PARTE 2: EMILLY

Mariana extendió seis documentos sobre su escritorio.

—El cambio de nombre nunca fue legal —dijo—. Sofía sigue siendo Sofía Almeida.

Gustavo soltó el aire.

—Entonces ¿quién es Emilly?

—Eso es precisamente lo extraño.

Señaló una transferencia.

Durante los últimos catorce meses, casi 680.000 reales habían salido del fondo destinado a la educación y futuro de Sofía.

El dinero terminaba en una empresa llamada EML Desenvolvimento Infantil.

—¿Vanessa?

—No aparece como propietaria.

Mariana giró la computadora.

La administradora era una mujer llamada Renata Vasconcelos.

Gustavo conocía ese nombre.

—Estuvo anoche en la fiesta.

Recordó inmediatamente a una mujer de vestido rojo sentada junto a Vanessa.

Mariana abrió otro archivo.

—Hay algo más. Para justificar algunos retiros presentaron comprobantes de gastos médicos, educativos y terapéuticos correspondientes a una menor llamada Emilly Almeida.

—Pero esa niña no existe.

—Eso creíamos.

Mariana colocó una fotografía sobre la mesa.

Gustavo se quedó inmóvil.

Era una niña de aproximadamente nueve años.

Cabello oscuro.

Uniforme escolar.

Y debajo:

Emilly Vasconcelos Almeida.

—¿Quién es?

—Estoy verificándolo.

Su teléfono sonó.

Era Sofía.

Gustavo contestó inmediatamente.

—Papá, hay una señora aquí.

Se levantó.

—¿Qué señora?

—La de la fiesta.

—¿Renata?

Silencio.

—Sí.

Gustavo salió de la oficina con Mariana detrás.

Cuando llegaron al lugar donde Sofía permanecía acompañada por una cuidadora, Renata ya se había marchado.

Pero había dejado un sobre.

Dentro había una fotografía.

Sofía aparecía junto a otra niña.

La misma niña del documento.

En la parte posterior alguien había escrito:

Las hermanas deben aprender a compartir.

—Sofía —preguntó Gustavo suavemente—, ¿conoces a esta niña?

Ella asintió.

—Vanessa me llevaba a verla.

—¿Dónde?

—A una casa grande.

—¿Y qué te decía?

Sofía bajó la mirada.

—Que Emilly necesitaba practicar siendo yo.

Gustavo sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Practicar qué?

—Mi cumpleaños. Tu nombre. Mi escuela. El nombre de la abuela.

Mariana y Gustavo intercambiaron una mirada.

Aquello ya no parecía simplemente una manipulación de documentos.

Alguien estaba enseñando a otra niña los datos personales de Sofía.

Entonces Mariana recibió un correo.

Lo abrió.

—Gustavo…

—¿Qué?

—Acaban de enviarme el documento original con el que intentaron modificar el fondo.

En la solicitud aparecía Emilly como beneficiaria sustituta.

Vanessa figuraba como representante.

Y Gustavo constaba como fallecido.

Pero al final había una cláusula que ninguno había visto antes.

Si Sofía dejaba de ser beneficiaria por fallecimiento, incapacidad o cambio legal de identidad, los activos pasarían a la siguiente descendiente reconocida de la familia Almeida.

Gustavo miró nuevamente la fotografía de Emilly.

—Yo no tengo otra hija.

Mariana permaneció callada.

—¿Verdad?

—Encontré el registro de nacimiento de Emilly.

Deslizó la pantalla hacia él.

En el espacio reservado al padre había un nombre.

Gustavo Henrique Almeida.

Gustavo retrocedió.

—Eso es imposible.

—La fecha del registro es de hace nueve años.

—Nunca conocí a Renata hace nueve años.

Mariana asintió lentamente.

—Entonces alguien no solo inventó tu muerte.

Miró hacia Sofía.

—También lleva nueve años construyendo documentos para hacer creer que tienes otra hija.

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