Me quedé inmóvil.
El hombre guardó el teléfono en el bolsillo y caminó despacio hacia mí.
Cuando estuvo a menos de dos metros, dejó las bolsas sobre la banca.
—Hola, Emma.
Su voz era exactamente la misma que acababa de escuchar en la nota de voz.
—¿Tú… eres K?
Sonrió.
—Sí.
No parecía nervioso.
Yo sí.
Durante seis meses le había contado mis días más difíciles a un desconocido.
Y ahora estaba frente a mí.
—¿Cómo sabes dónde encontrarme?
Él levantó ligeramente su teléfono.
—Me escribiste desde el centro comercial. Compartiste tu ubicación sin darte cuenta cuando aceptaste la invitación del grupo del juego hace meses.
Abrí mucho los ojos.
Él soltó una pequeña risa.
—Nunca la usé. Hasta hoy.
Empujó suavemente la bolsa de Hermès hacia mí.
—Es tuya.
Negué de inmediato.
—No puedo aceptar eso.
—Entonces no la aceptes por el bolso.
Señaló la caja de Bulgari.
—Acéptala porque quiero demostrarte algo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
—Que cuando alguien te aprecia, no necesita quitarle cosas a otra persona para hacerte feliz.
Sentí un nudo en la garganta.
Era una frase sencilla.
Pero nadie me había tratado así en mucho tiempo.
En ese momento escuché una voz conocida.
—¡Emma!
Giré la cabeza.
Ryan y Olivia salían de una tienda.
Detrás de ellos caminaba Ethan con una bolsa de Bulgari en la mano.
Los tres se quedaron inmóviles al verme acompañada.
Ryan fue el primero en acercarse.
—¿Quién es él?
El desconocido respondió antes que yo.
—Un amigo.
Ethan observó las bolsas sobre la banca.
Su expresión cambió.
—Emma, ¿de dónde salió todo eso?
No respondí.
Olivia dio un paso al frente.
—Qué bonito collar.
Intentó tomar la bolsa de Bulgari.
El hombre la retiró con tranquilidad.
—Lo siento.
Su sonrisa desapareció.
—Esto no es para usted.
Ryan frunció el ceño.
—¿Sabes con quién estás hablando?
—Sí.
Lo miró directamente.
—Con el hermano de Emma.
Luego añadió con absoluta calma:
—El mismo que lleva años enseñándole que siempre merece menos que los demás.
Ryan apretó los puños.
—No te metas en asuntos de mi familia.
El hombre sacó una tarjeta de presentación y se la entregó.
Ryan apenas la leyó.
Su rostro perdió el color.
Ethan tomó la tarjeta de sus manos.
También palideció.
En letras plateadas podía leerse:
Alexander King
Presidente Ejecutivo – King Luxury Group
La empresa propietaria de Hermès y Bulgari en gran parte del país.
Olivia abrió lentamente los ojos.
—¿El… Alexander King?
Él guardó las manos en los bolsillos.
—El mismo.
Después volvió a mirarme.
—Emma, hace seis meses me escribiste porque necesitabas que alguien te escuchara.
Hizo una pausa.
—Hoy vine porque ya no quiero seguir escondiéndome detrás de una pantalla.
Ethan dio un paso hacia mí.
—Emma, podemos hablar en privado.
Negué con tranquilidad.
—Llevé meses intentando hablar contigo.
Miré la bolsa de Bulgari que él sostenía.
—Pero siempre elegiste comprar regalos para otra persona.
Nadie respondió.
Alexander tomó las bolsas y las dejó nuevamente frente a mí.
—No tienes que decidir nada hoy.
Sonrió con serenidad.
—Solo quería que, por una vez, alguien te eligiera primero.
En ese instante, el teléfono de Ryan comenzó a sonar.
Contestó con el ceño fruncido.

A medida que escuchaba, su rostro se volvía cada vez más blanco.
—¿Qué…? ¿Cómo que el testamento?
Levantó lentamente la mirada hacia Emma.
Y, por primera vez desde la muerte de su padre, entendió que el verdadero heredero de la familia… nunca había sido Olivia.