PARTE 2: EL NOMBRE PROHIBIDO

Adrian Vale no soltó mi mano.

Pero la calidez de sus dedos desapareció.

Su asistente, un hombre joven llamado Marcus, se inclinó hacia él.

“¿Quiere que cancelemos la ambulancia privada, señor?”

Adrian ni siquiera parpadeó.

“No.”

Luego me miró.

“Claire, vas a escuchar muchas cosas sobre mí cuando lleguemos al hospital. No tienes que confiar en mí.”

Otra contracción me atravesó el cuerpo.

“Entonces… ¿por qué me ayuda?”

Su mandíbula se tensó.

“Porque tus hijos no tienen la culpa de quién es su padre.”

Las sirenas iluminaron las ventanas empañadas del autobús.

Los paramédicos entraron corriendo con una camilla, pero Adrian les habló con una autoridad que nadie cuestionó.

“No la trasladen al hospital general. Mi unidad neonatal está preparada en Saint Catherine’s.”

Yo apenas podía respirar.

“Yo no puedo pagar…”

Adrian se inclinó más cerca.

“No vas a pagar nada.”

“¿Por qué?”

Por primera vez, sus ojos se apartaron de mí.

Miró hacia la lluvia detrás de las ventanas.

“Porque Ethan Mercer me debe una vida.”

No tuve fuerzas para preguntar qué significaba.

La ambulancia avanzó entre el tráfico con las luces encendidas.

Adrian viajó a mi lado mientras los médicos controlaban el ritmo de las contracciones.

Me explicaron que intentarían detener el parto, pero que debían actuar rápido.

Yo repetía los nombres que había elegido para mis bebés como una oración.

Noah.

Emma.

Lucas.

Cuando llegamos a Saint Catherine’s, todo ocurrió demasiado deprisa.

Puertas automáticas.

Luces blancas.

Más manos.

Más voces.

Una doctora de cabello plateado revisó el monitor y habló con Adrian en voz baja.

“Hay riesgo de desprendimiento. Si las contracciones no disminuyen, tendremos que hacer una cesárea.”

Adrian asintió.

Entonces Marcus recibió otra llamada.

Esta vez no intentó esconderla.

“Señor Vale, Mercer Private Aviation confirma que Ethan abordó su jet rumbo a Los Ángeles hace cuarenta minutos.”

Adrian soltó una risa fría.

“Claro que lo hizo.”

Yo lo miré desde la camilla.

“¿Qué le hizo Ethan?”

Adrian se acercó.

Durante unos segundos, pareció decidir cuánto podía contarle a una mujer aterrada y a punto de dar a luz.

Finalmente sacó una fotografía doblada de su cartera.

Era de una mujer joven, sonriente, con un vestido rojo y una mirada parecida a la de Adrian.

“Mi hermana, Olivia”, dijo.

Sentí un escalofrío.

“Ella murió hace siete años.”

La imagen tembló ligeramente entre sus dedos.

“Ethan trabajaba para una de mis empresas. Manipuló informes financieros, hizo que Olivia pareciera responsable y la dejó enfrentando una investigación por fraude que él había creado.”

Adrian levantó la mirada.

“Ella no soportó la presión.”

Mi corazón se hundió.

“Lo siento.”

“Yo tardé años en encontrar la prueba”, respondió. “Pero ahora Ethan cometió otro error.”

Miró mi expediente médico, que Marcus acababa de entregarle.

“Congeló tus cuentas usando firmas internas de Mercer Holdings.”

La doctora se acercó con urgencia.

“Señora Mercer, necesitamos llevarla a cirugía.”

El pánico me golpeó de lleno.

“No quiero estar sola.”

Adrian me sostuvo la mirada.

“No lo estarás.”

Mientras me llevaban por el pasillo, escuché a Marcus hablar detrás de nosotros.

“Señor Vale, hay otra cosa.”

Adrian se detuvo.

“Dime.”

“Ethan no viaja solo a Los Ángeles.”

Marcus mostró una foto en su teléfono.

Ethan estaba sentado en el jet junto a Sabrina.

Pero ella no era la única persona con él.

Había un hombre mayor, con una carpeta negra sobre las rodillas.

Y en la portada se leía claramente:

FIDEICOMISO VALE — HEREDEROS Y ACTIVOS

Adrian miró la foto.

Su rostro se volvió impenetrable.

“Ethan no abandonó a Claire por una actriz”, murmuró.

“Está huyendo con algo que nunca debió encontrar.”

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