PARTE 2: La boda a la que Valeria decidió llegar de todos modos

Lucía y Valeria permanecieron frente a frente, incapaces de comprender cómo Rodrigo había sostenido dos vidas durante casi dos años.

Fue Lucía quien rompió el silencio.

—Hay algo que debes saber.

Abrió una conversación en su teléfono.

Rodrigo le había prometido que después del nacimiento comprarían una casa juntos.

Incluso le había enviado fotografías.

Valeria reconoció inmediatamente la propiedad.

Era una casa en Querétaro que ella había reservado seis meses antes como inversión.

—Esa casa la estoy comprando yo.

Lucía levantó la cabeza.

—Rodrigo dijo que era suya.

Valeria comenzó a revisar los mensajes.

Entonces encontró una fotografía de un documento.

Rodrigo había enviado a Lucía una captura de la operación, asegurándole que la propiedad quedaría disponible después de “cerrar un trámite”.

Valeria entendió finalmente por qué Rodrigo había insistido tanto en casarse aquel día.

El último pago de la casa saldría de una cuenta que Valeria pensaba convertir en conjunta después de la boda.

Su teléfono volvió a sonar.

Rodrigo.

Esta vez contestó.

—¿Dónde estás?

Ni siquiera preguntó si estaba bien.

—Voy hacia San Miguel.

Rodrigo soltó el aire.

—Gracias a Dios. No vuelvas a asustarme así.

Valeria miró a Lucía.

—No te preocupes. Llegaré.

Colgó.

Lucía abrió mucho los ojos.

—¿Todavía vas a casarte con él?

—No.

Valeria tomó su maleta.

—Pero voy a llegar a mi boda.

Rafael condujo.

Durante el trayecto, Valeria llamó discretamente a Camila y le pidió una sola cosa:

que no cancelara nada.

Cuando llegaron a la hacienda, faltaban cuarenta minutos para la ceremonia.

Rodrigo apareció corriendo.

Vestía un traje azul oscuro y llevaba la sonrisa del hombre que creía haber recuperado el control.

—Por fin.

Intentó abrazarla.

Valeria retrocedió.

—Primero quiero cambiarme.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Pasa algo?

—Dentro de unos minutos lo sabrás.

Entró en la habitación donde Camila la esperaba.

No se puso el vestido de novia.

Se quitó la ropa arrugada del viaje y eligió un sencillo traje blanco que había llevado para el día siguiente.

Después hizo dos llamadas.

La primera fue para detener cualquier movimiento relacionado con la compra de la casa hasta aclarar la documentación.

La segunda fue para pedir que nadie utilizara sus cuentas o autorizaciones sin su confirmación directa.

A las cinco y veinte salió al jardín.

Los invitados guardaron silencio.

Rodrigo esperaba junto al oficiante.

Su sonrisa desapareció cuando vio que Valeria no llevaba vestido de novia.

—¿Qué significa esto?

Valeria tomó el micrófono.

—Significa que no habrá boda.

Un murmullo recorrió las mesas.

Los padres de Rodrigo se levantaron.

—Valeria —dijo él entre dientes—, no hagas una escena.

Ella casi sonrió.

—Curioso. Esta mañana dijiste que no había otra opción que convertirme en tu esposa.

Entonces las puertas del jardín se abrieron.

Rafael entró primero.

Lucía apareció detrás.

Rodrigo perdió el color.

—¿Qué hace ella aquí?

Valeria lo miró.

—Yo podría preguntarte lo mismo sobre sus tenis en su departamento.

Lucía se acercó.

—Me dijiste que estabas en una reunión.

Rodrigo miró alrededor buscando una salida.

—Puedo explicarlo.

—Perfecto —respondió Valeria—. Explícanos a las dos.

Pero Lucía sacó su teléfono.

—Antes quiero enseñarte algo, Valeria.

Había encontrado otro mensaje mientras viajaban.

No era de Rodrigo.

Procedía de un número desconocido.

Había llegado cuatro días antes.

“Si Rodrigo se casa el sábado, no firmes ningún documento que te entregue después. Él no está organizando una boda. Está cerrando una operación.”

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Quién te envió esto?

—No lo sé.

Entonces Camila apareció desde la casa.

Llevaba un sobre.

—Valeria, esto llegó para ti ayer. Rodrigo me dijo que eran documentos para después de la ceremonia y que no debía molestarte con ellos.

Valeria abrió el sobre.

Esperaba encontrar papeles relacionados con la casa.

No fue así.

En la primera página aparecía el nombre de una empresa que nunca había visto.

En la segunda, una lista de activos.

Y en la tercera estaba su propia firma.

Una firma que ella jamás había puesto.

Rodrigo dio un paso hacia ella.

—Dame eso.

Valeria retrocedió.

Por primera vez, Lucía también pareció comprender que la infidelidad no era el secreto más peligroso de Rodrigo.

Camila tomó la última hoja que había caído al suelo.

La leyó.

Luego miró a Valeria.

—Hay una fecha de ejecución.

—¿Cuándo?

Camila tragó saliva.

—Hoy.

Valeria tomó el documento.

La hora indicada era las seis de la tarde.

Faltaban veintisiete minutos.

Y debajo aparecía una condición escrita con absoluta claridad:

la operación solo podía completarse después de que Valeria Hernández y Rodrigo Serrano estuvieran legalmente casados.

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