PARTE 2: ESTA VEZ, QUE ELIJA ÉL

Tres días después, Thẩm Nghiễn Châu entró en el área de donación.

Yo no fui con él.

Thẩm Hoài Xuyên me encontró en el pasillo y frunció el ceño.

—¿No vas a acompañarlo?

Levanté la mirada del expediente que estaba revisando.

—Tiene veintitrés años.

—Pero eres su madre.

—Precisamente.

Cerré la carpeta.

—Una madre puede aconsejar. No puede vivir por su hijo.

Su expresión se volvió desagradable.

—Desde aquel día estás hablando como si Nghiễn Châu fuera un extraño.

No respondí.

En mi vida anterior había corrido detrás de él durante décadas.

Cuando estaba enfermo, yo estaba allí.

Cuando ascendía, yo celebraba más que nadie.

Cuando me odiaba, seguía buscando excusas para acercarme.

Al final, incluso cuando estaba a punto de entrar en un quirófano, seguía esperando que abriera aquella cortina.

No lo hizo.

Esta vez ya no quería mendigar amor maternal.


La donación terminó sin incidentes graves.

Ôn Chỉ recibió el tratamiento correspondiente.

Su familia lloró de alegría.

La madre de Ôn incluso sostuvo las manos de Thẩm Nghiễn Châu y dijo:

—Eres el salvador de nuestra familia.

Nghiễn Châu sonrió.

Sus ojos estaban llenos de aquella satisfacción que yo recordaba perfectamente.

En la vida anterior nunca había podido verla.

Aquella vez, sí.

Y no hice nada para destruirla.

Me limité a observar.

Diez días después, Ôn Chỉ seguía viva.

Veinte días después, su estado comenzó a estabilizarse.

Un mes más tarde, pudo abandonar temporalmente la unidad de aislamiento.

Todos estaban felices.

Todos excepto Thẩm Nghiễn Châu.

Porque el mismo día en que Ôn Chỉ recibió el alta, llegó el aviso de la academia militar.

Su participación en la fase cerrada del Proyecto Hanfeng quedaba aplazada.

No expulsada.

No cancelada definitivamente.

Aplazada.

Pero todos sabíamos lo que significaba.

Aquella selección se realizaba una vez al año.

Y un año podía cambiar demasiadas cosas.

Thẩm Nghiễn Châu llegó a casa aquella noche y arrojó el documento sobre la mesa.

—Mamá.

Lo miré.

—¿Qué pasa?

Su voz estaba tensa.

—¿Ya lo sabías?

Miré el aviso.

—Sabía que podía ocurrir.

—¿Y no dijiste nada?

Lo observé en silencio.

Después sonreí.

—Lo dije cinco veces.

Su rostro se congeló.

—En el hospital.

—Delante del director Qin.

—Delante de tu padre.

—Delante de la familia Ôn.

—Y delante de una cámara.

Sus manos se cerraron.

—Pero podrías haberme detenido.

Aquella frase hizo que incluso Thẩm Hoài Xuyên, sentado a un lado, levantara la cabeza.

Yo no sentí rabia.

Solo una enorme ironía.

—¿Detenerte?

—Tú eres mi madre.

—Lo era también en mi vida anterior.

Por supuesto, aquella última frase solo la dije dentro de mi corazón.

En voz alta respondí:

—Me dijiste que eras adulto.

—Dijiste que salvar a Ôn Chỉ era tu decisión.

—Dijiste que entendías las consecuencias.

Saqué el teléfono.

—¿Quieres que reproduzca la grabación?

Su rostro palideció.

—No hace falta.

—Perfecto.

Guardé el teléfono.

—Entonces recuerda lo que firmaste.

Thẩm Hoài Xuyên intervino:

—Vãn Đường, ya está suficientemente afectado.

Giré lentamente hacia él.

—¿Y qué quieres que haga?

—Puedes hablar con la academia.

Casi me reí.

Por fin.

Ahí estaba.

En mi vida anterior yo era controladora por utilizar mis contactos para impedirle donar.

En esta vida, después de que la decisión le costara una oportunidad, querían que utilizara esos mismos contactos para arreglarlo.

—No.

Thẩm Hoài Xuyên golpeó el reposabrazos.

—¡Solo tienes que hacer una llamada!

—Precisamente.

Lo miré.

—Y después, si algo sale mal, volverá a ser culpa mía.

La habitación quedó en silencio.

Nghiễn Châu apretó los dientes.

—No te culparía.

Saqué una copia de la declaración que él había escrito.

La puse delante de él.

—Espero que recuerdes esa frase dentro de veinte años.

No dijo nada.


Pasaron tres meses.

Ôn Chỉ mejoró lentamente.

Thẩm Nghiễn Châu, en cambio, cambió.

Se volvió más silencioso.

Mientras sus antiguos compañeros entraban en el programa especial, él permanecía en la academia realizando tareas ordinarias y esperando una nueva evaluación.

Cada vez que veía fotografías de sus compañeros entrenando, cerraba el teléfono de inmediato.

Yo lo veía.

Pero no lo consolaba.

No porque no me doliera.

Era mi hijo.

Claro que me dolía.

Pero esta era exactamente la vida que él había elegido.

Si yo corría a salvarlo cada vez que una decisión le resultaba incómoda, jamás aprendería a sostener el peso de sus propias elecciones.

Una tarde, Ôn Chỉ vino a nuestra casa.

Había adelgazado mucho, pero su rostro ya tenía algo de color.

Llevaba una caja de fruta.

—Tía Lâm.

—Entra.

Thẩm Nghiễn Châu bajó inmediatamente las escaleras al escuchar su voz.

La expresión de sus ojos cambió.

Todavía la amaba.

Eso era evidente.

Ôn Chỉ también le sonrió.

Pero había algo extraño en su mirada.

Después de cenar, pidió hablar conmigo a solas.

Entramos en el estudio.

Cerró la puerta.

—Tía Lâm, quiero darle las gracias.

—No tienes que agradecérmelo.

—Pero usted permitió que Nghiễn Châu me salvara.

Negué.

—No lo permití.

La miré.

—Él tomó la decisión.

Ôn Chỉ guardó silencio.

Después dijo:

—He conseguido una plaza para continuar mi tratamiento y mis estudios en el extranjero.

Mis dedos se detuvieron.

—¿Cuándo te vas?

—El mes que viene.

Asentí.

—Es una buena oportunidad.

Ella apretó las manos sobre las rodillas.

—Nghiễn Châu todavía no lo sabe.

Lo entendí.

—Quieres terminar con él.

Sus ojos se pusieron rojos.

—No quiero retrasarlo más.

—¿Lo amas?

Las lágrimas cayeron.

—Sí.

—Entonces ¿por qué marcharte?

Ôn Chỉ respiró profundamente.

—Porque casi morir me hizo comprender algo.

Me miró.

—No quiero que toda mi vida quede ligada a la idea de que debo casarme con él porque me salvó.

Aquella frase me hizo pensar inmediatamente en la declaración del hospital.

—Quiero estudiar.

—Quiero recuperarme.

—Quiero descubrir qué vida puedo tener yo.

Su voz tembló.

—Y también quiero que él vuelva a encontrar su propio camino.

No intenté convencerla.

Solo respondí:

—Entonces díselo tú misma.


Aquella noche escuché una discusión en el jardín.

Nghiễn Châu levantó la voz.

—¡¿Te vas?!

Ôn Chỉ lloraba.

—Solo serán unos años.

—¿Unos años?

—Nghiễn Châu…

—¡Renuncié al Proyecto Hanfeng por ti!

Silencio.

Aquella frase cayó como una piedra.

Me quedé quieta detrás de la puerta.

Ôn Chỉ tardó varios segundos en responder.

—Yo nunca te pedí que renunciaras.

—¡Pero doné para salvarte!

—Lo sé.

—Entonces ¿cómo puedes marcharte ahora?

La voz de Ôn Chỉ cambió.

Ya no sonaba débil.

—Precisamente por eso.

—¿Qué?

—Porque desde que desperté, cada vez que discutimos terminas recordándome lo que hiciste por mí.

Nghiễn Châu quedó en silencio.

Ella continuó:

—Me salvaste.

—Te estaré agradecida toda mi vida.

—Pero no puedo convertir esa gratitud en una cadena.

Sus palabras eran casi idénticas a las que yo había obligado a todos a reconocer delante de la cámara.

Donar no era comprar una esposa.

Ser salvado tampoco significaba entregar el resto de la vida.

Nghiễn Châu preguntó con voz ronca:

—Entonces ¿todo lo que hice no significa nada?

Ôn Chỉ lloró.

—Significa que me diste otra oportunidad para vivir.

—Y quiero utilizar esa oportunidad para vivir mi propia vida.

Se marchó.

Mi hijo permaneció solo en el jardín durante mucho tiempo.


Aquella noche llamó a la puerta de mi estudio.

—Mamá.

Era la primera vez en meses que su voz no contenía frialdad.

—Entra.

Se sentó frente a mí.

Sus ojos estaban rojos.

—Ôn Chỉ se va.

—Lo sé.

—¿Te lo dijo?

—Sí.

Me miró.

—¿Por qué no la detuviste?

Esta vez realmente me eché a reír.

—Nghiễn Châu.

Su expresión cambió.

—¿Por qué todo el mundo cree que yo debo detener a todos?

—Cuando querías donar, debía detenerte.

—Ahora que ella quiere irse, también debo detenerla.

Apoyé las manos sobre el escritorio.

—¿En qué momento me convertí en la persona responsable de que todos ustedes obtengan el resultado que desean?

Mi hijo bajó lentamente la cabeza.

Pasó mucho tiempo antes de que preguntara:

—¿Crees que me equivoqué?

No respondí inmediatamente.

—No.

Levantó bruscamente la mirada.

—¿No?

—Tomaste una decisión.

—Salvaste una vida.

—Pagaste un precio.

Lo miré.

—Eso no significa automáticamente que estuvieras equivocado.

—Solo significa que las decisiones importantes tienen consecuencias.

Sus ojos se humedecieron.

—Pero perdí Hanfeng.

—Este año.

—¿Y quizá también la perdí a ella?

—Quizá.

Apretó los puños.

—Entonces ¿qué me queda?

Lo observé durante unos segundos.

En mi vida anterior, en ese momento probablemente lo habría abrazado.

Le habría dicho que mamá arreglaría todo.

Esta vez no.

—Tú.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Te quedas tú.

Mi voz fue tranquila.

—Tienes veintitrés años.

—Una oportunidad aplazada no es toda tu carrera.

—Una mujer que se marcha no es toda tu vida.

—Y una decisión que tuvo un resultado distinto al que esperabas tampoco destruye tu futuro.

Sus labios temblaron.

—Entonces ¿qué hago?

—Vuelves a empezar.


Un año después.

El Proyecto Hanfeng abrió una nueva ronda.

Thẩm Nghiễn Châu presentó otra solicitud.

Esta vez no habló con nadie.

No le pidió ayuda a su padre.

No me pidió que moviera contactos.

Entrenó.

Se sometió a las revisiones médicas.

Esperó.

El día que llegaron los resultados, yo estaba trabajando.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje suyo.

Solo una fotografía.

En ella aparecía la notificación de admisión.

Debajo había cuatro palabras:

Mamá, lo conseguí solo.

Me quedé mirando la pantalla durante mucho tiempo.

Después respondí:

Lo sé. Felicidades.

Tres minutos más tarde me llamó.

—Mamá.

—¿Sí?

Su voz sonaba extraña.

—Aquel año…

Se detuvo.

—¿Por eso querías detenerme?

Mis dedos se quedaron inmóviles.

—¿Por qué preguntas ahora?

—Porque hoy entendí cuánto me importaba realmente entrar aquí.

Guardó silencio.

—Y también entendí que tú lo sabías antes que yo.

Sentí una presión en el pecho.

En mi vida anterior esperé esas palabras hasta morir.

Nunca llegaron.

Ahora, cuando finalmente las escuchaba, descubrí que ya no las necesitaba tanto.

—Nghiễn Châu.

—Sí.

—No tienes que demostrarme que yo tenía razón.

—Pero…

—Aquella vez elegiste salvarla.

Hice una pausa.

—Hoy elegiste volver a luchar por tu futuro.

—Las dos decisiones son tuyas.

Al otro lado de la línea se escuchó una respiración temblorosa.

Finalmente dijo:

—Mamá…

—Perdón.

Cerré los ojos.

No lloré.

Simplemente miré la luz de la tarde entrando por la ventana.

En mi vida anterior había dedicado todos mis últimos años a esperar aquella disculpa.

En esta vida…

Lo único que había cambiado era que dejé de intentar controlar su destino.

Y, paradójicamente, fue entonces cuando mi hijo aprendió por primera vez a comprenderme.

Antes de colgar, Nghiễn Châu preguntó:

—Mamá, cuando termine el entrenamiento… ¿podemos cenar juntos?

Sonreí ligeramente.

—Si tengo tiempo.

Se quedó en silencio.

Después se echó a reír.

—De acuerdo.

Colgué.

Sobre mi escritorio seguía guardada la declaración que había firmado aquel día.

Cualquier consecuencia será responsabilidad exclusivamente mía.

La miré una última vez.

Después cerré el cajón.

En mi vida anterior fui la madre que intentó decidir por su hijo y terminó cargando sola con todas las culpas.

En esta vida no elegí por él.

Tampoco sufrí por él.

Solo le devolví algo que siempre le había pertenecido:

el derecho a tomar sus propias decisiones… y la obligación de vivir con ellas.

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