Valeria fue la primera en reaccionar.
—Fue un accidente.
Miré la silla volcada.
—Me ordenaste levantarme y después la pateaste.
—No sabía quién eras.
El presidente Weiss frunció el ceño.
—¿Eso habría hecho aceptable su comportamiento si la señora Vega fuera recepcionista?
Valeria guardó silencio.
Daniel intervino rápidamente.
—Ernesto, podemos resolver esto internamente.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Weiss hizo una señal al director jurídico.
Las puertas se cerraron.
Entonces comprendí que aquella reunión nunca había sido únicamente para anunciar mi nombramiento.
El presidente colocó una carpeta roja frente a mí.
—Clara, puedes comenzar.
Daniel miró la carpeta.
Su expresión cambió.
—¿Comenzar qué?
Abrí la primera página.
—La auditoría del proyecto internacional que perdió ciento ochenta millones.
Valeria dejó de respirar.
Durante las últimas tres semanas había revisado discretamente contratos, facturas y transferencias.
Había encontrado algo imposible de explicar como simple incompetencia.
Diecisiete proveedores compartían cuentas vinculadas.
Once habían sido aprobados directamente por Marketing.
Todos llevaban la autorización electrónica de Valeria.
—Estás insinuando que robé dinero —espetó ella.
—No.
Deslicé los documentos hacia el centro.
—Estoy diciendo que alguien creó empresas fantasma y desvió cuarenta y seis millones.
Daniel golpeó la mesa.
—Se acabó.
Lo miré.
—Todavía no.
Abrí otro archivo.
Una de aquellas empresas había recibido ocho millones apenas dos días después de que mi abuela ingresara al hospital.
El beneficiario final aparecía oculto detrás de tres sociedades.
Pero Recursos Humanos había encontrado una coincidencia.
Una dirección particular.
La de Daniel.
Sentí que algo dentro de mí se volvía frío.
—Explícamelo.
Mi esposo no respondió.
Valeria empezó a llorar.
—Daniel dijo que era legal.
Toda la sala giró hacia él.
—Cállate —ordenó.
Demasiado tarde.
—Me dijiste que Clara nunca volvería a la empresa —continuó Valeria—. Dijiste que cuando terminaras de transferir las acciones, podríamos estar juntos.
Lo miré fijamente.
—¿Qué acciones?
El director jurídico colocó entonces otro documento delante de mí.
Una solicitud presentada tres meses antes.
Daniel había intentado utilizar un antiguo poder conyugal para transferir parte de mis participaciones fundadoras.
Mi firma aparecía abajo.
Solo había un problema.
Yo jamás había firmado aquello.
Weiss se puso de pie.
—Daniel Han, queda suspendido como director general con efecto inmediato.
Daniel palideció.
—No puedes hacerme esto.
—El consejo ya votó.
Daniel me miró con auténtico odio.
—Tú preparaste todo esto.
—No.
Cerré la carpeta.
—Tú lo hiciste.
Seguridad entró.
Pensé que aquello sería suficiente para destruirlo.
Me equivocaba.
La jefa de Recursos Humanos se acercó y me entregó un sobre.
—Encontramos esto durante la revisión de los archivos privados del director Han.
Dentro había informes médicos.
Mi nombre aparecía en todos.
También el de mi abuela.
—¿Por qué Daniel tiene el historial médico de mi abuela?
Nadie respondió.
Hasta que Weiss señaló la última página.
Era una autorización de pago rechazada.
La fecha correspondía exactamente al día anterior a su hospitalización.
El tratamiento que mi abuela necesitaba había sido aprobado inicialmente por el seguro corporativo.
Después alguien lo canceló manualmente.
Usuario responsable:
DANIEL HAN.
Sentí que las manos me temblaban.
—¿Por qué?
Daniel bajó la mirada.
Pero Valeria respondió por él.
—Porque tu abuela había descubierto algo sobre la fundación de Horizonte.
Me giré hacia ella.
—¿Qué descubrió?
Valeria miró a Daniel, aterrorizada.
—Que la empresa nunca fue realmente suya.
El silencio cayó sobre la sala.
Entonces Weiss abrió una última carpeta.
Dentro estaba el acta original de constitución de Horizonte.
Y debajo de “accionista fundador mayoritario” no aparecía Daniel Han.
Aparecía el nombre de mi abuela.
