Un hombre entró lentamente en la sala.
Julian dejó de respirar.
—No puede ser…
El hombre llevaba un traje oscuro y sostenía una carpeta médica.
Marcus se levantó.
—Señoría, permítame presentar al doctor Samuel Reed.
La jueza asintió.
—Doctor, acérquese.
Julian dio un paso atrás.
—Esto es ridículo. Ese hombre no tiene nada que ver con mi matrimonio.
El doctor lo miró.
—Yo atendí a Elisa nueve años atrás.
Abrió la carpeta.
—Y fui yo quien escribió el informe que acaba de aparecer en pantalla.
Nora miró a Julian.
—¿Qué pasó hace nueve años?
Él no respondió.
El doctor continuó:
—La señora Vance llegó a mi clínica de madrugada. Tenía varias lesiones graves y estaba aterrorizada.
—¿Quién la atacó? —preguntó la jueza.
El doctor miró directamente a Julian.
—Ella dijo que había sido un accidente.
Marcus intervino.
—Pero eso no fue todo.
Puso sobre la pantalla una segunda fotografía.
Era una imagen de Elisa entrando a una clínica.
Detrás de ella aparecía Julian.
El rostro de Nora se volvió blanco.
—¿Por qué estabas allí?
Julian apretó los dientes.
—Porque era mi esposa.
—¿Y por qué la llevaste a una clínica con otro nombre? —preguntó Marcus.
Silencio.
La jueza frunció el ceño.
—Señor Vance, quiero una respuesta.
Julian miró a su abogado.
El abogado bajó lentamente la mirada.
Entonces Marcus sacó otro documento.
—Tenemos algo más.
Lo colocó frente a la jueza.
—Nueve años de transferencias bancarias realizadas desde cuentas de Vance Medical hacia empresas controladas secretamente por la señora Vance.
Julian soltó una carcajada nerviosa.
—¡Eso demuestra que robó mi dinero!
Marcus negó con la cabeza.
—No.
Levantó otro documento.
—Demuestra que ella financió la investigación que convirtió a Vance Medical en la empresa multimillonaria que usted acaba de declarar exclusivamente suya.
El silencio fue absoluto.
Nora miró a Julian.
—¿Ella creó la tecnología?
Julian no respondió.
Elisa finalmente habló.
—No toda.
Miró a la jueza.
—Pero sí la primera generación.
Marcus añadió:
—Y existe evidencia de que Julian Vance transfirió la propiedad intelectual a su nombre después de que Elisa resultara herida.
La sonrisa de Julian desapareció.
—Eso es mentira.
Elisa bajó la mirada hacia sus manos.
Durante diez años había esperado que alguien preguntara por qué sus cicatrices existían.
Ahora ya no tenía que explicarlo todo.
La jueza cerró el expediente.
—Señor Vance, el tribunal ordena una revisión inmediata de todas las transferencias patrimoniales realizadas durante el matrimonio.
Julian palideció.
—Señoría…
—Y debido a la gravedad de las acusaciones presentadas hoy, este tribunal remitirá las pruebas pertinentes a las autoridades correspondientes.
Nora se apartó definitivamente de él.
—Julian…
Él intentó agarrarla.
—Nora, espera.
Ella retrocedió.
—Me dijiste que ella estaba loca.
Elisa levantó los ojos.
—No estaba loca.
Su voz fue tranquila.
—Estaba sobreviviendo.
Julian la miró fijamente.
Y por primera vez en diez años, comprendió que aquella mujer silenciosa no había llegado al tribunal para pedirle nada.
Había llegado para recuperar lo que él le había quitado.
Pero justo cuando la jueza iba a continuar, el doctor Samuel Reed recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Luego miró a Elisa.
Su expresión cambió.
—Señora Vance…
Ella se volvió.
—¿Qué ocurre?
El doctor tragó saliva.
—Acaban de localizar a la persona que usted creyó muerta durante todos estos años.
Elisa se quedó inmóvil.
Julian levantó la cabeza.
—¿A quién?

El doctor no respondió.
Solo entregó el teléfono a Elisa.
Y al escuchar la voz al otro lado, la mujer que había permanecido tranquila durante todo el juicio perdió por primera vez el color del rostro.