Adrian esperaba que regresara.
Yo también lo sabía.
Por eso, durante la primera semana, no bloqueó mi número.
El tercer día llegó su primer mensaje:
“¿Ya terminaste con tu berrinche?”
No respondí.
Había alquilado una habitación pequeña y conseguido trabajo como asistente en una editorial. No era una vida lujosa, pero por primera vez en cuatro años cada cosa que tenía estaba allí porque yo la había elegido.
Dos semanas después, Adrian escribió:
“Puedes volver. Ava ya se fue.”
Aquello confirmó algo importante.
Seguía creyendo que el problema era Ava.
No entendía que el problema era él.
Un mes después apareció frente a mi trabajo.
—Emma.
Me detuve.
Adrian llevaba el mismo abrigo oscuro con el que tantas veces había venido a buscarme a la villa.
—Sube al coche.
—No.
Frunció el ceño.
—Ya fue suficiente.
—Para mí también.
—¿Qué quieres demostrar?
—Nada.
Eso pareció desconcertarlo más que cualquier reproche.
—Entonces vuelve.
Negué.
Adrian me estudió durante unos segundos.
—¿Es por lo que dije delante de Ava?
—No fue una frase.
Lo miré.
—Fueron cuatro años en los que me escondiste, decidiste cuándo podía verte y me enseñaste que debía agradecer cualquier migaja de cariño.
Su mandíbula se tensó.
—Yo te di todo.
—Excepto un lugar digno en tu vida.
Silencio.
Entonces hizo lo que siempre hacía cuando perdía el control.
Intentó comprarlo.
—Te daré un departamento. Dinero. Lo que quieras.
Sonreí tristemente.
—Ese es exactamente el problema, Adrian. Todavía crees que todo lo que necesito tiene precio.
Pasé junto a él.
Esta vez no me agarró.
Meses después supe que Ava tampoco se había quedado.
Ella había esperado años a un hombre idealizado.
Cuando finalmente lo tuvo, descubrió que el Adrian que podía desechar públicamente a una mujer después de cuatro años también podía hacerlo con cualquiera.
Pero eso ya no era asunto mío.
Yo recuperé lentamente cosas mucho más pequeñas.
Mi propio sueldo.
Mis amigos.
Mis decisiones.
La posibilidad de comprar un vestido sin preguntarme si a Adrian le gustaría.
Un año después todavía conservaba aquellos jeans viejos.

No porque extrañara a la chica pobre que entró en aquella villa.
Sino porque me recordaban quién salió.
Adrian creyó que me había dado una vida durante cuatro años; solo cuando me fui con la misma ropa con la que llegué entendió que lo único verdaderamente mío nunca había podido comprarlo.