PARTE 2: ÉL TAMBIÉN ME ESPERABA

A las seis y veintiocho de la tarde, Ethan ya estaba frente a mi edificio.

No seis y media.

Seis y veintiocho.

Cuando bajé, estaba junto al automóvil con un ramo pequeño de tulipanes blancos.

—Pensé que las rosas serían demasiado —dijo.

Lo miré sorprendida.

—¿Cómo sabes que me gustan los tulipanes?

Ethan abrió la puerta del copiloto.

—Ese es uno de los problemas de esta noche.

—¿Problemas?

—Voy a tener que explicarte demasiadas cosas que aparentemente nunca notaste.

Durante el camino al Saint James, intenté comportarme como si no llevara seis años imaginando algo parecido.

No funcionó.

En el restaurante, Ethan pidió una mesa apartada.

Y antes de mirar siquiera el menú, dijo:

—Bennett no organizó realmente esta cita.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Yo se la pedí.

Mi cerebro dejó de funcionar.

Ethan apoyó los brazos sobre la mesa.

—Hace tres semanas escuché a tu padre quejarse con Bennett porque nunca sales con nadie. Así que le dije que, si quería organizarte una cita, podía ofrecerme.

—¿Te ofreciste?

—Sí.

—¿Por qué no me invitaste directamente?

Por primera vez vi al famoso neurocirujano Ethan Walker parecer incómodo.

—Porque pensé que me rechazarías.

Me reí.

No pude evitarlo.

—¿Yo?

—Tú.

—Ethan, media ciudad quiere salir contigo.

—Pero yo no quiero salir con media ciudad.

El silencio cayó entre nosotros.

—Clara, ¿recuerdas nuestra primera operación juntos?

Claro que la recordaba.

Yo era residente.

Había cometido un pequeño error al preparar un instrumento y estaba tan nerviosa que después me escondí en las escaleras para llorar.

Ethan apareció diez minutos más tarde.

No preguntó por qué lloraba.

Simplemente se sentó dos escalones más abajo y me entregó una botella de agua.

—Me dijiste que un error corregido a tiempo era una lección, no una sentencia.

Él asintió.

—Ese día me gustaste.

Me quedé inmóvil.

—Eso fue hace siete años.

—Lo sé.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Siete?

—Siete.

—Yo llevo seis enamorada de ti.

Ethan cerró los ojos brevemente.

—Perfecto. Perdimos seis años por idiotas.

Solté una carcajada.

Él sonrió.

Y entonces empezó a contarme todas las cosas que yo jamás había visto.

Sabía que tomaba café sin azúcar después de una operación difícil.

Sabía que guardaba chocolates en el tercer cajón para los residentes.

Sabía que llamaba personalmente a las familias de ciertos pacientes incluso cuando no me correspondía.

Sabía que odiaba las rosas.

Y sabía mi secreto.

—Hace dos años —dijo— escuché a Bennett preguntarte si había alguien que te gustara.

Mi rostro ardió.

Recordé perfectamente aquella conversación.

Yo había respondido:

“Sí, pero es imposible.”

Ethan continuó:

—Después te preguntó si era alguien del hospital.

—No respondí.

—Te pusiste roja cuando pasé por detrás.

Me cubrí la cara.

—Quiero irme.

Ethan rio.

—Todavía no hemos cenado.

—Prefiero desaparecer.

Apartó suavemente mis manos.

—Yo también tenía un secreto.

Sacó su teléfono.

Abrió una carpeta de fotografías.

Había imágenes de congresos.

Cenas del hospital.

Ceremonias.

Equipos médicos completos.

En casi todas aparecía yo.

Nunca sola.

Nunca de forma extraña.

Simplemente estaba allí.

—Cada vez que alguien tomaba una fotografía donde estabas tú, la guardaba.

Lo miré.

—Eso es ridículamente sentimental para alguien que regaló las flores de una presentadora de televisión a Oncología.

—No me gustaba ella.

—¿Y la hija del director?

—Tampoco.

—¿Y todas las demás?

Ethan me sostuvo la mirada.

—Clara, llevaba años rechazándolas por la misma razón.

Mi sonrisa desapareció.

Él extendió la mano sobre la mesa.

—Ya estaba esperando a alguien.

Esta vez fui yo quien tomó su mano.

No hubo declaraciones espectaculares.

Ni promesas imposibles.

Solo dos médicos inteligentes descubriendo que habían sido extraordinariamente torpes con sus propios sentimientos.

Seis meses después, Bennett nos encontró tomando café juntos en el hospital.

Nos observó.

Después sonrió satisfecho.

—Quiero dejar constancia de que este matrimonio, si ocurre, será mérito mío.

—No —dijimos Ethan y yo al mismo tiempo.

Bennett levantó las manos.

—Qué pareja tan desagradecida.

Un año después, cuando Ethan me pidió matrimonio, lo hizo en las escaleras donde me había encontrado llorando siete años atrás.

Me entregó una pequeña caja.

—Tengo una pregunta.

—Espero que esta vez no necesites al doctor Bennett como intermediario.

—He mejorado.

Sonreí.

Entonces Ethan añadió:

—Pero antes debes saber algo.

—¿Qué?

—Aquella primera noche, Bennett nunca tuvo que convencerme de aceptar una cita contigo.

—Eso ya lo sé.

Negó con la cabeza.

—No entiendes. Cuando dijo tu nombre, acepté antes de que terminara la frase.

Lo miré.

Ethan sonrió.

—Porque tú pensabas que llevabas seis años amándome en silencio.

Tomó mi mano.

—Yo llevaba siete esperando que algún día dejaras de hacerlo en silencio.

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