PARTE 2: La fotografía que Claire nunca le había mostrado

Henry dejó de respirar.

En la fotografía aparecía Claire.

Mucho más joven, quizá de veintitantos años, sentada en los escalones de una casa modesta. A su lado había una mujer de cabello oscuro que sostenía a un niño pequeño.

En el reverso había una frase escrita a mano.

“Para Rachel y Mason. Siempre seréis parte de mi familia.”

Henry levantó lentamente la mirada.

—¿De dónde sacaste esto?

Mason le arrebató la fotografía con cuidado.

—Era de mi madre.

—¿Conocías a Claire?

—No.

—Entonces ¿por qué mi esposa aparece en una fotografía contigo?

Mason se quedó inmóvil.

—¿Su esposa?

Henry señaló la imagen.

—Claire Whitman.

El rostro del muchacho perdió el color.

Miró otra vez la fotografía.

—Mi madre nunca me dijo su apellido.

Henry sintió un escalofrío.

—¿Cómo se llamaba tu madre?

—Rachel Brooks.

Ese nombre no significaba nada para él.

—¿Dónde está?

Mason bajó la vista.

—Murió hace cuatro años.

Henry guardó silencio.

De pronto comprendió aquella frase que Mason había pronunciado mientras sostenía a Nora.

Sé lo que se siente cuando alguien importante ya no está.

—¿Y viajas solo a Zúrich?

Mason asintió.

—Conseguí una beca para un programa juvenil de ingeniería. Mi familia de acogida firmó los permisos.

Henry estuvo a punto de preguntar más, pero Nora empezó a inquietarse nuevamente.

Mason tarareó aquella melodía.

Nora se tranquilizó casi inmediatamente.

Esta vez Henry reconoció algo.

No la melodía completa.

Tres notas.

Claire las había tarareado durante sus últimas semanas de embarazo.

—Espera.

Mason dejó de cantar.

—¿Quién te enseñó esa canción?

—Mi madre.

Henry sintió que el ruido del avión desaparecía.

—Claire cantaba exactamente lo mismo.

Mason frunció el ceño.

—Mi madre decía que se la había enseñado una amiga cuando yo era pequeño.

Durante el resto del vuelo, Henry no consiguió dormir.

Cuando aterrizaron en Zúrich, llamó a Margaret, la antigua asistente personal de Claire.

—Necesito que busques un nombre en los archivos privados de Claire. Rachel Brooks.

Hubo un silencio demasiado largo.

—Señor Whitman…

Henry se detuvo en mitad de la terminal.

—La conoces.

—Creo que debería hablar con la señora Ellison.

La señora Ellison era la madre de Claire.

Dos horas después, Henry estaba en una sala privada del hotel mientras Mason esperaba con el coordinador de su programa.

La madre de Claire apareció en videollamada.

En cuanto Henry mostró la fotografía, la mujer cerró los ojos.

—Sabía que algún día aparecería.

—¿Quién era Rachel?

—La mejor amiga de Claire.

—Estuve casado con Claire nueve años. Nunca escuché ese nombre.

—Porque dejaron de hablar antes de que te conociera.

Henry acercó la fotografía a la cámara.

—¿Por qué?

La señora Ellison tardó en responder.

—Rachel tuvo una vida difícil. Cuando nació Mason, Claire la ayudó durante meses. Después ocurrió una discusión familiar y Rachel desapareció.

—¿Qué discusión?

—Eso debe contártelo Mason cuando sea mayor, si alguna vez llega a conocerlo.

Henry endureció la voz.

—Tiene dieciséis años y lleva cuatro viviendo en acogida. ¿Claire sabía que Rachel había muerto?

La mujer palideció.

Aquello fue una respuesta.

—Lo sabía.

Henry se levantó.

—¿Y sabía que Mason estaba solo?

—Henry…

—¿Lo sabía?

—Se enteró el año pasado.

Sintió rabia, pero también confusión.

Claire jamás habría abandonado deliberadamente a un niño al que había querido.

—Entonces ¿por qué no hizo nada?

—Lo hizo.

La señora Ellison desapareció un momento y regresó con un sobre.

—Claire llevaba meses intentando localizarlo. Contrató a una investigadora. Quería encontrar a Mason antes de que naciera Nora.

Henry miró a su hija dormida.

—¿Por qué era tan importante encontrarlo?

—No lo sé. Claire nunca quiso explicármelo por teléfono. Solo dijo que había descubierto algo entre las pertenencias de Rachel.

Entonces la señora Ellison mostró el sobre.

En el frente estaba escrito:

PARA MASON BROOKS. PERSONAL.

—Claire me pidió que se lo entregara cuando lo encontrara.

Henry sintió que el corazón se aceleraba.

—Ábrelo.

—No puedo. No está dirigido a nosotros.

Tenía razón.

Henry regresó al centro donde se alojaban los estudiantes y pidió hablar con Mason.

Cuando el muchacho vio el sobre en la pantalla del teléfono, reconoció inmediatamente la letra.

—Esa es la misma letra de la fotografía.

La señora Ellison envió una copia digital con autorización para que Mason la leyera mientras el original viajaba a Zúrich.

Mason abrió el archivo.

Henry permaneció a distancia.

No intentó mirar.

Pasaron treinta segundos.

Después un minuto.

Finalmente Mason levantó la cabeza.

Sus ojos estaban llenos de desconcierto.

—Señor Whitman…

—¿Qué ocurre?

Mason giró la pantalla.

La carta empezaba con una frase que hizo que Henry sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.

“Mason, si estás leyendo esto, significa que no conseguí encontrarte a tiempo. Hay algo sobre tu madre y sobre mi familia que debí contarte hace muchos años.”

Pero Mason no estaba señalando aquella frase.

Señalaba la última línea de la página.

“Y antes de acercarte a Henry, necesito que sepas por qué tu madre me hizo prometer que jamás le revelaría quién eras realmente.”

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