan con incredulidad.

—No querías casarte conmigo para conseguir mi puesto.

Ethan permaneció inmóvil.

Vivian señaló el documento.

—Querías casarte conmigo para conseguir el voto de mi padre.

Nadie habló.

Entonces el director jurídico pasó a la última página.

Había tres firmas previstas.

Ethan Mercer.

Richard Shaw.

Y una tercera persona.

Cuando vi el nombre, sentí que todo lo ocurrido cambiaba de significado.

Era Chloe.

La amiga en cuya casa había estado viviendo desde que abandoné a Ethan.

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