—No la toque —dijo Marisol.
Su voz no fue alta.
Pero en la sala de seguridad, a mí me pareció un trueno.
Chloe retiró la mano y soltó una sonrisa helada.
—¿Y tú qué vas a hacer? ¿Llamar a Alexander? Está en Toronto.
Marisol no respondió.
Solo tomó el conejo de peluche del estante y se lo devolvió a Sofía.
Mi hija lo abrazó contra el pecho.
Valeria se puso delante de ella.
Nueve años.
Y ya sabía cómo proteger a su hermana.
Sentí una vergüenza tan profunda que apenas podía respirar.
No porque Chloe fuera cruel.
Sino porque yo había dejado que mis hijas aprendieran a tener miedo dentro de su propia casa.
—Héctor —dije.
Mi jefe de seguridad giró hacia mí.
—Sí, señor Vance.
—Llama al abogado de familia.
También quiero una especialista infantil y dos agentes de seguridad en la entrada principal.
Héctor no hizo preguntas.
No las necesitaba.
Yo seguí mirando las pantallas.
Chloe cruzó los brazos.
—Escuchen bien, niñas. Cuando su padre se case conmigo, Marisol se irá.
Y entonces nadie va a poder salvarlas de mí.
El silencio que siguió fue insoportable.
Sofía escondió el rostro en el vestido de Marisol.
Valeria levantó la mirada.
Su voz salió muy baja.
—Mi papá no dejaría que hicieras eso.
Chloe se inclinó hacia ella.
—Tu padre cree todo lo que le digo.
Aquella frase fue peor que cualquier acusación contra Marisol.
Porque era verdad.
Yo había escuchado a Chloe insinuar que la mujer que cuidó a mis hijas era peligrosa.
Y en vez de preguntarles a Valeria y Sofía qué sentían, había dejado que la duda creciera.
Apagué el monitor.
No necesitaba ver más.
Veinte minutos después entré por la puerta principal.
No hice ruido.
Pero Chloe me vio antes de que pudiera hablar.
El color abandonó su rostro.
—Alexander… tú estabas en Canadá.
—No.
Mis hijas corrieron hacia mí.
Las abracé a las dos.
Sofía apretaba su conejo.
Valeria no lloraba, pero le temblaban las manos.
—Lo siento —les susurré—. Debí haber estado aquí.
Chloe intentó acercarse.
—Cariño, esto no es lo que parece.
Levanté una mano.
—No vuelvas a llamarme así.
Héctor entró detrás de mí con dos agentes.
Marisol permaneció en silencio junto a las niñas.
Yo la miré.
—Gracias por protegerlas cuando yo no lo hice.
Ella bajó los ojos.
—Solo son unas niñas, señor.
No.
Eran mis hijas.
Y yo acababa de entender cuánto había fallado.
Chloe recogió su bolso con manos temblorosas.
—No puedes echarme sin pruebas.
Héctor dejó una tableta sobre la mesa.
En la pantalla aparecían las grabaciones.
Su rostro cambió.
Pero entonces sonrió.
Una sonrisa pequeña y peligrosa.
—Tienes razón, Alexander.
Las cámaras muestran mucho.
Incluso muestran quién entró a la oficina de tu difunta esposa la noche antes de que ella muriera.
¿Sabía Chloe algo sobre la muerte de mi esposa? 👇