PARTE 2 – CUANDO ÉL DESCUBRIÓ QUIÉN ERA YO.

—¿Cómo están tus heridas? —preguntó mi abuelo.

Miré los vendajes que cubrían mi cuerpo.

—Me recuperaré.

Al otro lado de la línea hubo un silencio.

—Qingwan, dime quién lo hizo.

Cerré los ojos.

—Chu Chengyan.

La respiración de mi abuelo cambió.

—Entiendo.

—Abuelo, no hagas nada todavía.

—¿Por qué?

Miré el acuerdo de divorcio firmado.

—Porque dentro de una semana se comprometerá con Zhao Jinyue en París.

Pausa.

—Quiero estar allí.

Tres semanas después pude caminar sin ayuda.

La noticia del compromiso entre las familias Chu y Zhao ya ocupaba las portadas financieras.

Según los medios, aquella alianza permitiría al Grupo Chu entrar definitivamente en Europa.

Lo que Chu Chengyan ignoraba era que la familia Zhao dependía de tres líneas de financiación internacionales.

Y dos de ellas estaban controladas indirectamente por el Grupo Shen.

La noche del compromiso llegué a París.

El hotel estaba lleno de empresarios.

Cuando entré en el salón, nadie me reconoció al principio.

Llevaba un vestido negro sencillo.

Song Ning caminaba detrás de mí.

Chu Chengyan fue el primero en verme.

Su copa quedó suspendida en el aire.

—Shen Qingwan.

Zhao Jinyue frunció el ceño.

—¿Qué hace ella aquí?

Me acerqué tranquilamente.

Chu Chengyan recuperó su expresión arrogante.

—¿No te bastaron los doscientos mil?

—No acepté tu dinero.

—Entonces, ¿qué quieres?

Antes de responder, se escuchó una voz detrás de nosotros.

—Señorita Shen.

El presidente europeo del Grupo Zhao se acercó rápidamente.

Para sorpresa de todos, inclinó la cabeza ante mí.

—Es un honor recibir a la principal accionista del Grupo Internacional Shen.

El salón quedó en silencio.

Chu Chengyan soltó una carcajada.

—¿Qué clase de broma es esta?

Song Ning dejó una carpeta sobre la mesa.

—Shen Qingwan posee el treinta y siete por ciento del Grupo Internacional Shen.

Chu Chengyan dejó de sonreír.

Zhao Jinyue tomó el documento.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Cuarenta y dos mil millones…

La madre de Chu Chengyan se levantó bruscamente.

—¡Imposible!

La miré.

Aquella misma mujer me había obligado durante tres años a servirle el té porque decía que una esposa sin fortuna debía conocer su lugar.

Ahora no podía sostenerme la mirada.

Chu Chengyan se acercó.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde el día que me enviaste flores al hospital.

Su rostro se endureció.

—Qingwan, podemos hablar en privado.

—No.

Di un paso atrás.

—Cuando ordenaste que me sacaran de tu empresa tampoco quisiste hablar en privado.

La sala entera quedó inmóvil.

Zhao Jinyue miró a Chu Chengyan.

—¿Qué significa eso?

Song Ning colocó otra carpeta sobre la mesa.

Informes médicos.

Fotografías clínicas.

Declaraciones.

Registros de seguridad.

Y la identificación de los cuatro hombres que me habían sacado del edificio.

Chu Chengyan palideció.

—Qingwan…

—Todavía no he terminado.

Dos hombres vestidos de traje entraron en el salón.

Eran representantes legales.

Yo había esperado.

No por compasión.

Porque quería que todas las pruebas estuvieran completas.

—Esta mañana presenté formalmente la denuncia correspondiente.

Por primera vez vi miedo auténtico en los ojos de mi exmarido.

—¿Quieres destruirme?

Negué.

—No, Chengyan.

—Entonces, ¿qué demonios quieres?

Lo miré fijamente.

—Que respondas por tus propias decisiones.

En aquel momento el teléfono del padre de Zhao Jinyue comenzó a sonar.

Después otro.

Y otro.

Su expresión cambió mientras leía los mensajes.

—¿Qué ocurre? —preguntó Zhao Jinyue.

Su padre levantó la cabeza.

—El Grupo Shen ha suspendido las negociaciones de financiación con nosotros.

Chu Chengyan se volvió hacia mí.

—¡Estás utilizando tu familia para vengarte!

—No.

Mi abuelo apareció entonces en la entrada.

El salón entero se levantó.

A pesar de su edad, caminó hacia nosotros con una autoridad que silenció incluso a Chengyan.

—Fui yo.

Miró a la familia Zhao.

—Mi grupo no tiene obligación de financiar una alianza que considera demasiado arriesgada.

Después miró a Chu Chengyan.

—Y mucho menos una alianza encabezada por un hombre investigado por la agresión contra mi nieta.

El padre de Zhao Jinyue reaccionó inmediatamente.

—Este compromiso queda suspendido.

—¡Papá!

—Ahora.

Zhao Jinyue miró a Chengyan.

Después me miró a mí.

Y comprendió algo que yo había aprendido demasiado tarde.

Para aquellas familias, el amor siempre había ocupado el último lugar.

Me di la vuelta.

—Qingwan.

Chu Chengyan corrió detrás de mí.

Me alcanzó en el vestíbulo.

—Espera.

Me detuve.

—Cometí un error.

—Muchos.

—Podemos volver a empezar.

Lo observé durante varios segundos.

El hombre frente a mí era exactamente el mismo que semanas atrás había considerado generoso regalarme doscientos mil yuanes después de tres años de matrimonio.

Solo había cambiado una cosa.

Ahora sabía cuánto valía mi apellido.

—¿Volverías conmigo si siguiera siendo la mujer que creías pobre?

No respondió.

Sonreí.

—Eso pensaba.

Los meses siguientes fueron difíciles para él.

La investigación determinó responsabilidades individuales por lo sucedido aquella noche.

Los hombres implicados tuvieron que responder ante las autoridades y el caso alcanzó también a Chengyan.

Mientras tanto, el Grupo Chu perdió varios acuerdos importantes.

No porque yo comprara su destrucción.

Simplemente, cuando desapareció la protección de sus alianzas, sus problemas financieros quedaron expuestos.

Yo regresé a la familia Shen.

Pero no me convertí de repente en una heredera caprichosa.

Aprendí.

Asistí a reuniones.

Estudié cada empresa.

Y meses después ocupé oficialmente mi asiento en el consejo.

Un año más tarde volví a encontrarme con Chengyan.

Salía de una audiencia cuando lo vi esperando junto a las escaleras.

Parecía envejecido.

—Qingwan.

—¿Qué quieres?

Sacó algo del bolsillo.

La tarjeta de los lirios.

«Que te recuperes pronto.»

—La guardé —dijo.

La miré.

—Yo no.

Sus ojos se humedecieron.

—Si hubiera sabido quién eras…

Lo interrumpí.

—Ahí está tu problema.

Chengyan guardó silencio.

—Crees que deberías haberme tratado mejor porque soy una Shen.

Me acerqué.

—Deberías haberme tratado como un ser humano incluso cuando pensabas que no tenía nada.

No pudo responder.

Seguí caminando.

Mi abuelo me esperaba dentro del coche.

—¿Te dijo algo importante?

Miré por última vez al hombre con quien había desperdiciado tres años.

—No.

Subí al vehículo.

Durante mucho tiempo pensé que descubrir aquellos 42.000 millones había cambiado mi destino.

Pero estaba equivocada.

El dinero solo cambió la forma en que los demás me miraban.

Mi verdadera vida cambió mucho antes.

Cambió aquella mañana en el hospital cuando puse mi nombre sobre un acuerdo de divorcio y rechacé sus 200.000 yuanes.

Chu Chengyan creyó que aquel documento significaba que me estaba echando de su mundo.

Nunca imaginó que, al firmarlo, era yo quien acababa de salir del suyo.

Y esta vez no necesitaba flores para recuperarme.

Solo necesitaba no volver jamás.

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