Julian dejó de sonreír.
Serena palideció.
Yo tampoco pude moverme.
—¿Nietа? —repitió Julian.
El presidente de Vance Industries ni siquiera lo miró.
Caminó directamente hacia mí y se quitó el abrigo para cubrir los hombros de Maya.
—Elena, ¿estás herida?
Negué con la cabeza.
—No.
Entonces miró la cuna destrozada.
Su expresión cambió.
—¿Quién la rompió?
Nadie respondió.
Uno de los abogados abrió una carpeta.
—Señor Vance, tenemos autorización para acceder a todos los documentos del fideicomiso.
Julian dio un paso adelante.
—Papá, esto es un asunto familiar.
El hombre finalmente lo miró.
—No me llames padre ahora.
Julian quedó inmóvil.
Serena retrocedió.
El presidente señaló el collar que llevaba puesto.
—Y tú. Quítate eso.
—Señor, Julian me lo regaló.
—Ese collar pertenecía a la madre de Elena.
Serena se lo quitó inmediatamente.
El hombre volvió a mirarme.
—¿Le dijiste quién eres?
Julian frunció el ceño.
—¿Quién es?
Respiré profundamente.
Había pasado tres años ocultando mi apellido, mi herencia y mi relación con el hombre que estaba frente a mí.
No porque me avergonzara.
Sino porque quería saber si Julian podía amarme sin el poder de mi familia detrás.
Ya tenía la respuesta.
—Elena Vance —dije—. Mi nombre completo es Elena Vance Caldwell.
El rostro de Julian perdió todo color.
Caldwell.
El apellido de la familia que había fundado Vance Industries.
El apellido del hombre que controlaba la mayoría de las acciones con derecho a voto.
Su padre.
Mi padre.
El presidente me observó con tristeza.
—Te pedí que nunca tuvieras que volver a esconder quién eras.
Bajé la mirada hacia Maya.
—Quería una vida normal.
—Y él te la quitó.
Julian negó con la cabeza.
—No sabía…
—Exactamente —lo interrumpí—. Nunca te molestaste en conocerme.
Uno de los abogados entregó otro documento al presidente.
—También encontramos las facturas de las doce visitas al hotel.
Serena comenzó a llorar.
Julian se volvió hacia ella.
—¿Qué hiciste?
Ella lo miró incrédula.
—¡Tú me dijiste que todo estaba bajo control!
El silencio fue absoluto.
Mi padre cerró la carpeta.
—Julian, mañana habrá una reunión extraordinaria de la junta.
Lo miró directamente.
—Y esta vez no vas a entrar como presidente regional.
Julian tragó saliva.
—¿Qué significa eso?
—Significa que vas a entrar como acusado.
Me acerqué a mi padre mientras Maya dormía tranquilamente entre mis brazos.
Julian intentó detenerme.
—Elena, espera.
No me detuve.
—Nuestra hija no volverá a vivir en una casa donde su padre destruye su cuna para echarla.
Julian bajó la cabeza.
Y por primera vez desde que lo conocía, parecía entender que había perdido algo que ningún dinero podía comprar.
Pero antes de subir al coche, mi padre recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Después me miró.
—Elena…
Su voz había cambiado.
—Hay algo que debes saber sobre Julian.
—¿Qué?
Me entregó el teléfono.
En la pantalla había una fotografía tomada aquella misma mañana.
Julian entrando en una oficina privada.
Pero no estaba solo.

La mujer que lo acompañaba no era Serena.
Era alguien que yo conocía desde hacía años.
Y esa persona llevaba en la mano una copia del documento de nacimiento de Maya.