Durante cinco segundos nadie habló.
Entonces las puertas automáticas se abrieron.
Leonardo Li entró al quirófano todavía con su traje de director.
—Termina la operación.
—¿Como qué?
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—¿Como empleada del Hospital Renacer o como la mujer que acaba de despedir?
Leonardo miró la cámara.
Finalmente comprendió la trampa que él mismo había creado.
—Retiro el despido.
—No funciona así.
El monitor cambió de ritmo.
Víctor habló inmediatamente.
—Tenemos que decidir ahora.
Leonardo apretó los dientes.
—Marco continuará.
La puerta volvió a abrirse.
Su hijo entró preparado para operar.
Miró el corazón expuesto.
Después observó mi sutura incompleta.
—Puedo hacerlo.
Me aparté.
—Adelante.
Marco tomó la pinza.
Diez segundos.
Veinte.
Una gota de sudor apareció en su frente.
—¿Dónde está el siguiente microanclaje?
Nadie respondió.
Porque mi técnica no consistía simplemente en colocar puntos.
Cada anclaje dependía del ángulo anterior, de la tensión del vaso y de una secuencia que nunca había publicado completamente.
Marco intentó continuar.
—Deténgase —ordenó Víctor.
La presión acababa de cambiar.
Leonardo palideció.
—Elena.
No respondí.
—Por favor.
Aquella palabra me sorprendió.
Nunca se la había escuchado decirme.
Entonces apareció otro hombre detrás del cristal de observación.
Gabriel Rivas.
Hijo del paciente.
Golpeó el intercomunicador.
—Doctora Jiang, ¿puede salvar a mi padre?
Lo miré.
—Sí.
—Entonces hágalo.
Leonardo intervino.
—Ella acaba de ser despedida.
Gabriel giró lentamente hacia él.
—Entonces contrátela.
—No entiende cómo funciona un hospital.
—Entiendo perfectamente cómo funciona un contrato.
Levantó su teléfono.
—Y también entiendo que mi padre eligió este hospital específicamente porque le garantizaron por escrito que Elena Jiang realizaría la fase crítica.
El rostro de Leonardo cambió.
Gabriel continuó:
—Si ella no termina esta cirugía por una decisión administrativa tomada durante el procedimiento, nuestros abogados tendrán preguntas.
Silencio.
Leonardo me miró.
—¿Qué quieres?
Me puse unos guantes nuevos.
—Ahora mismo, salvar al paciente.
Volví a la mesa.
—Después hablaremos.
Siete minutos más tarde terminé la anastomosis.
El flujo se restableció.
Los números comenzaron a estabilizarse.
Víctor soltó el aire.
—Injerto funcionando.
Nadie celebró.
Yo tampoco.
Porque todavía quedaba algo que Leonardo desconocía.
Cuando finalizamos la cirugía, Alejandro Rivas estaba estable.
Me quité los guantes.
Esta vez definitivamente.
Al salir encontré un pasillo lleno de administradores, abogados y periodistas.
Leonardo me alcanzó.
—Elena.
Seguí caminando.
—El despido queda anulado.
Me detuve.
—No.
Pareció confundido.
—¿No qué?
—No quiero que lo anule.
Saqué mi identificación del bolsillo y se la entregué.
—Acepto el despido.
Marco soltó una risa.
—¿Y adónde vas a ir?
Lo miré.
—A cualquier hospital que necesite mi técnica.
Leonardo palideció.
—Tu técnica pertenece al Renacer.
Entonces sonreí.
—Revise la patente.
Su expresión cambió.
—¿Qué patente?
Saqué una carpeta de mi bolso.
—La que registré antes de incorporarla al protocolo institucional.
Leonardo abrió la primera página.
Titular:
ELENA JIANG.
Ni Hospital Renacer.
Ni Leonardo Li.
Ni Marco.
Yo.
Pero había algo más.
—Mire la segunda página.
Leonardo obedeció.
Su rostro se quedó blanco.
—Esto no puede ser.
—Sí puede.
Meses atrás había descubierto que Marco presentó parte de mi investigación como propia para solicitar financiación internacional.
Tenía correos.
Versiones originales.
Registros de laboratorio.
Fechas.
Y firmas.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
—Porque quería saber hasta dónde llegarían.
Miré hacia las cámaras que seguían transmitiendo.
—Hoy me dieron la respuesta.
Aquella misma tarde, tres instituciones suspendieron sus proyectos conjuntos con el hospital mientras revisaban la autoría científica.
La junta convocó una reunión extraordinaria.
Leonardo fue apartado temporalmente de sus funciones.
Marco quedó bajo investigación interna.
Pensé que aquello era el final.
Hasta que Alejandro Rivas despertó.
Pidió hablar conmigo a solas.
Entré en su habitación.
Estaba débil, pero consciente.
—Doctora Jiang.
—Señor Rivas.
Me hizo una señal para acercarme.
—Hay algo que su padre adoptivo nunca le contó.
Me quedé quieta.
—¿Sobre qué?
Alejandro abrió lentamente el cajón junto a su cama.
Sacó una fotografía vieja.
Había tres jóvenes frente a una facultad de medicina.
Reconocí inmediatamente a Leonardo.
Reconocí a Alejandro.
Pero la mujer entre ambos hizo que se me congelara la sangre.
Tenía mis ojos.
Mi sonrisa.
Incluso el pequeño lunar debajo de la oreja izquierda.
—¿Quién es ella?
Alejandro me observó durante varios segundos.
—La doctora Mei Jiang.
Mi apellido.
Sentí que el suelo desaparecía.
—Mi madre murió cuando yo tenía ocho años.
—Eso fue lo que Leonardo le dijo.
Alejandro tomó mi mano.
—Pero antes de morir, su madre desarrolló la primera versión de la técnica que usted acaba de utilizar.
No pude respirar.
—¿Qué está diciendo?
Sus ojos se endurecieron.
—Que Leonardo Li no la adoptó por compasión.
Miré nuevamente la fotografía.
—Entonces ¿por qué?
Alejandro respondió:
—Porque necesitaba controlar a la única persona que algún día podría demostrar que la investigación sobre la que construyó su carrera nunca le perteneció.
Y en ese instante entendí que aquel despido no había comenzado esa mañana.
Leonardo llevaba casi veinte años intentando impedir que yo terminara el trabajo de mi madre.