Mis dedos recorrieron lentamente la estrecha abertura.
No era una grieta.
Era una puerta.
Me quedé inmóvil, mirando el suelo bajo el altar que Neftalí había construido con sus propias manos.
Busqué alrededor hasta encontrar un pequeño clavo oxidado. Lo introduje en la ranura y levanté la madera.
El suelo cedió con un crujido.
Debajo había una caja metálica negra.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
La saqué con ambas manos. Pesaba demasiado para su tamaño.
En la tapa había una sola palabra grabada:
EULALIA.
Mi nombre.
Sentí que se me cortaba la respiración.
Neftalí había escondido aquello para mí.
Busqué una cerradura.
No había ninguna.
Solo una pequeña tarjeta doblada encima.
La reconocí inmediatamente.
Era la letra de mi hijo.
“Mamá: si alguna vez encuentras esto, significa que ya no estoy ahí para protegerte.”
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera terminar.
Abrí la caja.
Dentro había documentos.
Muchos documentos.
Escrituras.
Contratos.
Extractos bancarios.
Fotografías.
Y una carpeta azul con el nombre de mi nuera.
La abrí con manos temblorosas.
La primera página me dejó sin palabras.
Mi nuera no había heredado la mansión.
Ni siquiera era la propietaria legal.
La casa pertenecía a una sociedad registrada a nombre de Neftalí.
Y, según el documento, yo era la única beneficiaria.
Pero había algo mucho peor.
Debajo de los papeles de propiedad apareció una fotografía.
Mi hijo estaba junto a dos hombres que no conocía.
En la parte posterior había escrito:
“Si ella descubre esto, estará en peligro.”
Seguí leyendo.
Había transferencias de dinero.
Decenas.
Cientos de miles.
Todas dirigidas a una cuenta relacionada con mi nuera.
Entonces encontré una última hoja.
Una declaración firmada por Neftalí apenas tres meses antes de morir.
“Mi madre cree que mi esposa solo quiere la casa. Está equivocada. Ella está buscando algo que escondí aquí hace años.”
Sentí un escalofrío.
Miré nuevamente la caja.
Entonces escuché un automóvil detenerse afuera.
Me quedé completamente quieta.
Nadie sabía que había encontrado aquello.
O eso creía.
Los pasos comenzaron a acercarse por el camino.
Uno.
Dos.
Tres.
Alguien golpeó la puerta.
Y una voz que reconocí demasiado bien dijo:
—Eulalia, abre. Tenemos que hablar.
Era mi nuera.
Pero no estaba sola.
Detrás de ella había un hombre.
Y cuando miré por la pequeña ventana rota, reconocí su rostro de inmediato.
Era uno de los hombres que aparecía en la fotografía de mi hijo.
El mismo hombre que, según los documentos, había recibido cientos de miles de dólares de mi nuera.
Cerré rápidamente la caja.
Por primera vez desde la muerte de Neftalí, entendí por qué había escondido todo aquello.

No quería que yo heredara su fortuna.
Quería que sobreviviera.
Y ahora ellos sabían que yo había encontrado su secreto.