PARTE 2: La verdad que Julian descubrió cuando ya no podía recuperarme

Julian permaneció frente a la cama vacía de Laura con el teléfono entre las manos.

Por primera vez, sus llamadas no podían comprar una solución.

—¿A qué hora murió? —preguntó.

La enfermera consultó el expediente.

—A las tres y diecisiete de la madrugada.

Julian abrió nuestra conversación.

A las tres y doce yo lo había llamado por decimocuarta vez.

Cinco minutos antes de que Laura muriera.

Él no había contestado.

Pero alguien sí había utilizado su teléfono.

A las tres y trece aparecía una llamada rechazada manualmente.

Julian levantó lentamente la cabeza.

—Yo estaba dormido a esa hora.

La enfermera no respondió.

Él llamó a Olivia.

Ella contestó inmediatamente.

—Julian, por fin. Llevo toda la mañana intentando localizarte.

—¿Tenías mi teléfono anoche?

Silencio.

—¿Qué?

—Contesta.

—Solo durante un rato. Estabas cansado.

—Emma llamó catorce veces.

Olivia tardó demasiado en responder.

—Pensé que estaba haciendo otra escena.

Julian cerró los ojos.

—Laura murió.

Esta vez Olivia no dijo nada.

Julian colgó.

Entonces recibió otro correo.

No era mío.

Era del consejo de administración.

Reunión extraordinaria. Asistencia obligatoria.

Las pruebas que había enviado antes de marcharme ya habían empezado a circular.

No eran únicamente mensajes.

Había correos donde Olivia reconocía haber recibido la documentación médica.

Registros de solicitudes rechazadas.

Y el mensaje de Julian autorizando personalmente que no se liberara el dinero hasta que yo “aprendiera a comportarme”.

A las once, Julian entró en la sala del consejo.

Nadie le ofreció café.

Nadie hizo bromas.

El presidente independiente colocó una carpeta delante de él.

—¿Es auténtico este mensaje?

Julian lo leyó.

No pudo negarlo.

—Era un asunto familiar.

—Utilizó mecanismos financieros vinculados a su oficina para controlar gastos médicos privados y después dejó constancia escrita de ello.

—Yo no sabía que ella podía morir.

Una mujer al otro extremo de la mesa respondió:

—Eso no cambia lo que escribió.

Por primera vez, Julian comprendió que aquello no podía arreglarse enviándome dinero.

Cuando salió de la reunión, Leo, su abogado, lo esperaba.

—Tenemos otro problema.

—¿Qué más?

—Emma presentó la demanda correctamente. Y no está solicitando dinero.

—Ya lo sé.

—Eso es precisamente lo extraño.

Leo abrió una carpeta.

—Renunció incluso a determinados bienes sobre los que podría haber planteado reclamaciones. Solo pidió terminar legalmente el matrimonio.

Julian apretó la mandíbula.

—Entonces quiere castigarme.

—No.

Leo lo miró fijamente.

—Creo que quiere que no quede absolutamente nada que la obligue a volver a hablar contigo.

Aquello le dolió más que cualquier demanda.

Julian regresó al hospital.

Necesitaba encontrar alguna pista sobre dónde estaba yo.

En recepción preguntó si había dejado una dirección para los documentos de Laura.

La administrativa revisó el sistema.

Su expresión cambió.

—Hay una nota, pero no puedo proporcionarle información privada.

—Soy su marido.

—De Emma, sí. No de Laura.

Julian golpeó suavemente la mesa con la palma.

—¡Necesito encontrar a mi esposa!

Entonces una médica que pasaba por allí se detuvo.

—¿Señor Blackwood?

—Sí.

—Soy la doctora que atendió a Emma esta mañana.

Julian se quedó inmóvil.

—¿Emma estuvo aquí?

—Antes de marcharse.

La médica sostuvo su mirada.

—Hay información personal que no puedo compartir sin autorización.

Julian respiró hondo.

—¿Estaba enferma?

La doctora no respondió directamente.

Pero su silencio fue suficiente.

Julian miró hacia mi expediente cerrado.

Luego hacia la fecha.

Y finalmente recordó mis palabras.

“No voy a permitir que uses a otro ser humano para mantenerme a tu lado.”

Su rostro perdió el color.

—El bebé…

La médica mantuvo la voz serena.

—Cualquier información sobre la atención médica de Emma pertenece a Emma.

Julian retrocedió un paso.

Por fin comprendió que ni siquiera tenía derecho a exigir aquella respuesta.

Su teléfono vibró.

Olivia.

No contestó.

Volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje.

“Julian, necesito hablar contigo antes de que revisen las transferencias. Emma encontró algo que no debía encontrar.”

Frunció el ceño.

¿Transferencias?

Me había marchado convencida de que Olivia simplemente había olvidado el depósito y que Julian después había respaldado su crueldad.

Pero había descubierto algo más antes de subir al avión.

Algo que todavía no había enviado a la prensa.

Julian llamó inmediatamente a su director financiero.

—Quiero todos los movimientos relacionados con los pagos médicos de Laura.

Media hora después recibió el informe.

Lo abrió en el coche.

El depósito de trescientos mil dólares sí había sido autorizado inicialmente.

El dinero incluso había salido de una cuenta de Blackwood Industries.

Pero nunca llegó al hospital.

Había sido redirigido.

Julian siguió la operación hasta la cuenta receptora.

No pertenecía a Olivia.

Era una sociedad que reconoció inmediatamente.

Una empresa creada años atrás por su propio padre.

Y junto a la transferencia aparecía una autorización electrónica que hizo que Julian dejara caer el teléfono sobre el asiento.

Porque no llevaba la firma de Olivia.

Llevaba la suya.

Solo había un problema.

A la hora exacta en que aquella autorización fue emitida, Julian estaba pronunciando un discurso ante cuatrocientas personas.

Entonces recibió mi último correo programado.

Solo contenía una frase:

“Cuando descubras quién utilizó tu nombre para quedarse con el dinero de Laura, entenderás por qué Olivia nunca actuó sola.”

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