Adrian me llamó seis veces aquella mañana.
No respondí.
A la séptima dejó un mensaje:
—Emma, deja de jugar con la empresa y vuelve a casa. Podemos hablar.
Sonreí.
Por fin había cambiado el verbo.
Ya no decía que yo volvería.
Me lo estaba pidiendo.
Tres días después se celebró la reunión extraordinaria.
Cuando entré en la sala del consejo junto a mi abogada, Adrian ya estaba allí.
Ruby permanecía detrás de su silla.
Al verme, él recuperó aquella expresión arrogante.
—¿Terminaste tu rabieta?
Me senté.
—Empecemos.
Mi abogada distribuyó los documentos.
Mi 31% de participación.
La revocación de mis poderes de voto delegados.
Las autorizaciones financieras que durante años había firmado para respaldar la gestión de Adrian.
Y finalmente, la propuesta para destituirlo como presidente.
Ruby dejó de sonreír.
Adrian ni siquiera leyó la última página.
—Emma, basta.
—¿Por qué?
—Porque dentro de unas semanas retirarás el divorcio y volveremos a casa.
Lo miré.
—¿Quieres apostar?
Su rostro cambió.
Saqué mi teléfono.
Proyecté la fotografía que Ruby me había enseñado.
Registro de lágrimas de Emma Fu.
Noventa y nueve entradas.
La sala quedó completamente silenciosa.
Ruby palideció.
—Eso era una broma privada.
—Una broma donde registraban mis crisis, fotografiaban mis lágrimas y apostaban cuánto tardarían en hacerme llorar.
Pasé a la última fila.
Número 100: retiro de la solicitud de divorcio.
Miré a Adrian.
—¿Cuánto apostaste?
No respondió.
Uno de los directores cerró la carpeta con evidente disgusto.
Adrian finalmente perdió la paciencia.
—¡Esto no tiene nada que ver con la empresa!
—Correcto.
Asentí.
—Por eso no estoy pidiendo que te destituyan por ser un esposo miserable.
Deslicé otro informe hacia el consejo.
—Estoy solicitándolo porque descubrimos que Ruby recibió pagos, bonificaciones y reembolsos extraordinarios autorizados personalmente por ti, algunos cargados a gastos corporativos sin justificación suficiente.
Ahora Adrian sí miró a Ruby.
Ella retrocedió.
Por primera vez, ninguno parecía encontrar divertida la situación.
La votación comenzó.
Sin mis acciones respaldándolo, Adrian ya no tenía la mayoría que durante años había considerado propia.
La propuesta prosperó.
Cuando anunciaron el resultado, se quedó sentado, completamente inmóvil.
Después me siguió hasta el ascensor.
—Emma.
Las puertas estaban cerrándose cuando metió una mano entre ellas.
—Retira el divorcio. Despediré a Ruby.
Lo observé.
—Ya la despediste una vez.
—Entonces venderé mis acciones. Nos iremos. Empezaremos otra vez.
—Adrian, no entiendes.
—¿Qué cosa?
—No me fui porque Ruby ganó.
Hice una pausa.
—Me fui porque finalmente entendí quién eras tú.
Treinta días después regresamos al registro civil.
Esta vez Adrian no se rio.
No habló de escaleras.
No me pidió que planchara ningún traje.
Cuando llegó el momento de firmar, su mano permaneció inmóvil.
—Emma… ¿de verdad terminamos?
Firmé primero.
—Sí.
Sus ojos se humedecieron.
Qué ironía.
Durante seis meses había convertido mis lágrimas en entretenimiento.
Y al final fue él quien lloró.
Salí sin mirar atrás.
Más tarde supe que Ruby había desaparecido de su vida apenas comprendió que Adrian ya no controlaba la empresa.
Nunca pregunté adónde fue.
Tampoco me importaba.
Yo conservé mi participación, recuperé mi independencia y eliminé las noventa y nueve fotografías después de cerrar el proceso legal.

Solo guardé una imagen.
La fila número cien.
Nunca llegó a completarse.
Porque aquella apuesta tenía una respuesta que ninguno de los dos había previsto:
Emma Fu no volvió.