Dos días después, Recursos Humanos aprobó mi traslado.
Londres.
Salida en tres semanas.
Pensé que Adrian aparecería antes.
No lo hizo.
Regresó de Puerto Haven al sexto día.
Entró directamente en la redacción.
Todo el piso quedó en silencio cuando lo vieron caminar hacia mi escritorio.
—Elena.
Seguí escribiendo.
—Señor Harlow.
Su mandíbula se tensó.
—Tenemos que hablar de la boda.
—Ya no hay boda.
—Mara estaba en peligro.
—Lo sé.
Eso lo desconcertó.
Entonces le conté que había ido a Puerto Haven.
Que había visto el bar.
La fotografía.
El desayuno.
Incluso Temple Street Noodles.
Adrian palideció.
—Elena, tú no entiendes lo que pasó allí.
—Probablemente no.
Cerré el portátil.
—Pero entiendo perfectamente lo que pasó conmigo.
Saqué mi carta de traslado.
—Me voy a Londres.
Por primera vez vi verdadero miedo en sus ojos.
—¿Y el bebé?
Instintivamente puse una mano sobre mi abdomen.
—Seguirás siendo su padre si quieres asumir esa responsabilidad. Pero no voy a convertirme en tu esposa únicamente porque estoy embarazada.
Adrian permaneció inmóvil.
Entonces dijo:
—Nunca quise que fueras un reemplazo de Mara.
—Pero tampoco te molestaste en preguntarte por qué elegiste tantas cosas conmigo que ya habías vivido con ella.
No tuvo respuesta.
Aquella noche Mara me llamó.
No sabía cómo había conseguido mi número.
—No quiero recuperar a Adrian.
—Eso ya no importa.
—Debería importarte esto.
Me envió una fotografía antigua.
No era de Adrian.
Era de mi madre.
Mucho más joven.
Estaba en Puerto Haven junto a Mara y otros adolescentes.
Detrás había un letrero:
TEMPLE STREET.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Cómo conocías a mi madre?
Mara guardó silencio.
—Porque tú y yo no nos parecemos por casualidad.
Me incorporé.
—¿Qué significa eso?
—Pregúntale a Victor Quinn por qué te sacó de Puerto Haven cuando eras bebé.
Mi padre siempre me había dicho que nací en la capital.
Mara envió una segunda imagen.
Era un documento antiguo del hospital.
Nombre de la madre: Isabel Quinn.
Nombre del recién nacido: Elena.
Lugar de nacimiento:
Puerto Haven.
Pero había algo todavía más extraño.
En el margen aparecía una anotación escrita a mano.
“Harlow debe creer que la niña murió.”

Me quedé mirando aquella frase.
Yo había pensado que Adrian era quien escondía un pasado conmigo.
De repente comprendí que quizá nuestras familias habían empezado a mentir mucho antes de que nosotros siquiera nos conociéramos.