Durante varios segundos ninguno habló.
Ethan tomó mi teléfono.
Miró la llamada entrante.
Luego marcó otra vez desde el suyo.
Mi móvil volvió a sonar.
“Ethan Harrison.”
Su expresión pasó de confusión a incredulidad.
—Dime tu nombre completo.
Ya no tenía sentido ocultarlo.
—Emma Bennett Harrison.
Soltó mi teléfono como si quemara.
—No puede ser.
—Puede.
—Mi esposa…
—Soy yo.
Ethan se levantó.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde aquella primera noche.
Giró hacia mí.
—¿Y no pensabas decírmelo?
—¿Cuándo exactamente? ¿Después de los quinientos mil yuanes?
Su mandíbula se tensó.
—Devuélveme ese dinero.
Sonreí.
—Considéralo manutención atrasada.
Por primera vez vi a Ethan Harrison quedarse completamente sin respuesta.
Pero su desconcierto desapareció cuando recordó algo.
—Faltan dos semanas.
Sabía exactamente a qué se refería.
Nuestro acuerdo matrimonial.
—Sí.
—Y aceptaste divorciarte cuando terminara el plazo.
—Sí.
La seguridad volvió lentamente a su rostro.
—Entonces nada cambia.
Aquello dolió.
Pero esta vez no iba a esconderme detrás de una broma.
—Perfecto.
Me levanté.
—Que tu abogado envíe los documentos.
Pasé junto a él.
Ethan me sujetó suavemente del brazo.
—¿Eso es todo?
Lo miré.
—Tú acabas de decir que nada cambia.
No supo responder.
Durante los siguientes días desaparecí de su vida.
No cenas.
No mensajes.
No automóviles esperándome abajo.
Entonces Ethan empezó a llamar.
Primero una vez.
Después cinco.
Finalmente apareció frente a mi apartamento.
—Necesitamos hablar.
—Sobre el divorcio, habla con mi abogado.
—No quiero hablar del divorcio.
—¿Entonces?
Ethan permaneció en silencio demasiado tiempo.
—No lo sé.
Casi me reí.
El hombre que podía negociar adquisiciones multimillonarias no sabía explicar por qué estaba parado frente a la esposa de la que llevaba tres años queriendo divorciarse.
—Déjame ayudarte —dije—. Te gustaba Emma porque no tenía obligaciones contigo.
Su expresión cambió.
—Y odiabas a tu esposa porque representaba una decisión que otros tomaron por ti.
Hice una pausa.
—Nunca te molestaste en comprobar si ambas mujeres podían ser la misma persona.
Ethan bajó la mirada.
—Eso no es justo.
—¿No?
—Yo tampoco elegí ese matrimonio.
—Tienes razón.
Mi voz se suavizó.
—Pero elegiste ignorarme durante tres años.
Eso sí era suyo.
Dos semanas después nos reunimos para firmar.
Ethan llegó tarde.
Su abogado colocó los documentos frente a nosotros.
Yo firmé primero.
Cuando llegó su turno, Ethan sostuvo la pluma sin moverla.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—No puedo hacerlo.
Su abogado levantó la vista.
Yo permanecí tranquila.
—Hace un mes estabas contando los días.
—Hace un mes no te conocía.
—Ese era precisamente el problema.
Ethan cerró los ojos.
—Emma, dame otra oportunidad.
Negué.
—No voy a convertir tres meses agradables en una excusa para borrar tres años.
—Entonces dime qué hago.
—Firma.
Lo hizo.
Nuestro matrimonio terminó como había comenzado.
Sobre papel.
Pero esta vez ambos estábamos presentes.
Seis meses después volví a encontrarlo en el mismo restaurante donde habíamos tenido nuestra primera cita.
Ethan se acercó.
—¿Puedo invitarte a cenar?
—Ya no soy tu esposa.
—Lo sé.
Sonrió apenas.
—Por eso esta vez estoy preguntando.
Lo observé unos segundos.
Después señalé la silla.
—Una cena.
Nada más.
—Una cena —aceptó.
Y así empezó nuestra primera relación verdadera.
No como marido y mujer elegidos por nuestras familias.

No como un multimillonario y una desconocida a la que podía compensar con dinero.
Sino como dos personas libres de marcharse.
Y, precisamente por eso, capaces de elegir quedarse.
ETHAN PASÓ TRES AÑOS INTENTANDO DIVORCIARSE DE UNA MUJER QUE NUNCA QUISO CONOCER, SOLO PARA DESCUBRIR QUE ERA EXACTAMENTE LA MISMA MUJER DE LA QUE SE HABÍA ENAMORADO CUANDO CREÍA QUE PODÍA ELEGIRLA.