PARTE 2: YA NO LO ESPERABA.

—No necesitas más tiempo —dije.

Alexander aflojó los brazos.

—¿Qué?

Me aparté de él.

—Llevas tres años eligiendo, Alexander.

Su expresión se endureció.

—Te dije que voy a terminar con Cecilia.

—Porque te descubrí.

Caminé hasta el escritorio y saqué una carpeta.

La dejé frente a él.

Fotografías.

Vuelos.

Transferencias.

La casa construida para los padres de Cecilia.

La empresa financiada para su hermano.

Alexander pasó las páginas y palideció.

—¿Me investigaste?

—Necesitaba saber qué parte de mi matrimonio seguía siendo real.

Cerró la carpeta.

—Entonces ya sabes que nunca pensé abandonarte.

Aquello consiguió hacerme reír.

—Ese es precisamente el problema.

Alexander me miró sin comprender.

—No querías perderme porque yo era tu casa, tu apellido respetable, la esposa que esperaba en silencio.

Señalé los documentos.

—Y tampoco querías perderla a ella.

Su teléfono vibró.

Cecilia.

Los dos vimos el nombre.

Alexander rechazó la llamada.

—¿Ves? Te estoy eligiendo.

Negué.

—Demasiado tarde.

Saqué otro sobre.

Esta vez no contenía pruebas.

Contenía la solicitud de divorcio que mi abogada había preparado aquella mañana.

Alexander permaneció inmóvil.

—No hablas en serio.

—Nunca había hablado más en serio.

—Nancy, son quince años juntos.

—Y tú utilizaste tres de ellos para construir otra vida.

Tomó los documentos.

—No voy a firmar.

—Entonces seguiremos el procedimiento correspondiente.

Su seguridad comenzó a desaparecer.

—¿Por Cecilia vas a destruir nuestro matrimonio?

Lo miré fijamente.

—No me divorcio por Cecilia.

—Me divorcio porque cuando finalmente te pregunté la verdad, tu primera preocupación fue enseñarme a convivir con tu mentira.

Eso lo dejó callado.

Me marché de la habitación.

Durante las semanas siguientes, Alexander hizo exactamente lo que yo había esperado durante tres años.

Volvió temprano.

Canceló viajes.

Mandó flores.

Me esperaba para cenar.

Incluso terminó públicamente su relación con Cecilia.

Pero ya no significaba nada.

Una noche me encontró guardando mis últimos libros.

—Lo hice —dijo—. Se acabó con ella.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

Su voz se quebró.

—Que todavía podemos arreglarlo.

Cerré la caja.

—Alexander, yo te pedí que eligieras cuando todavía quería ser elegida.

Me miró en silencio.

—Ahora ya no estoy compitiendo.

Meses después, el divorcio avanzó.

Nunca llamé a Cecilia.

Nunca necesité preguntarle qué le había prometido.

Ella no había pronunciado los votos conmigo.

Alexander sí.

La última vez que nos vimos, me preguntó algo inesperado.

—¿Cuándo dejaste de amarme?

Pensé en aquellas madrugadas esperando mensajes.

En sus excusas.

En aquel abrazo aprendido en otra cama.

—No dejé de amarte de golpe.

Respondí suavemente:

—Simplemente me cansé de esperarte mientras tú aprendías a amar a alguien más.

Me fui.

Y aquella noche dormí sola.

Por primera vez, la mitad vacía de la cama no me pareció abandono.

Me pareció libertad.

ALEXANDER FINALMENTE ME ELIGIÓ, PERO YO YA ME HABÍA ELEGIDO A MÍ.

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