—Todavía no hace falta.
Mi voz era tan serena que incluso el tío Zhou guardó silencio durante unos segundos.
—Quiero que nadie sepa que he regresado.
—Especialmente… Cheng Yan.
Al otro lado de la línea llegó una respuesta firme.
—Entendido, señorita.
—Pero hay algo más que debe saber.
Caminé lentamente hasta el enorme ventanal del salón.
Abajo, Cheng Yan abría con galantería la puerta del coche para que Qiao Man subiera primero.
La escena era casi enternecedora.
Si no fuera porque el bebé que ella llevaba en el vientre era de mi marido.
—Revise todas las cuentas de Cheng Corporation durante los últimos seis años.
—Especialmente los proyectos relacionados con Alemania.
El tono del tío Zhou se volvió inmediatamente serio.
—¿Sospecha que hay problemas?
Sonreí apenas.
—No sospecho.
—Solo quiero pruebas.
Esa misma tarde, llegué a la empresa.
Nada más entrar en el Departamento de Negocios Internacionales, todos los empleados se levantaron para saludarme.
—¡Directora Xu!
Asentí con naturalidad.
En ese instante apareció Cheng Yan acompañado de Qiao Man.
Ella llevaba un traje nuevo, un bolso de edición limitada y unos tacones que costaban más que el salario mensual de muchos empleados.
Reconocí el bolso de inmediato.
Era el mismo que yo había encargado hacía dos meses.
Solo que nunca llegó a mis manos.
Cheng Yan me había dicho entonces que la tienda había cancelado el pedido.
Ahora entendía perfectamente dónde había terminado.
Qiao Man sonrió con dulzura.
—Directora Xu, espero que podamos trabajar muy bien juntas.
Le devolví una sonrisa aún más elegante.
—Claro.
—Espero que no me decepciones.
Ella creyó que hablaba del trabajo.
Yo hablaba de otra cosa.
A media mañana comenzó una reunión con varios clientes europeos.
Uno de ellos era un empresario alemán que apenas hablaba inglés.
Nada más sentarse, Cheng Yan tomó la iniciativa.
—Yo me encargo de la negociación.
Después miró a Qiao Man.
—Tú traduce.
Ella asintió con absoluta confianza.
Durante los primeros minutos todo parecía ir bien.
Hasta que el cliente formuló una pregunta técnica sobre las cláusulas de distribución exclusiva.
Qiao Man dudó.
Después respondió con un alemán lleno de errores.
El empresario frunció el ceño.
Repitió la pregunta.
Ella volvió a traducirla mal.
La atmósfera en la sala comenzó a tensarse.
Cheng Yan seguía sonriendo, completamente ajeno al desastre.
Creía que el problema era el cliente.
No la traducción.
Entonces, el alemán dejó los documentos sobre la mesa y dijo con evidente molestia:
—¿Hay alguien aquí que realmente hable alemán?
Toda la sala quedó en silencio.
Qiao Man bajó la cabeza.
Cheng Yan empezó a sudar.
Fue entonces cuando cerré lentamente mi carpeta.
Miré directamente al cliente.
Y respondí en un alemán impecable, con el inconfundible acento berlinés.
—Permítame disculparme por el malentendido.
—Si no le importa, continuaré yo la negociación.
El empresario abrió mucho los ojos.
Después sonrió sorprendido.
—¡Excelente! Por fin alguien entiende lo que estoy diciendo.
Durante los siguientes cuarenta minutos, la conversación fluyó con absoluta naturalidad.
No solo respondí a cada una de sus preguntas.
También señalé dos errores que el propio contrato contenía y propuse una solución más beneficiosa para ambas partes.
Al finalizar, el cliente se levantó para estrecharme la mano.
—Señora Xu, hacía muchos años que no escuchaba un alemán tan auténtico fuera de Alemania.
Toda la sala estalló en aplausos.
Solo dos personas permanecían inmóviles.
Cheng Yan.

Y Qiao Man.
Sus rostros estaban completamente blancos.
Porque acababan de comprender una verdad aterradora.
Yo había entendido…
Cada palabra que habían pronunciado durante la cena.
Cada burla.
Cada mentira.
Cada promesa sobre el hijo que esperaban.
Los miré con una calma casi cruel.
Después sonreí.
Y, en un alemán perfecto, pronuncié lentamente:
—Ahora… ¿seguimos hablando en alemán?
Por primera vez desde que comenzó aquel juego…
Los dos sintieron lo que era el verdadero miedo.