A las ocho y diecisiete de la mañana, Adrian seguía preguntando por mí.
—Vuelve a llamar.
Su asistente tragó saliva.
—Ya lo hice, señor Lockwood.
—Entonces manda a alguien a su casa.
Valeria apareció detrás de él vestida de blanco.
—Adrian, faltan cuarenta minutos.
Él se volvió hacia ella.
—Lo sé.
—Entonces olvídate de Sofía.
Por primera vez, Adrian no respondió.
Yo permanecía junto a la ventana.
Invisible.
Condenada a observar.
Entonces sonó el teléfono del asistente.
Contestó.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Adrian.
El hombre bajó lentamente el móvil.
—La policía encontró a una mujer esta mañana.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Dónde?
—En la costa.
Algo cambió en sus ojos.
—¿Qué mujer?
El asistente apenas pudo pronunciarlo.
—Creen que es Sofía.
Adrian soltó una risa breve.
—Imposible.
Nadie respondió.
—¡He dicho que es imposible!
Veinte minutos después abandonó su propia boda.
Valeria corrió detrás de él.
—¡Adrian!
Él ni siquiera se volvió.
Yo fui arrastrada con él.
El sistema no me permitía alejarme.
Cuando llegamos, había policías junto a la playa.
Adrian caminó hacia ellos.
Entonces vio la urna.
Se detuvo.
Por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre que siempre parecía tener una respuesta no pudo decir una sola palabra.
Un agente sostuvo una bolsa transparente.
Dentro estaba mi collar.
Adrian lo reconoció inmediatamente.
Me lo había regalado cinco años atrás.
—No…
Su voz se quebró.
—¿Dónde está ella?
Nadie respondió enseguida.
No hacía falta.
Adrian miró hacia la camilla cubierta.
Y finalmente comprendió.
—Sofía.
Intentó acercarse.
Un agente lo detuvo.
—Señor, necesitamos hacerle algunas preguntas.
Adrian señaló la urna.
—¿Por qué llevaba eso?
El agente consultó sus notas.
—Según la documentación encontrada, contiene los restos de una niña llamada Luna Lockwood.
Adrian palideció.
—Era mi hija.
Yo cerré los ojos.
Era.
Qué fácil resultaba decirlo ahora.
Entonces llegó Valeria.
Al ver la urna, abrazó instintivamente a Leo.
Adrian la miró.
Después miró al niño.
Y algo dentro de él pareció quebrarse.
—Luna murió para salvarlo.
Valeria retrocedió.
—Adrian…
—Yo permití que ocurriera.
—No hables aquí.
Pero ya era tarde.
El agente había escuchado.
—¿Qué quiere decir con eso?
Adrian no respondió.
Esa misma tarde la boda fue cancelada.
Pero aquello apenas fue el principio.
La policía revisó expedientes médicos.
Autorizaciones.
Transferencias.
Firmas.
Órdenes emitidas mediante contactos privados.
Y apareció algo que ni siquiera Adrian conocía.
El médico que había supervisado el tratamiento de Luna solicitó hablar con él.
Yo estaba allí cuando abrió el expediente.
—Señor Lockwood, hay algo que debe saber.
Adrian parecía haber envejecido diez años en veinticuatro horas.
—Dígamelo.
El médico colocó dos informes sobre la mesa.
—La intervención realizada a Luna nunca fue médicamente necesaria para Leo.
Adrian levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué?
Valeria dejó de respirar.
El médico continuó:
—Existía otro donante compatible.
Adrian miró a Valeria.
Ella empezó a retroceder.
—No.
—Valeria.
—Yo puedo explicarlo.
Adrian se levantó.
—¿Quién era el otro donante?
El médico deslizó el segundo documento hacia él.
Un nombre aparecía marcado.
VALERIA STONE.
El silencio fue absoluto.
Adrian miró primero el papel.
Luego a ella.
—Tú eras compatible.
Valeria comenzó a llorar.
—Tenía miedo.
—¿Y por eso elegiste a mi hija?
—¡Leo también es tu hijo!
Adrian se quedó inmóvil.
El médico frunció el ceño.
—Señora Stone…
Valeria se calló.
—Hay otra cosa.
Sacó un tercer expediente.
—Durante las pruebas previas encontramos una inconsistencia genética.
Adrian lo miró.
—¿Qué inconsistencia?
El médico tardó varios segundos en responder.
—Leo Stone no puede ser biológicamente hijo suyo.
Adrian dejó caer el informe.
Yo pensé que sentiría satisfacción.
No sentí nada.
Entonces la voz del sistema apareció después de días de silencio.
—Anfitriona.
Miré hacia ninguna parte.
—¿Qué?
—Se ha detectado una alteración en la misión.
—La misión terminó.
—No.
Frente a mí apareció una cuenta regresiva.
23:59:59.
23:59:58.
23:59:57.
—¿Qué significa eso?
La respuesta hizo que incluso mi alma pareciera detenerse.
—Significa que tu séptima vida todavía no ha terminado.
Miré a Adrian.
Él estaba de rodillas, sosteniendo el expediente de Luna mientras todo aquello que había sacrificado a su propia hija para proteger comenzaba a desmoronarse.
—Entonces, ¿qué ocurrirá cuando llegue a cero?
El sistema respondió:
—Tendrás que elegir.
—¿Entre qué?
La habitación desapareció.
Por primera vez desde el mar, sentí nuevamente el latido de un corazón.
Y escuché la última frase:
—Entre regresar al momento en que Adrian se llevó a Luna de tus brazos…
—o regresar mucho más atrás y asegurarte de que jamás llegue a conocerte.