El silencio volvió a instalarse alrededor de la mesa.
Rodrigo tomó un sorbo de vino con absoluta tranquilidad.
—Licenciada, mañana a las diez de la mañana firmo mi nombramiento. Después de eso, nadie podrá cuestionar mis decisiones.
Elena dejó el tenedor sobre el plato.
—¿Eso te dijeron?
Él sonrió con suficiencia.
—Eso va a pasar.
Doña Aurora intervino enseguida.
—Mi hijo nació para dirigir Grupo Salvatierra. Toda la familia lo sabe.
Elena observó a Mariana.
Su hija seguía con la mirada fija sobre el mantel.
Ni siquiera había probado la comida.
—¿Desde cuándo empezó a golpearte? —preguntó Elena con voz serena.
Mariana cerró los ojos.
Rodrigo dio un golpe seco sobre la mesa.
—Aquí nadie va a convertir una discusión de pareja en un interrogatorio.
—No fue una discusión —respondió Mariana casi en un susurro—. Empezó hace ocho meses.
El comedor quedó inmóvil.
—Primero fueron empujones.
Mariana respiró con dificultad.
—Luego me quitó el teléfono.
Bajó la mirada hacia el cabestrillo.
—Después vinieron los golpes donde no se vieran.
Aurora golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta!
Se volvió hacia Elena.
—Las mujeres exageran cuando quieren controlar a un hombre exitoso.
Rodrigo sonrió satisfecho.
—Mi madre tiene razón.
Elena no discutió.
Solo siguió observando a Mariana.
—¿Fuiste al hospital?
Mariana negó lentamente.
—No me dejó.
—¿Y ese brazo?
—Tengo una fractura.
La voz apenas le salió.
—Pero el traumatólogo dijo que en el expediente debía aparecer una caída doméstica.
Rodrigo se inclinó hacia delante.
—Porque fue una caída.
Elena sostuvo su mirada.
—¿Lo amenazaste?
—Le expliqué la situación.
—Entiendo.
No dijo nada más.
Justo entonces sonó el timbre.
Una vez.
Luego una segunda vez.
Rodrigo miró el reloj.
—¿Esperan a alguien?
Elena tomó tranquilamente su copa de agua.
—Sí.
Aurora frunció el ceño.
—¿Invitó gente sin permiso?
—No.
El timbre volvió a sonar.
Esta vez acompañado de tres golpes firmes sobre la puerta principal.
Rodrigo resopló.
—Qué falta de educación.
Se levantó lentamente de la silla y caminó hacia el recibidor.
Desde el comedor todos alcanzaban a verlo de espaldas.
Abrió la puerta con gesto irritado.
La expresión de superioridad desapareció al instante.
Su rostro perdió completamente el color.
Frente a la entrada estaban cinco personas.
La primera era Berenice Fuentes, presidenta del consejo de administración de Grupo Salvatierra.
A su lado permanecía el comisario independiente de la empresa, Arturo Luna.
Detrás de ellos estaba el doctor Camacho con un portafolio médico.
Y cerrando el grupo, dos notarios sostenían carpetas selladas.
Berenice habló antes de que Rodrigo pudiera reaccionar.
—Buenas noches, señor Salvatierra.
Él intentó sonreír.
—Licenciada… qué sorpresa…
—No realmente.
Ella levantó una carpeta.
—La señora Elena Rivera nos pidió asistir porque existía un asunto urgente relacionado con la sesión de mañana.
Rodrigo tragó saliva.
—Esto puede esperar.
—No.
La voz de Elena llegó desde el comedor.
—No puede.
Todos voltearon.
Ella caminó despacio hasta la entrada sin soltar la mano de Mariana.
Berenice saludó con un leve movimiento de cabeza.
—Señora Rivera.
—Gracias por venir tan rápido.
Rodrigo miró a una y a otra sin comprender.
—¿Qué está pasando?
Elena sonrió por primera vez en toda la noche.
Una sonrisa tranquila.
La misma que usaba antes de presentar una acusación que sabía imposible de refutar.
—Lo que debió pasar hace muchos años.
Tomó una de las carpetas del notario y la abrió frente a todos.
—Como fiduciaria del Fideicomiso Rivera, titular del cuarenta y uno por ciento de las acciones con derecho a voto de Grupo Salvatierra…
Hizo una breve pausa.
“…he convocado una sesión extraordinaria del consejo para esta misma noche.”
Rodrigo sintió que las piernas le fallaban.
Berenice dio un paso al frente.

—Y el primer punto del orden del día no será su nombramiento.
Cerró lentamente la carpeta.
—Será decidir si usted sigue siendo empleado de la empresa siquiera hasta mañana por la mañana.