—Señor Jonathan Ashford.
Richard Sterling pronunció el nombre de mi padre y el salón quedó completamente en silencio.
Marcus me miró.
—¿Ashford?
Papá nunca hablaba de dinero.
Vestía sencillo, conducía un automóvil viejo y jamás corregía a Marcus cuando este lo trataba como a un jubilado sin importancia.
Pero Richard sí sabía quién era.
—El señor Ashford fue uno de los primeros inversores de Sterling Industries —explicó—. Su fondo todavía mantiene una participación importante.
Beatrice se levantó bruscamente.
—Debe existir algún malentendido.
Papá la miró por primera vez.
—No lo hay. Escuché perfectamente lo que pretende exigirle a mi hija.
Marcus se acercó a mí.
—Valerie, podemos hablar en privado.
Dejé el anillo sobre la mesa.
—Tuvimos años para hablar en privado.
—Mi madre se excedió.
Beatrice abrió la boca.
—¡Marcus!
Él ni siquiera la miró.
Eso habría sido gracioso si no hubiera llegado demasiado tarde.
Papá se acercó a mí.
—¿Quieres irte?
—Sí.
Una sola palabra.
Ninguna escena.
Ninguna amenaza.
Mientras caminábamos hacia la salida, Richard nos alcanzó.
—Valerie, necesito que sepas algo.
Sacó su teléfono.
Tres semanas antes, Marcus había solicitado una revisión interna para un ascenso ejecutivo.
Entre los documentos había declarado que, después del matrimonio, tendría acceso indirecto a determinados activos pertenecientes a mi familia.
Me detuve.
—¿Qué activos?
Richard negó con la cabeza.
—Eso precisamente llamó nuestra atención. No especificó cuáles.
Miré a Marcus desde el otro extremo del salón.
Ya no parecía avergonzado.
Parecía asustado.
Papá permaneció extrañamente callado.
—Papá.
No respondió.
—¿Qué sabe Marcus sobre nuestra familia?
Finalmente suspiró.
—Tal vez más de lo que tú crees.
Sacó de su chaqueta una copia de un documento.
Era una solicitud de información sobre un fideicomiso creado por mi abuelo.
Fecha: ocho meses antes de que Marcus me pidiera matrimonio.
Solicitante: Marcus Hale.
Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque quería saber si te pediría matrimonio después de descubrir cuánto valía ese fideicomiso.
Miré el anillo abandonado sobre la mesa.

Ocho meses después de aquella consulta, Marcus se había arrodillado frente a mí.
Y de repente las exigencias de Beatrice ya no parecían una locura improvisada durante un banquete.
Parecían la última parte de un plan que había comenzado mucho antes de que yo dijera que sí.