PARTE 2: EL ÚLTIMO VUELO JUNTOS

Samuel descubrió que algo había cambiado a las seis y veinte de la mañana.

Entró en la sala de operaciones con dos cafés en la mano y buscó mi nombre en la pantalla de asignaciones.

No estaba junto al suyo.

Volvió a mirar.

Después llamó al coordinador.

—¿Dónde está Bennett?

—Entrenamiento de mando.

Samuel se quedó inmóvil.

—¿Qué entrenamiento?

—Capitana de ruta internacional. La promoción fue aprobada ayer.

Uno de los pilotos levantó la cabeza.

—¿Natalie será capitana?

—Sí. Tendrá su propia tripulación.

El café que Samuel había comprado para mí quedó intacto sobre la mesa.

Minutos después me encontró en el simulador.

—¿Pediste una ruta propia?

Me quité los auriculares.

—Sí.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

La pregunta casi resultó absurda.

—Cuando fuera necesario.

Su expresión se endureció.

—Cinco años volando juntos y tomas una decisión así sin hablar conmigo.

Lo miré tranquilamente.

—Publicaste una fotografía tomado de la mano de Vanessa sin hablar conmigo.

Samuel apretó la mandíbula.

—¿Todo esto es por esa foto?

—No.

Me puse de pie.

—La foto solo consiguió que dejara de inventarte excusas.

Por primera vez pareció inquieto.

—Natalie, Vanessa y yo no hemos vuelto.

—Me alegro.

—Entonces cancela la solicitud.

Negué.

—No.

Su rostro cambió.

Samuel Reed estaba acostumbrado a que yo discutiera.

A que me enfadara.

Incluso a que llorara alguna vez.

No estaba preparado para que simplemente dejara de necesitar convencerlo de nada.

—¿Y la casa? —preguntó de pronto.

Saqué la llave del bolsillo.

La había recuperado de recepción después de que seguridad la encontrara junto a la pulsera.

La puse en su mano.

—También puedes quedártela.

Samuel miró la llave.

—¿Estás terminando conmigo?

—Creo que tú empezaste a hacerlo hace bastante tiempo.

Pasé junto a él.

Esta vez no me siguió.


Durante las semanas siguientes entrené como si mi vida dependiera de ello.

Nuevos aeropuertos.

Nuevos procedimientos.

Nuevas tripulaciones.

Por primera vez nadie me presentaba como “la primera oficial de Reed”.

Era Bennett.

Luego capitana Bennett.

Samuel empezó a escribir.

Primero mensajes profesionales.

“¿Cómo va el entrenamiento?”

Después personales.

“Hay comida en casa.”

“Vanessa no significa lo que crees.”

“Necesitamos hablar.”

No respondí.

Hasta que Vanessa decidió hacerlo por él.

Publicó una fotografía desde la cabina de entrenamiento de Samuel.

“De vuelta donde siempre pertenecí.”

Aquella vez sentí algo inesperado.

Nada.

Ni rabia.

Ni celos.

Solo confirmé que había tomado la decisión correcta.

Tres días después recibí mi certificación definitiva.

El director Collins me estrechó la mano.

—Seattle-Tokio. Vuelo inaugural el viernes.

Sonreí.

—Estaré preparada.

Pero aquella noche ocurrió algo que Samuel no esperaba.

Vanessa apareció en una fiesta de pilotos y, después de beber demasiado, comenzó a presumir.

—Samuel siempre vuelve conmigo.

Una compañera preguntó:

—¿Incluso cuando estaba con Natalie?

Vanessa rio.

—¿Creéis que aquella foto fue casualidad?

Samuel, que acababa de entrar, se detuvo.

Vanessa no lo había visto.

—Estaban discutiendo. Le dije que Natalie necesitaba aprender que no podía tenerlo siempre detrás de ella.

—¿Y él aceptó?

—Claro.

Levantó la muñeca mostrando la pulsera.

—Incluso compró dos iguales. Aunque esta fue la primera.

Samuel palideció.

Vanessa siguió:

—Natalie siempre fue demasiado orgullosa. Pensábamos que se enfadaría unos días y luego volvería corriendo.

—¿Pensábamos?

La voz de Samuel atravesó la habitación.

Vanessa se giró.

El silencio cayó inmediatamente.

Samuel miró la pulsera.

—Quítatela.

—Sam…

—Ahora.

Ella obedeció.

—Solo estaba bromeando.

Samuel dejó escapar una risa amarga.

—No. El idiota fui yo.

Porque finalmente había entendido algo.

La fotografía nunca había sido una reconciliación con Vanessa.

Había sido un castigo para mí.

Y él había esperado que funcionara.


El viernes llegué al aeropuerto antes del amanecer.

Mi nueva tripulación esperaba frente a la puerta de embarque.

Cuando atravesé el pasillo con cuatro barras sobre los hombros, varios compañeros me felicitaron.

Entonces lo vi.

Samuel estaba junto al ventanal.

Solo.

Sin Vanessa.

Se acercó.

—Natalie.

Me detuve.

—Capitán Reed.

Le dolió escucharlo.

—Terminé cualquier relación con Vanessa.

—Eso es asunto tuyo.

—La foto fue para provocarte.

—Lo sé.

Parpadeó.

—¿Lo sabías?

—Por eso me fui.

Samuel tragó saliva.

—Fui un imbécil.

No respondí.

—Pensé que vendrías a buscarme. Que discutiríamos y después todo volvería a ser como antes.

Sus ojos bajaron hacia mis barras.

—Nunca pensé que elegirías un cielo donde yo no estuviera.

Lo miré durante unos segundos.

—Ese fue tu error, Samuel.

—Creíste que porque volábamos juntos, yo no sabía volar sola.

La llamada de embarque comenzó.

Samuel dio un paso adelante.

—Dame otra oportunidad.

Durante cinco años habría dado cualquier cosa por escuchar aquello.

Ahora solo sentía paz.

—¿Recuerdas lo que me dijiste sobre Vanessa?

Él permaneció callado.

—Que no debía tomármelo tan en serio.

Asentí lentamente.

—Seguí tu consejo.

Su rostro se quebró.

—Dejé de tomar en serio la foto.

—La pulsera.

—Tus silencios.

Hice una pausa.

—Y finalmente dejé de tomar en serio nuestra relación.

Samuel cerró los ojos.

No intentó detenerme.

Quizá por primera vez entendió que querer a alguien no daba derecho a mantenerlo esperando.

Me giré.

Caminé hacia mi tripulación.

Minutos después ocupé el asiento izquierdo de la cabina por primera vez como capitana oficial.

Frente a mí se extendía la pista.

La torre autorizó el despegue.

—Starlight 728, viento favorable. Autorizada para despegar.

Puse la mano sobre los controles.

—Starlight 728, recibido.

El avión comenzó a avanzar.

Mientras ganábamos velocidad, las luces del aeropuerto quedaron atrás.

No sabía dónde estaba Samuel.

Quizá seguía mirando desde la terminal.

Ya no importaba.

Levantamos el morro.

Seattle desapareció lentamente debajo de las nubes.

Mi copiloto sonrió.

—Felicidades por su primera ruta, capitana Bennett.

Miré el horizonte iluminándose frente a nosotros.

—Gracias.

Cinco años atrás pensé que Samuel me había enseñado a conquistar el cielo.

Aquella mañana comprendí la verdad.

Él simplemente había volado a mi lado.

Las alas siempre habían sido mías.

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